lunes, 1 de febrero de 2010

Andorreando por el camino del Navazuelo




Es un día gris y frío y estoy en la zona del camino del Navazuelo, en plenas sierras Subbéticas cordobesas. Hace frío pero me he quitado la chaqueta para sentarme en ella, leer y escribir. Me he ajustado la bufanda y el gorro de lana. Todo a mi alrededor tiene ese verde apagado de los días de invierno. Este paisaje y el ambiente frío predisponen el ánimo. Gozoso porque también necesitamos sentir las estadios y los distintos días que las atraviesan. Aprehendemos los matices del invierno: luminosos, gélidos, lluviosos. El musgo está exuberante, es la mejor época para él. La tierra, cargada de hojas secas, es abonada un año más. Todo envuelto en un silencio reconfortante, en el que percibir el aterciopelado aleteo y el trasiego de pajarillos entre arbustos de lentisco y labiérnago. He subido hasta una pequeña cueva que se abre en mitad de un cantil. Es una apertura estrecha, por donde se accede a un hueco con el techo alto, abovedado, pero suficiente para sentirse a resguardo, con vistas al Lobatejo.