martes, 24 de diciembre de 2013

Dos visitas al Balaitús

 A las montañas las defienden las tormentas, y las profanan los hombres encastrándolas con cruces, hitos o con su sola presencia. He admirado el Balaitús  en dos ocasiones, las que he necesitado para llegar a su cumbre. Y las dos desde su cara oeste, donde se presenta como un gran colmillo, entre otros afilados dientes de sierra como los picos Arrieles, en un panorama fantástico y puro.
Después de 1.000 kilómetros de coche, el 2 de agosto de 2004 aparco en el embalse de la Sarra, me coloco la mochila y comienzo a caminar en busca de esta montaña. La cálida tarde se ha embellecido con unas mariposas apolo que revoloteaban justo al comienzo de la subida del barranco del Arriel. Cuando lo corono estoy muy cansado, así que paso la noche en el primer embalse.
Llega un nuevo agosto, el de 2005, y vuelvo a los Pirineos. Lo hago con la familia, entre ellos mi hijo Miguel de 15 meses. Esta vez en la ascensión me acompaña mi sobrino Jesús, llegamos hasta la base de la diagonal del Balaitús. Pasaremos la noche en el abrigo Michaud, una covacha algo sucia, así que montamos dentro una pequeña tienda para pasar la noche. Al rato llegan una pareja de montañeros vascos, Lierni y Antxon que invitamos a compartir el vetusto refugio, aunque prefieren vivaquear unos metros más abajo en otros huecos de la pared. Al día siguiente, me encamino solo, con la esperanza de que al avanzar la mañana levante la niebla. Pero llega un momento en que el resalte de la diagonal rocosa termina y la niebla se ha convertido en una fina llovizna. Continúo por una senda que va perdiendo las trazas, paro un momento con la sola compañía de la silueta negruzca de las rocas más cercanas. 

 Decido darme la vuelta cuando entre la niebla aparecen Lierni y Antxon, quienes me animan a acompañarlos a la cumbre. Encordados y entre riscos subimos en un ambiente húmedo y frío. Dejamos atrás alguna placa que recuerda a un montañero que se quedó con la montaña justo en esta ladera. Al poco aparece un esqueleto metálico que indica la cumbre, a 3.144 metros, y donde compartimos unas fotos.
   Festejamos la ascensión con unas cervezas, abajo, en los aparcamientos. Hace casi una década de esta subido, desde entonces no he vuelto a ver ni a Lierni, ni a Antxon ni al Balaitús. Sí que he caminado por otras montañas del Pirineo, muchas veces en solitario, creo que es cuando la montaña más te habla, aunque no viene mal encontrar a otros montañeros con los que compartir soledades, nieblas y cumbres.



miércoles, 18 de diciembre de 2013

Hugo Obermaier y los glaciares de Sierra Nevada en mi mochila

Un paso como medida del ser humano, miles de pasos en la montaña. A 1.679 metros de altitud, en las proximidades de la Hoya de Robles, comienzo el paseo por Sierra Nevada, la pista se pone mala, hay placas de hielo. Esta ladera de la loma de la Cuna de los Cuartos, conserva un bosquete de melojos, con la mitad de las hojas secas aun en las ramas y la otra mitad en suelo, crujientes al pisarlas. Descubro en el camino, cerca de una vaqueriza, un par de cogujadas, no sé si comunes o montesinas. Hasta la cadena, punto de partida de excursiones como la de los Lavaderos de la Reina, he dado 7.604 pasos, lo que significa 5,24 kilómetros. Ahora lo que cruje es la nieve, con un sonido sordo, casi cálido y hogareño, como corteza de pan recién salida del horno. Cuatro dedos de nieve en la ladera norte, por donde se dirige la pista. Un grupo de mirlos capiblancos me observan a distancia, me siguen exhibiéndose en algunas rocas, son pájaros de zonas frías, de montañas de más al norte donde crían, aquí están de invernada, en un terreno de enebros y sabinas rastreras, que le es familiar.
 Sigo por la loma de Papeles, sobre un piorno encuentro un excremento, creo que de zorro, lo componen huesos de frutos de agracejos. En la cima, de 2.424 metros, un águila real levanta el vuelo, desciende solo un momento, para inmediatamente elevarse en círculos sobre sus fantásticos dominios. 15.543 pasos y 10,72 kilómetros, hasta este lugar bello por solitario y silencioso, el hito de la cumbre queda cerca, al oeste. Y frente a mí, las perspectivas de los tresmiles nevadenses, desde Los Cervatillos, Puntal de los Cuartos, Cuervo, Cerro del Mojón Alto, al fondo la Alcazaba, Mulhacén y el Veleta. Pero me quedo con toda la cañada que lleva al collado de las Buitreras, a 2.992 metros todo blanco y cercano, extremadamente iluminado en este momento.
A la vuelta, después del queso, jamón, pan y naranja, tras admirar los perfiles de esta parte de la sierra; llegando a la altura de la lejana loma del Guarnón, saco de la mochila el libro ‘Los glaciares cuaternarios de Sierra Nevada’, de Hugo Obermaier. Es una reedición, ampliada, de 1997. El original fue publicado en 1916, contando con la colaboración de Juan Carandell. Ambos científicos se adentraron en estas montañas en agosto de 1915, para estudiar las huellas que dejaron los glaciares. Para realizar el más famoso dibujo del libro, subieron hasta esta loma de papeles, hasta donde me encuentro, seguramente un poco más abajo, porque la loma del Guarnón despunta en el perfil del horizonte. Obermaier nos presenta una cara norte espectacular, que ya no existe, con lenguas glaciares descendiendo por las cuencas de los arroyos de Vacares, Valdecasillas, Valdeinfierno y Guarnón. De eso hace 10.000 años o más, sigo el camino, inquietado por los ladridos de unos perros cercanos. Antes de llegar al coche, cojo unas hojas secas de melojos.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

'Viaje a la Antártida', de León Lasa

 He mirado en Internet el precio del viaje en el MS Fram a la Antártida y cuesta entre 9.000 y 14.000 euros. El escritor de viajes León Lasa lo ha hecho. Y ha escrito un libro doblemente apetecible. Porque es ir a unas islas y a un continente inhóspito, fascinante, de tiempo inclemente aún en el verano austral; y también es un viaje al espíritu tranquilo de este viajero y su mirada de estos parajes.
Así, coincido, yo solo leyendo, con el gusto por los lugares solitarios, apenas humanizados y donde la naturaleza se impone con la fuerza del hielo, de los vientos y de las olas. El Fram, buque noruego moderno y confortable, visita Las Malvinas, las Georgias del Sur, las Islas del Rey Jorge y la península Antártica. Hubiera deseado más presencia en estas páginas de la imponente fauna de focas, pingüinos y aves árticas. Dice Bruce Chatwin: “Los albatros y los pingüinos son las últimas aves que se me ocurriría matar”, en su libro ‘En la Patagonia’, un rincón por el que también ha viajado y escrito León Lasa.
El rudo escenario antártico pasa ante el moderno y confortable barco, donde “no había televisión… y salvo excepciones Internet, el uso del móvil era prácticamente imposible… El mundo sin estímulos, sin picoteo constante,  sin permanente distracción”. Lo que permite horas y horas de recogimiento en el camarote, y a través del gran ojo de buey ver pasar un mar encrespado y trozos de hielo. “Allí dentro, con una taza de café caliente entre las manos y un libro cerca, me sentía a salvo de todo”.
Y entre libros y desembarcos a recónditas playas, y buscando libros en la Malvinas, y allí donde una fila de casas asemeja una calle, se suceden sabrosas reflexiones sobre literatura, el medio ambiente, la superpoblación, el calentamiento global e incluso sobre el futuro de los hijos. Por supuesto, se repasa la historia de los primeros navegantes, la mayoría españoles. Y de los grandes exploradores, Scout, Shackleton, Amundsen, Cherry Garrard u Oates.
“El Fram parecía patinar sobre un mar en calma, encajonado entre una y otra tierra: estábamos en el estrecho de Gerlache, sin duda uno de los lugares más hermosos del mundo”. No he estado, no he viajado en el Fram, pero he estado y he viajado en ese barco noruego, gracias a León Lasa.