sábado, 26 de septiembre de 2015

De la imagen de las cosas

Las fotos son de Miguel Padilla, hechas mientras atravesábamos estos hermosos paisajes de abetos y pinos negros.
8:49 Llovizna. Miguel acaba de volver del baño. Nos refugiamos en el avance de la tienda, donde había preparado el desayuno mientras oíamos las gotas caer. En algo más de una hora, bajábamos Miguel y yo por la carretera del túnel de Bielsa-Aragnouet, en la parte francesa, ante nieblas deshilachadas entre las ramas de los abetos y los pinos negros, les sapins et pins à crochets. Entre el verdor oscuro y húmedo del ambiente. En el fondo del valle, aparece la ermita templaria, está abierta. Dejamos el coche cerca y caminamos, en la mañana fresca de agosto, hasta este emblemático monumento. Modestas piedras ordenadas por la religión, en esta región de las nestes, de los arroyos de montaña.
Pequeño templo, entre un prado y un bosquete, armonizando con las faldas de la montaña. No soy una persona religiosa, pero sí poética; y la espiritualidad en los Pirineos aparece a cada momento, y ya he comentado que las nieblas y la llovizna nos envolvían. Los olores de la hierba y las piedras mojadas se habían desatado. Así que me encaminé con Miguel a visitar esta capilla románica, entramos con respeto, para estar un ratito con los parroquianos que casi llenaban la bancada, el sacerdote esperaba a las once para comenzar con el oficio religioso del Día de la Asunción, de hecho esta es la capilla de Notre-Dame de l’Assomption, del siglo XII. Nos facilitaron una hoja con los himnos y la misa comenzó persignándonos todos. Cuando vi cómo Miguel hacía la señal de la cruz, supe que era el momento de marcharnos, pero la puerta estaba cerrada y todos entonaban ya los primeros cantos, así que esperé una discreta oportunidad, que llegó a los cinco minutos, cuando un hombre de rasgos chinos entró con un bebé, momento en el que salimos. Fuera visitamos las tumbas del entorno de la capilla, y hasta nosotros llegaba el murmullo del oficio.
Seguimos nuestro camino valle abajo, al mercadillo de los sábados de Saint Lary y mientras mi hijo seguía haciendo fotos del paisaje, se me vino a la mente un cuento de Marguerite Youcenas, sobre el pintor chino Wang-Fô, quien amaba la imagen de las cosas y no las cosas mismas. Y es que ese día, la llovizna y la niebla hicieron bello el desayuno, el bosque y hasta la capilla de los templarios nos ofreció algo más.

viernes, 4 de septiembre de 2015

A Grailhen por la Noche estrellada

Grailhen está cuajado en agosto de malvalocas, más altas que uno, guardando las casas.
A Grailhen no había ido hasta este agosto. Pero quería hacerlo, desde que descubrí que se encontraba en la zona donde en los últimos años paso unos días de vacaciones, entre el Sobrarbe y el Valle d’Aure. Mi interés por visitarlo se produce cuando descubro que es el pueblo en el que pasa una temporada la montañera Isabel Suppé. Así que el pueblo casi deshabitado y lleno de libros estaba cerca. Se veía cerca, pero pequeño, casi engullido por el denso bosque, arriba en la ladera de la montaña. Muy cerca de Saint Lary Soplan.
Casas cuidadas, y una o varias de ellas, tan llenas de libros como de flores.

De Suppé leí en 2012, su ‘Noche estrellada’ (Editorial Desnivel), http://www.libreriadesnivel.com/static/pdf/ediciones_desnivel_noche_estrellada.pdf
 Un relato centrado en el accidente de montaña que sufrió en los Andes bolivianos, en el Condoriri. Una grave caída de 400 metros, en la que ella sobrevive, con graves heridas en una pierna, y donde su compañero de cordada, Meter Cornelius, fallece. Un libro con sus reflexiones y recuperación, y su vida montañera que no debe detenerse, porque “el mejor homenaje a un alpinista que se ha quedado en la montaña es seguir escalando”.
Al fondo Saint Lary Soulan.

Isabel Suppé se dirige a Rodez y de ahí, “con mis franceses” a Grailhen, es Navidad. Esta casa “en el pueblo más chico de los Pirineos” se ha convertido en una espléndida biblioteca, un lugar de descanso y contemplación. Un pueblecito, de 17 habitantes, “escondido como un nido en lo alto de la montaña”.

Tenía en la mente los pasajes que dedica en su libro a Grailhen, que estaba allí, a menos de dos o tres kilómetros, desde La forêt suspendue, donde mi hijo Miguel practicaba tirolinas. Nos acercamos para dar un paseo y sorprendernos por el cuidado pueblecito, de rincones coquetos y cartelitos informativos, hechos a mano y distribuidos por el Ayuntamiento. Un lugar residencial y querido por sus habitantes, de casas reformadas y muchas malvalocas exuberantes adornando los rincones y callejuelas. No vi ninguna casa abierta repleta de libros, aunque sí escuche hablar castellano en la tranquilidad de la tarde de agosto, en la que un libro, Noche estrellada, al cabo de los años, me llevó a este encantador rincón del valle d’Aure.
Ayuntamiento de Grailhen.