jueves, 20 de marzo de 2014

Del final del invierno


El Sol gana cada día algunos minutos, y se alargan las horas de luz. Los árboles se desperezan ante la llegada de la primavera. Después de un invierno que este año ha tenido pocas heladas, que recuerde tres, cuatro días de escarcha. Pero sí que toda la lluvia ha caído entre enero y febrero, al día de hoy hasta los 500 litros de agua por metro cuadrado.
Los árboles de la vía verde se han mostrado bellos en su digna desnudez. Un letargo que los muestra en su intrincada estructura, formas únicas en cada especie, como nos recuerda el botánico francés Francis Hallé. Del viento, del frío y de la falta de luz se defienden deshojándose, para así, con el menor gasto vital, afrontar estoicamente la hibernada.

Qué bella la melia junto a la casa del tren, pasado el puente de Hierro hacia Cabra, o justo antes del puente, el almendro del que ya se desprendieron ramas principales. O la magnífica higuera, una de las más grandes de la vía verde de la Subbética, que crece junto al cortijo en el cruce con la carretera de las Erillas. En este punto también hay una hermosa morera. Dejando pasar entre sus ramas, la visión de ciclistas y senderistas, quizás demasiado dedicados a su esfuerzo y ajenos a las magníficas existencias de los árboles y las nubes. Desde hace semanas a este final del invierno.  

martes, 4 de marzo de 2014

Imprescindibles días desapacibles

Llueve sobre el cañón del río Bailón. Y estoy en la cueva del Fraile, hasta aquí he venido bajo las rachas de lluvia, a guarecerme en este abrigo calcáreo, presidido por un tosco busto rocoso, que recuerda a un religioso guardando la cueva. Ni se inmuta en este frío domingo de febrero, cuando han pasado tres. Frente a la cueva, en la otra orilla, dos senderistas con todo empapado y los paraguas cerrados por culpa del fuerte viento. Decididos, en retirada. Antes, empapado también, un corredor por el sendero junto al río. Todos hacia Zuheros.
Escucho, refugiado de las cortinas de lluvia, en este apetecible día desapacible. Una lluvia fría que enardecerá en la memoria un día sofocante. Esta realidad que aumentará de belleza con el recuerdo. Chaparrón tras chaparrón, la mañana da paso a la tarde, bajo este techo de roca. No sé que pájaro  trina, pero llega hasta mí, atravesando el estruendo del torrente crecido del Bailón. Del siseo del viento, a través de las hojas plateadas de los olivos, y que me hiela la nariz, y las puntas de los dedos. La lluvia, mecida como olas, me recomienda permanecer quieto. Los elementos están bravos y envalentonados, un paisaje imprescindible para la evocación. Creo que trinaba un pinzón.

Sigue lloviendo, y el día más que a trozos, se cae a cántaros. Las guirnaldas de lluvia siguen a favor de la corriente del río, y yo también. Dejaré en paz al cernícalo que antes vino buscando refugio y tuvo que irse por mi presencia. Aguanto el paraguas con las dos manos. (9-2-2014)