lunes, 29 de junio de 2015

‘Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal’

Las plantas saben donde está la luz, y no poseen ojos. Respiran sin pulmones. Tienen aparato circulatorio sin corazón. Estas y otras muchas capacidades nos llevan a preguntarnos ¿hay inteligencia en la plantas, aunque no tengan cerebro como los animales? De esto trata ‘Sensibilidad  e inteligencia en el mundo vegetal’, de Stefano Mancuso y Alexandra Viola (Galaxia Gutenberg).
Para los que piensan que las plantas son seres vivos inferiores, recordarles un dato para la humildad. Todas las especies animales dependen de las plantas para su existencia, incluidos los seres humanos. El libro ofrece otro dato abrumador, del que no tenía ni idea. Se trata de la proporción de plantas y animales, a favor del reino vegetal, que representa un 95,5% de la biomasa total del planeta, frente al mísero 0,5% de los animales. Pero esta admiración nos lleva a otros argumentos, no ya cuantitativos, sino cualitativos. Así, las capacidades vegetales nos vuelven a asombrar, por su potencial de supervivencia. “Para las plantas, que se las coman no significa un gran problema. ¿Qué animal pude decir lo mismo?” La hierba volverá a brotar, pero el conejo que comía esa hierba y ha sido atrapado por la gineta, simplemente ha dejado de existir.

Queda demostrado que resuelven bien los problemas a  los que se tienen que enfrentar. Un signo claro de inteligencia. Pero, ¿dónde se ubica esa inteligencia? “En las plantas las funciones cerebrales no están separadas de las corporales, sino ambas conviven en cada una de sus células”. Digieren sin estómago, respiran sin pulmones. “¿Por qué, entonces, la ausencia de cerebro debería impedirles ser inteligentes?” El librito, no llega a las 150 páginas, del especialista en neurobiología vegetal Stefano Mancuso y la periodista científica, Alexandra Viola, nos lleva por los últimos descubrimientos sobre la inteligencia del mundo verde.

jueves, 11 de junio de 2015

Las aguas salvajes del Cau


Es un tiempo distinto el que pasa en esta montaña, con su espesura impenetrable y sus alturas inabarcables. Subir al ibón del Cau es emprender un recorrido salvaje en el centro del Pirineo. Al poco de comenzar la andada, uno vuelve la vista y aparece Bielsa encuadrado en vegetación y rocas, bello y aun cercano. Pero pequeño ante el dominio de la montaña. Los pinos, robles, abetos y hayas, nos recuerdan a 2.858 metros y Punta Suelza, a 2.972 metros, anuncian abismos expuestos a los vientos.
cada torcida del sendero, que uno no es de aquí, que ya ni los ganaderos suben a las bordas pobres y abandonadas, a segar los pastos. Que el rumor del torrente, con las grandes rocas arrastradas y los troncos partidos y atravesados son testimonios de una indomable garganta que baja de la cubeta glaciar del Cau, y los picos de Punta Fulsa de
Han pasado unos meses de la subida, y aun perdura el arrobamiento. Y hay que sumar otros dos intentos, y unos cuantos años pensando en las sensaciones de este lugar encendidamente hermoso y solitario. Anduve por primera vez en 2006, acompañado de Fran, era el penúltimo día de vacaciones y me llevé impresa en mi mente la verticalidad del barranco. Regresamos con las piernas arañadas por las zarzas y los endrinos que invadían el sendero. Hicimos solo la parte baja, convencidos de que ese día no llegaríamos, pero nos apetecía aquel territorio auténtico. Decidimos volver en un punto en el que vimos, justo en la orilla opuesta del torrente, una pista, por la que volvimos a Bielsa. La semilla de los sitios poco frecuentados estaba sembrada. “Garganta difícilmente penetrable. El sendero de pescadores ya era difícil de encontrar y de seguir en 1993…”, cuenta Miguel Angulo en el tomo tres de su obra enciclopédica Pirineos[1].

Volví. Lo hice tres años después, en 2009. Subí solo a los Pirineos. Hice los 1.000 kilómetros que separan mi casa hasta Bielsa, de un tirón. Bueno, paré para comer y comprar algunos libros en Ainsa. Entre ellos ‘Ibones del Pirineo Aragonés’, de Javier Cabrero[2]. Me colgué la mochila y penetré esta vez por la pista. Eran las siete menos cuarto de la tarde, cuando me puse en marcha. Plantaría la tienda cuando me apeteciera, calculé un par de horas de caminata. Pero tomé la pista que me elevó hacia el valle de más abajo, así que di media vuelta y casi era de noche y empezaba a llover, cuando llegaba de nuevo a la pista principal, allí, al margen del camino monté la tienda y me refugié de la lluvia.

La vegetación húmeda aún, se hacía más verde y exuberante en la radiante mañana. Ascendía intentando dar con el sendero estrecho que en algún punto, según mi mapa, debería contactar con la pista. Pero iba cada vez más alto, hasta que comprendí que aquel enrevesado territorio me la volvía a gastar. Así que unas
veces por encima y otras por debajo de grandes troncos atravesados en el camino, fui ascendiendo por el valle que lleva a otros ibones, los de Barleto. Se acabó el bosque y por empinados pastos seguí subiendo, intentando flanquear la cresta que se dirigía a Punta Suelza y llegar al Cau. Agotado llegué al mismo nivel que la lámina de agua del lago alpino. Allí estaba el Cau, me separaba una pared demasiado vertical, aunque vi hitos, pero no me atreví. Así que volví sobre mis pasos. Acampé junto al bosque, uno de esos bosques sin rastro de alma humana. Imaginé que era el bosque del urogallo y del mochuelo boreal…
 El año pasado, decidí volver. Esta vez sin pesadas mochilas. Subir acariciar sus aguas y bajar. Encontré esta vez, ocho años después, el sendero más despejado y señalizado. Esto ocurre en el tramo bajo. Cuando la senda se acerca al río de vez en cuando, a la altura de los últimos prados, me perdía y volvía a localizar el sendero, esto me ocurrió varias veces. Casi me gustaba esa sensación de que esta vez tampoco lo conseguiría. No vi a nadie. Un mirlo acuático se posó en una roca en mitad del torrente, hasta donde llegaba un rayo de sol, que lograba penetrar en la espesura de pinos, abetos y hayas. Vi más arriba, en pequeñas repisas herbosas, apolos soleándose. Era el ajetreo de la vida que no precisa de creencias ni artilugios. Llegaba al circo glaciar, con los últimos pinos negros, cuando descendía un grupo de tres o cuatro senderistas. Hasta llegar al ibón aún debía remontar un último tramo, y recorrer varias elevaciones hasta el fondo del circo glaciar, algo agotador a las tres de la tarde, con unas paradas entre manchones de senecios pirenaicos.
Seis horas de subida. Una lata de sardinas, allí arriba, un poco de queso, melocotón. Pasaron tres jóvenes, con una bolsa llena de truchas sacadas del ibón. Una pareja de excursionistas había llegado y también comía mirando al lago, a los paredones verticales. Había sido costosa la subida. Y me quedaba la bajada.
Con el cansancio, me puse en marcha, fotografiando un campo de Dactylorhiza maculata en un tremedal, como una despedida de aquellos pastos. Compartí un poco de camino con la pareja de excursionistas, que me adelantaron mientras, yo perdía el sendero en varias ocasiones. Poco a poco fui más rápido, corriendo a veces, los pies respondían enfundados en las botas. Las piernas se dejaban llevar, por el camino tortuoso, atravesado por canchales donde me perdía, volvía a recuperar la senda. Ahora iba por otra zona por la que no había subido, un bosque mullido de pinaza, por la otra orilla del torrente. Corría por la pronunciada pendiente, agarrándome a los troncos para frenar, para girar. El sol entraba tenuemente por la enramada.  Me lavé la cara en el agua fresca y abundante, lanzándome chorros con la mano. Caminaba un poco, y corría de nuevo. Por fin había llegado al ibón, y todos los intentos anteriores también habían sido preciosos. Ahora tenía grabados por mucho tiempo los recovecos de estas montañas. Pasaban las siete de la tarde, creo, cuando llegué al coche, en el aparcamiento de Bielsa. Creí que había adelantado a los compañeros excursionistas, pero estaban allí. Ellos creían que me había perdido. No me hubiera importado.


[1] Todos los Ibones del Pirineo Aragonés. Javier Cabrero. Editorial PIRINEO. El ibón está a 2.308 metros, y 1.288 metros de desnivel  desde Bielsa.

[2] Pirineos, editorial SUA. Tomo III, aparece además un detallado mapa de la zona. Uno ve ese mapa y ve perfectamente sus pasos, crestas y sendas.