martes, 24 de septiembre de 2013

A Seamus Heaney, su señorita Walls y Dan Taggart

Aprendió de la señorita Walls el misterio de la metamorfosis del renacuajo, de cómo la rana macho y la hembra se emparejaban y la hembra depositaba “la baba tibia y espesa de las huevas”. A los 25 años cuando escribió el memorable poema ‘Muerte de un naturalista’, aún debía tener fresca en la memoria la recogida de huevos de rana, en primavera. Llenar tarros de mermelada con ellos, y ponerlos en fila en la ventana y “observar con paciencia / hasta que esas manchitas se hicieran renacuajos, / y ver cómo nadaban con destreza”. El 30 de agosto murió Seamos Heaney, el bardo irlandés, premio Nobel, después de una corta enfermedad y con solo 74 años.
En sus poesías habló de la cuestión irlandesa, de su catolicismo. Lo hizo con humanidad en un “pulso entre lo lírico y lo cívico”, leo en el obituario firmado por Manrique Sabogal. Cuando le concedieron el Nobel, en 1995, busqué un libro suyo en la librería de Pipo: Norte (Editorial Hiperión). Y por encima de versos políticos, y las referencias históricas, se grabaron en mí los pequeños detalles de la naturaleza. “Una mañana en Devon / encontré un topo muerto / perlado de rocío. / Yo pensaba que el topo / era un excavador de fuerte osamenta / pero allí estaba / pequeño y frío / como el mango de un formón”. Entonces el pequeño volumen de pastas verdes y un tosco dibujo en negro de vikingos, me acompañó a algunas excursiones, como un libro escogido para grandes encuentros con el viento y la hierba. “En diciembre en Wicklow: / Los alisos gotean, los abedules / Heredan la luz última”.
Seamus Heaney hace también arqueología con sus versos, y rescata huesos y momias del suelo, del barro. Miro el estrecho lomo de North, y sé que hay está ‘El hombre de Grauballe’, la perturbadora momia de la Edad de Hierro, conservada por una turbera de Dinamarca: “Tal que vertido / en brea, yace sobre almohada de césped / y parece llorar / su propio río negro”.

Seamus tenía seis años cuando vio por primera vez a  Dan Taggart ahogar gatitos. Esto es la poesía.