miércoles, 22 de enero de 2014

Júpiter estos días de enero


Es mirando hacia arriba una noche clara, cuando encuentro una naturaleza pura, estampada de estrellas. Tan lejanas de la mano del hombre, que quizás por eso brillen. Porque al frente, aquí abajo, todo esta mancillado por carreteras, extensos cultivos, cuando no por las ciudades y sus luces que incluso contaminan la visión del cosmos. El trastero de mi casa mira a las afueras del pueblo, hacia el oeste y su ventana coincide estos días con la trayectoria de Júpiter.
Así que estas noches miro su potente luz en el firmamento de mi ventana, donde coloco un pequeño telescopio de 33 aumentos, suficiente para contemplar el pequeño disco brillante del mayor planeta del sistema solar, y sus cuatro principales lunas. Con el paso de los días estas lunas cambian de posición, pero no me atrevo a señalar cuáles son; aunque se puedan mostrar evidentes, desde la más cercana al planeta, Ío, seguida de Europa, Ganímedes, y la más lejana Calisto.

Un punto luminoso en mitad de la noche, tan desmesurado que podría contener 1.300 Tierras. Júpiter es una inmensa bola gaseosa, donde su famosa mancha roja, es una horrible tormenta que lleva actuando siglos, y que ruge como 100.000 huracanes Katrina, aquel que devastó Nueva Orleáns. Hoy, 21 de enero, está nublado, afuera hace frío, cierro la puerta del trastero y me voy a la ducha.

martes, 7 de enero de 2014

La paciencia de los sapos

Primero un sapo hundido, camuflado entre las hojas del fondo del estanque. Hojas podridas, con solo los nervios, hojas grandes de higuera. Luego media docena de sapos hundidos, listos para aparearse. Ahora escribiendo con las manos heladas, entre el viento que arremete contra los arbustos bajos y apretados de aulagas, torviscos y romeros.
Buitres jugando con las rachas ventosas y huyendo los colirrojos tizones, que antes de desaparecer, hacen una reverencia, bajando su pecho y elevando su nerviosa cola, al vendaval que se avecina. Como pintadas al carboncillo, las nubes oscuras pasan rápidas, sin rozar las crestas calizas de este sitio solitario.
Las nubes cada vez más oscuras, y yo más optimista, después del queso y las naranjas. Así que voy a esperar la lluvia, con la paciencia de los sapos. Pero me voy y no llueve, aunque todo se ha curvado ante la fuerza del aire. La bajada de la cascada del Jardín del Moro hace que tiemblen las piernas, agitado y borracho de viento. Vuelvo a pasar por el estanque y los sapos esperan la noche y el amor.

Conocí las estrellas, las flores y los pájaros, los invernales lados grises de las cañadas, y hablando con los montes, las marismas y los esteros, recordé solo a medias las humanas palabras.’ John M. Synge