miércoles, 31 de diciembre de 2014

El pequeño rincón de Fuente Las Jarcas


Me detengo un buen rato en la fuente de Las Jarcas. Con su lavadero y abajo su abrevadero, su pequeño aparcamiento, limitado por una baranda de troncos. Junto al camino que va desde Los Pelaos a la carretera de Gaena y la sierra de la Camorra. Un rincón cuidado, de hierba fresca, que el Ayuntamiento de Cabra  o la consejería de Medio Ambiente siega en verano, antes de que se convierta en maleza. El lugar se mantiene limpio, y ofrece tres merenderos, sombreados por higueras, ahora desohajadas. También hay media docena de arbolitos, desnudos, creo que alguno es un fresno. Hay un par de hediondos, curiosos arbustos que es en verano cuando pierden las hojas, ¡cuidado, son venenosos!
 Pero en esta tibia mañana, que despertó bastante fría, los que destacan son los majuelos, tres, con sus frutitos, como manzanitas de profundo rojo. En los momentos de tranquilidad, cuando ningún vehículo o grupo de ciclistas pasa por el camino, merodean por el lugar un grupo de pajarillos que chistan desde las ramas, o desde los bancos de los merenderos o de las fuentes. Con envidiable vitalidad exploran el terreno y lo observan todo. Ellos, pinzones y diminutos mosquiteros, son, junto con el agua, los que hacen inmortal el lugar.
Este manantial, que habrá abastecido a antiguas poblaciones iberas, y aun otras de la edad del bronce. Es lo que se explica en un cartel divulgativo. Al lado hay otro, hecho a mano: “En la naturaleza el único animal que ensucia es el hombre… así que compórtate como un animal salvaje”. Así que es una lección de civismo mantener este lugar limpio y cuidado, también reivindicar cada centímetro público y celebrar rincones como este, donde leer y disfrutar al sol de diciembre, este último sábado del año.

viernes, 26 de diciembre de 2014

La conquista social de la Tierra, de Edward O. Wilson

 Edward O. Wilson es una eminencia en el estudio de las hormigas (mirmecología). Y un gran darwinista. Un hombre de ciencia, que en sus libros plantea grandes preguntas filosóficas: de dónde venimos, qué somos, adónde vamos. Asuntos que aborda en su libro ‘La conquista social de la tierra’ (Editorial Debate).
Estudiando a las hormigas, llega a las respuestas de los grandes temas humanos. Pero puede que esos grandes temas solo estén en nosotros, en la insignificancia humana. No son cuestiones que se planteen las asombrosas hormigas, ni las maravillosas abejas, los abejorros tienen otras cosas en las que pensar y los termes, aun más primitivos, tampoco llegan a estas cuestiones. La naturaleza del escorpión es picar, y la humana, quizá tan robotizada como la de los demás seres, sea pensar de dónde, qué, adónde. Y de esa raíz profunda aparece la maravilla de la imaginación, creación, inventiva.
Cada vez con más datos, la ciencia nos confirma, que las artes, la filosofía, la religión, es un producto de nuestra biología, de nuestra evolución individual y social, eusocial. Y así todos nosotros somos grandes pensadores, sin excepción. ¿No es también maravilloso? “Nosotros, todos nosotros, vivimos nuestra vida en conflicto y disensión”. Porque “cuanto más descubrimos acerca de nuestra existencia física, más evidente resulta que incluso las formas más complejas de comportamiento humano son, en último término, biológicas”.
Como las obras de los grandes científicos, su libro es mucho de ciencia, pero también filosofía y para mí, poesía: “según cualquier patrón concebible, la humanidad es, decididamente, el mayor logro de la vida. Somos la mente de la biosfera, del sistema solar y (¿quién puede decirlo?) quizá de la galaxia”.

domingo, 7 de diciembre de 2014

El frágil corral del Veleta

Es el Veleta el que domina mi paseo, por el valle de San Juan, a más de 2.500 metros. Llego hasta los 2.750 m. en un agradable paseo, que busca las crestas que dan al barranco del Guarnón, el barranco paralelo que pertenece al Veleta. Es 12 de julio, hay pocos neveros, que busco para tener esa sensación de haber salido de Andalucía, sin haber salido, de haber salido del verano en este julio. Hay un enorme hito de piedras, que no sé que marca pues no está en ningún pico, no marca la mayor altura de nada, subo un poco más, el viento sopla agradable, cimbreando los lastones, mientras las matas de Ptilitrichum spinosum están quietas, pegadas a las rocas. El torrente del río San Juan brilla abajo, y las esquilas de las vacas me llegan por momentos, traídas por el viento. Es el terreno de los cresteríos. Hay un nevero que se derrite creando un pequeño lagunillo solitario, sobrevolado por una mariposa Vanessa cardui, con sus colores asombrosos en este panorama gris. Paso por una acumulación de grandes bloques de esquisto, que al pisar, a veces se mueven, en un balanceo que produce un sonido como de lápidas.
 Ahora es 25  de octubre, parto desde la Hoya de la Mora, a un lado el viejo observatorio astronómico, y junto a mí, el altar y la Virgen de las Nieves. Ciencia y religión, todos precisan de las alturas. Me adelanta en mi caminata, hacia el corral del Veleta, un cochazo con escudos del Estado, añadiendo ruido a este paraje. A las tres menos cuarto, me tomo una manzana, que trae una pegatina que dice que viene del valle alpino de Venosta, en el Tirol, yo estoy en el corral del Veleta, a 10,2º C y a 3.052 metros.  Tampoco hay silencio a estas horas, porque un gran grupo de excursionistas se ha enriscado, buscando no sé que senda, que desciende desde el veredón del corral hasta los borreguiles del Guarnón. Este corral o cubeta glaciar, es una zona austera y desabrida, un territorio confuso de ondulaciones sucesivas, provocadas por los hielos y la nieve, plagada de grandes bloques rocosos herrumbrosos bajo la amenazante verticalidad del pico Veleta (3.396 m.). Solo las collalbas aun animan con sus vuelos este lugar, al que el sol no volverá hasta mañana.

Ahora, en casa, a principios de este noviembre, leo en el periódico del sábado que la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), ha publicado su Lista Verde, con los 23 parques nacionales del planeta incluidos, entre los que está a partir de ahora Sierra Nevada. Pertenece por su conservación del frágil ecosistema de montaña y el rico patrimonio cultural unido al turismo. Cuando leo sobre la sierra, me vienen esos instantes solitarios, pasados en ella, llenos de una atracción, que con los días es añoranza de esas austeras cumbres romas. Leo en Nacional Geographic de diciembre, que la mariposa Parnassius apollo ha desaparecido de la sierra almeriense de Gádor, posiblemente empujada por el cambio climático. El 12 de julio, nada más dejar el coche, a 2.500 m. comencé a ver apolos, revoloteando aquí y allá durante la primera parte de mi paseo. Todo es frágil y único aquí.

jueves, 30 de octubre de 2014

Las aguas sonorosas de los Tajos de la Virgen

Hay una fealdad en Sierra Nevada que me permite llegar al corazón de Sierra Nevada. Es la inmensa carretera y la estación de esquí. De vez en cuando veo a lo lejos algo rojo, fuera de las pistas, son plásticos que han volado de la estación.
Pasado el collado entre el observatorio astronómico y el blanco radiotelescopio, accedemos al valle del río Dílar. Entramos en la región de los Tajos de la Virgen, aún hay señales de pistas y remontes, y lagunas represadas, como la de Las Yeguas. Dice Severino Pallaruelo (escribiendo de los Pirineos), que a la montaña, es mucha la agresión que hay que hacerle para sacarle dinero.
Un poco más de camino, sobre una altura que ronda los 2.900 metros, aquí y allá aparecen los lagunillos de la Virgen. Es 13 de julio de 2013, un buen momento para que las flores alpinas estén en toda su gloria, para que todo rezume agua, incluso inundando parte de los borreguiles y que los neveros cubran las orillas de los lagunillos. Hay ranúnculos blancos y amarillos, mariposas y sobre todo el sonido del agua. Estoy a 2.831 metros y a las tres de la tarde el sol calienta hasta los 33º C. Aquí, la soledad, la nieve y la austeridad de los esquistos hacen del territorio un lugar eterno.

Flores encontradas en esta zona:

Arenaria tetraquetra
Armeria splendens
Chaenorhinum glareosum
Crepis oporinoides
Cystopteris fragilis
Dianthus brachyanthus
Gentiana alpina
Gentiana sierrae
Jasione amethystina
Leucamthemopsis pectinata
Nevadensia purpurea
Plantago nivalis
Ranunculus acetosellifolius
Ranunculus demissus
Saxifraga granulata
Sedum melanamtheru
Sempervivum minutum
Veronica nevadensis
Viola crassiuscula

 Esta semana de octubre de 2014, han encontrado en estos parajes de los Tajos de la Virgen, el cuerpo del montañero desaparecido en diciembre de 2013. Para él crecerán eternamente estas joyas. (…los ríos sonorosos/ el silbo de los aires amorosos. San Juan de la Cruz).

jueves, 16 de octubre de 2014

Cromañón. De cómo la edad de hielo dio paso a los humanos modernos. De Brian Fagan


 El universo simbólico para el que nos capacitó nuestro cerebro nos hizo mucho más fuertes. El lenguaje complejo, surgido con nuestra especie, creó seres tremendamente sociales, pequeños grupos conectados con otros. Tribus o clanes que intercambiarían abundante información, fundamental para nuestras estrategias de supervivencia. “En determinado momento, entre los 100.000 y los 50.000 años antes de nosotros, en un instante seminal, aunque poco conocido de la historia, el Homo sapiens desarrolló toda la batería completa de aptitudes cognitivas que hoy poseemos”. Y nos convertimos en la especie dominadora del planeta.
En torno a esos cincuenta milenios atrás, el hombre dejó testimonios de su espiritualidad, testificados en elementos funerarios, o en los primeros instrumentos hallados, como flautas con 35.000 años de antigüedad, y todas las pinturas prodigiosas del norte de España y el mediodía francés. Además, nuestro lenguaje es rico en matices, dando otra dimensión a nuestra especie. “Hablamos con fluidez y melifluamente, no solo comunicando cosas prácticas sino también proyectando una miríada de sentimientos, significaciones sutiles y emociones”. Nos convertimos en seres transcendentes.
Así fue el hombre de Cromañón, y así somos nosotros: los mismos. Nos vemos vulnerables y agresivos, sensibles y devastadores. Nuestro cerebro nos hizo superiores y al mismo tiempo nos sumergió en un mar de conflictos. Brian Fagan, arqueólogo y antropólogo, recoge esta historia en: ‘Cromañón. De cómo la edad de hielo dio paso a los humanos modernos’ editorial Gedisa.
Y es que somos las emociones atesoradas hace milenios. Cuando nos preguntamos por el placer del hogar ante la llegada de las lluvias y el frío, Brian Fagan nos da una respuesta: “En invierno, las personas deberían quedarse cerca de sus hogares, apiñados en pequeñas moradas donde pasarían las noches contando historias y cantando. Eran meses de intimidad…”.  Después de disfrutar el libro de Fagan, sigo pensando que somos más prehistoria, que historia.


jueves, 2 de octubre de 2014

Fea está la tarde

En esta fealdad de olmos y palmeras muriéndose todos los días. Hojas ocres, muertas como si un relámpago de diciembre las recorriera una a una.
Hojas secas en árboles secos. Y hojas de palma caídas, de palmeras tristes, vencidas por los gusanos que han devorado su cogollo. Fea es la tarde, solo dulcificada por las temperaturas de septiembre, de este último día de septiembre. Un caballo negro se ha acercado hasta donde me he parado en la vía verde, come en la rastrojera de la finca donde está cercado él y dos más. Y viene un olor lejano de basura quemada, de plástico derretido.
Es principio de otoño, se acortan los días; pero solo se mueren las hojas de las palmeras y de los olmos. Ya llevan meses, algunos años. Dejando las palmeras muertas más desamparados aun los cortijos abandonados. Dejando los olmos hileras de esqueletos en las riberas de los arroyos. Es la enfermedad del picudo rojo y de la grafiosis, pero me temo que en realidad sea la enfermedad del hombre la que los mata.

Ha salido un conejo negro disparado al verme. La oveja negra de la familia se ha asustado y corre llevándose el presagio de que fea es esta tarde. Dos cuervos graznan al atardecer, pasan la vía verde y se detienen en una torreta de la luz monstruosa de fea. Me marcho mirando a las nubes y mordiendo una ramita de hinojo.

martes, 16 de septiembre de 2014

‘Entre cielo y tierra’, de Jón Kalman Stefánsson

Soy una persona hogareña, de casa y de bosque. En ambos lugares me relajo cocinando, leyendo, escuchando. La casa y el bosque es mi refugio de algo exterior. A cobijo de los árboles o de las ventanas, son otras las obligaciones, más placenteras, alejadas de demasiada gente, de demasiado trato, de la maquinaria multitudinaria del presente social. Oler a resina, o a salsa de cebolla y no responder al teléfono en todas sus variantes.
Durante varios días leer ‘Entre cielo y tierra’, de Jón Kalman Stefánsson. Al joven del libro se le ha muerto de frío su amigo Bárður, en el frío mar islandés. En vez de llevarse como sus compañeros pescadores la chaqueta encerada, se lleva ‘El paraíso perdido’, de Milton. Los poetas no calientan. Aunque hay capitanes de barcos que, a finales del XIX, cuentan como posesiones un barco, 400 libros y una ceguera que le impide leer, “pues la vida del hombre es una constante competición con la oscuridad del mundo”.
Hay una cosa que adoro de Ángela Merkel y su marido Joachim Sauer. Como todos los veranos, la pareja se desplaza hasta Bolzano, Tirol del sur, zona montañosa al nordeste de Italia, habitual para los turistas alemanes, en especial los que gustan del senderismo. En invierno practica esquí de fondo en Engadin, Suiza.
Dejo ‘Entre cielo y tierra’ en la encimera, hoy pelo tomates para salmorejo, es final de agosto y suena el bendito Bob Dylan: ‘Seré libre nº 10’.
“Soy común y corriente/ soy como él y también como tú. / Soy hermano e hijo como todo el mundo/ no soy distinto de nadie”.
El libro de Jón Kalman Stefánsson es un poético acercamiento del apego del ser humano al paisaje. Las montañas marcan el límite de cuanto se pueden alejar los pescadores en sus pequeños botes, en su “cáscara de nuez”. Los picos nevados son la guía para volver del gélido mar, al que se espera arrebatar bacalaos en las pequeñas barcas de remo de seis hombres. Pero Bárður cuando abandonó la barraca de pescadores estuvo más pendiente del libro que de su chaqueta impermeable, ahora está muy mojado y hace frío.
Vargas Llosa me espolea con sus artículos. Pasa unas semanas en Marbella, donde practica el ayuno: “algo bueno debe tener el ayuno cuando su práctica forma parte de la historia de todas las religiones occidentales y orientales”. Derrito unos filetes de pescada mientras veo Montagne TV. Emiten un viejo documental, de los 60, de una expedición a Islandia, donde va un ‘botaniste’ para estudiar en los campos de hielo y nieve las flores heroicas.
“En Islandia no hay nada que ver, solo montañas, cascadas, terrenos agrestes cubiertos de hierbajos, y esa luz que puede atravesarte y convertirte en poeta”. El joven, sin nombre en la novela, viaja por el interior nevado para devolver el libro, cree morir dulcemente cuando le coge la noche. Se dirige a Lugar, para encontrarse con Kolbeinn. “Autoridades, comerciantes, quizás ellos dicten nuestras míseras vidas, pero las montañas y el mar reinan sobre la vida, son el destino”. Kolbeinn atesora 400 libros, pero se los tienen que leer, se ha quedado ciego. Kolbeinn bebe café en una taza que perteneció a “William Woodrworth, que compuso muchos poemas para el mundo, algunos de los cuales aun iluminan a esta humanidad angustiada y vanidosa”.
Antes de hacer un sofrito leo de W.W: “Hay una bendición en esta brisa suave/ visitante que, mientras airea mis mejillas, / parece saber casi la alegría que trae/ desde los verdes campos y el claro cielo azul”.


martes, 8 de julio de 2014

Noche en el ibón del Sen


Si uno carga con todo lo necesario para vivir, la conciencia se hace ligera. Si en la mochila va un poco de comida, ropa y manta y un libro, qué más se puede pedir. Si uno trepa a una montaña así, marcha lento pero feliz. A las 11 de la mañana nos pusimos en marcha, no era tarde, porque prisa no teníamos, especialmente yo; Fran sí que tenía que volver, pero no era lejos, sino alto adonde nos dirigíamos.

Así, por el puente de los Pecadors, cerca de San Chuan de Plan, cruzamos el Zinqueta. Encajonada y muy abajo se escucha el agua, en una estrechez de vértigo, donde dicen que arrojaban a la pobre gente pecadora, desde el fondo suben bien estirados los troncos de un grupo de tilos, cuyas hojas sombrean este húmedo ambiente, y que no tienen ningún efecto tranquilizador en mí. Iniciamos la marcha por una pista toscamente empedrada, que remonta en revueltas por la pendiente, entre un bosque de robles, avellanos y bojes; aunque yo me paro en unas orquídeas Epipactis atrorubens, es ocho de agosto de 2014. De donde vengo, las orquídeas llevan ochenta días secas.
 Siguen las revueltas empedradas, trabajo de cientos de años acondicionando este camino, para permitir el paso del hombre y los animales cargados de pasto de las praderas superiores, donde se encuentran las bordas de Puyarruego, al que llegamos enlazando con una buena pista para vehículos, y donde hay alguna borda habilitada para el turismo tranquilo de estos lugares. Seguimos por una pista de menor calibre, a mano derecha, ya con el rumor del crecido arroyo del Sen, al momento aparece unas construcciones de hormigón, en la zona de Engrota, son los restos de una explotación de cobalto. Ya seguimos por una senda, algo más arriba, dejamos el bosque, al cruzar un puente sobre este torrente impetuoso, no sé si será por la últimas tormentas. Entramos en un territorio de pastos subalpinos, al poco llegamos a la cabaña de pastores de Las Pardas, a 1.900 metros[1]. Llevamos dos horas y media caminando, embebidos en el rumor del barranco por el que se precipita el agua en abundancia, blanca oxigenada y por un ambiente sereno, hasta ahora no nos hemos encontrado a nadie. La cabaña se aleja del torrente y las lazadas que le siguen del sendero nos asoman al barranco de Las Pardas que suben hasta las crestas de Las Blancas, de 2.707 metros en el pico Barbarizia.

La senda se acerca al torrente de nuevo, entramos bajo unos nubarrones oscuros como las crestas, como si el terreno tiñera sus vapores. Arriba, donde se adivina la cubeta glaciar, además, llueve. Todo es de ese gris refrescante en este mes de agosto. En unos minutos, a nosotros también nos llueve ligeramente. Fran más rápido, decide adelantarse para llegar al ibón, contemplarlo e iniciar la bajada. Nos cruzamos con otros senderistas, que ya vuelven del Sen, mientras yo coloco la funda a la mochila y me coloco el impermeable, guardo la cámara, aunque sé que este es el momento de la inspiración fotográfica. Arrecia la lluvia, escucho el golpeteo de las gotas en el plástico del gorro y empiezo a vivir este momento, el de la montaña cambiante, el del paisaje brumoso, que despierta el instinto del refugio placentero, contemplativo. Camino hacia los nubarrones más espesos, estoy casi a su altura, solo se cuela algo de claridad por la parte más baja del barranco, todo lo demás está tapado y la hierba brilla con un verde oscuro. El sendero enseguida llega a un resalte rocoso, por su izquierda desciende en cascadas el arroyo espumeante. Una vez superado aparece una charca, muy crecida hoy, compruebo como bajo el agua hay hierba, fuera queda un prado perfecto. Ya no llueve. Continúo entre un caos de rocas, que no sé hasta que punto hacen de presa natural del ibón, al mezclarse con restos de construcciones que en tiempos sirvieron para controlar el caudal que se utilizaba en el lavadero de cobalto. Ahí me espera Fran, contemplando el panorama de rocas y agua, de soledad y belleza pirenaica. Él debe emprender la bajada, son más de las tres de la tarde, he empleado más de cuatro horas en subir al ibón, tenemos 20º C.
Nos hacemos unas fotos y me quedo solo. Escojo el lugar en el que plantar la pequeña tienda que traigo, junto a la charca más baja, que monto rápido porque se anuncia un nuevo chaparrón. Como algo dentro de la tienda, mientras espero que escampe. He subido pan, queso, embutido y melocotones. Descanso, doy una cabezada hasta las cuatro y media.
La tarde la dedico a recorrer este imponente circo glaciar, este paisaje trabajado en tiempos donde el frío era el señor de las montañas. De una especie de aliviadero mana impetuoso el torrente, por unos metros encauzado por un murete de piedra, luego anegando parte del prado y llenando la laguna por cuyo borde oeste se desborda para precipitarse barranco abajo. Entre el césped encharcado encuentro las flores azul violetas, con forma de caperuzas de la Pinguicola grandiflora y Potentilla crantzii, de denso amarillo entre sus palmeadas hojas de un verde oscuro. Cerca de las pequeñas rocas que sobrepasan la apretada hierba, hay Lotus corniculatus subsp. alpinus, con sus flores virando del amarillo al rojo. El sonido del caudal, potente y vivo me atrae, el agua está fría, busco un pequeño termómetro, poco preciso, que llevo encima, lo sumerjo, aguantándolo con unos granitos. Allí lo dejo, mientras me encamino al ibón del Sen, el grande, rodeado de afiladas almenas, como protegido por un castillo medieval, en cuyas puntas se deshilachan las nieblas. Comienzo a bordearlo, parándome aquí y allá, para fotografiar unas plantas guarecidas en estas alturas, que en unas pocas semanas de julio y agosto despliegan sus flores, como un lujo casi prohibido entre la austeridad de la roca. Merece la pena detenerse y pensar en su existencia botánica, y mi imaginación se encanta y las mitifica.
Así, escuchando el chapoteo del agua del ibón, me regalo con el regaliz de monte Trifolium alpinum, cerca estalla de un blanco marfil una mata de Galium pyrenaicum, exuberante, como si fuera cuidada por un experto en un invernadero. Sopla una brisa que hace abrigarme y seguir bordeando el lago. Aunque estoy rodeado de granito, aquí y allá las plantas que descubro son propias de caliza, eso me aseguran las guías de flores que consulto[2]. Ahora los canchales bajan hasta la orilla desde las crestas, aun quedan algunos neveros, es un terreno frío y húmedo, con algunos rododendros en flor, Rhododendrom ferrugineum, y vigorosas hojas de vedegambre, Veratrum albun que aun no tiene tallos floridos, que salen de los recovecos de las rocas, junto a amarillas violetas, Viola biflora.
En el silencio de las alturas, oigo un disparo lejano, a los dos segundos otro chasquido me sobresalta. Y ha sido en los siguientes rebotes donde me he dado cuenta de que era una roca desprendida que finalmente se ha frenado en el canchal, son las 18:49. Poco más adelante, encima de los cresteríos escucho a unas chovas, alzo la vista y veo una pareja incordiando a una pareja de águilas reales, que sobrevuelan su territorio, o por que tienen el nido cerca. Me da tiempo a hacerles unas fotos. Sé que todo cuanto aquí sucede es complejo, desde la piedra que rueda a la chova que grazna. Y todo se manifiesta entre largos silencios, en un acontecimiento misterioso, con la lentitud de las grandes obras. Estoy. Solo en un inmenso escenario. El agua invade unas grandes rocas y hay que trepar algo para sortear la orilla del ibón, que está a su máximo nivel. Estoy terminando el recorrido, pero antes me acerco hasta un pequeño ibón. Cuando llego a la tienda de campaña son casi las nueve de la noche, la lámina de la lagunilla inferior brilla como un espejo. He sacado el termómetro del torrente, marca tres grados centígrados. Bebo y me meto en el saco de dormir, fuera tenemos 10 grados.

Duermo apaciblemente, me levanto tarde, sobre las nueve y me encuentro rodeado por ovejas que triscan en la hierba fresca. El sol roza los paredones más altos y entra rasante en el circo glaciar. El rebaño desprende una imagen de calidez, mientras sube una ladera que dará a otro circo y a nueva hierba. Preparo la mochila, pero antes, doy un último paseo para fotografíar unas gencianas que ayer encontré ya cerradas: Gentiana alpina y Gentiana nivalis.
Desciendo durante tres horas, por pastos, bordas y el laberinto de senderos que finalmente me llevan hasta el puente de Los Pecadores, donde me espera una enorme y amenazadora oruga de la esfinge de los tilos que desde el pretil del puente me despide.




Alchemilla alpina                                             Alchemilla colorata


Arenaria moehringioides                                  Armeria alpina
Campanula rapunculoides                                Campanula scheuchzeri
Daphne cneorum                                             Dianthus carthusianorum
Doronicum grandiflorum                                  Erigerum uniflorus
Globularia repens                                            Juniperus communis subsp. alpina
Linaria alpina                                                   Oxitropis neglecta
Phyteuma hemisphaericum                               Potentilla nivalis                      
Pritzelago alpina                                              Saxifraga moschata                 
Saxifraga paniculada                                        Sedum atratum
Sempervivum montanum                                  Sesamoides interrupta             
Silene acaulis                                                   Thymus praecox subsp. polytrichus
Trifolium alpinum                                             Urtica dioica                           
Vaccinum uliginosum                                       Veronica fruticans                               
Vicia pyrenaica                                               Viola canina




[1] Datos recogidos en el libro ‘Valle de Chistau. Paseos, historia, naturaleza.’ De Eduardo Visuales y Kilo Gracia Edizioak SUA
[2] Flores del Pirineo de Fco. Javier Barbadillo Salgado, Editorial Pirineo y La Grande Flore Ilustrée des Pyrémées, de Marcel Saule, Edición de Milan-Rando, principalmente, pues otra media docena de libros magníficos se apoyan en mi mesa donde esto escribo.



miércoles, 28 de mayo de 2014

Al florido Salto del Caballo, 1.650 m.

Una familia de ardillas rojas corretea entre los pinos y no se asusta del coche, con el que llegamos al área recreativa de Robledal Alto, punto de partida de la subida a La Maroma (2.065 m.). Se muestran confiadas, seguras de su agilidad, de sus garras, de su avispada mirada, de su mundo vertical. Es la cara noreste y se entra por la Venta La Alcaicería.
No está nuestra meta en la misma cima de La Maroma. Marimar, mi pequeña Alicía y yo nos conformamos con subir hasta el Salto del Caballo. Contemplar allí los tejos (Taxus baccata) y buscar las tirañuelas (Pinguicula dertosensis), esperando que este sábado 17 de mayo estén en flor, como lo estaban hace diecisiete años, cuando nos las encontramos por vez primera.
 El inicio de la senda discurre por un hermoso bosque, aquí abajo destacan grandes pinos resineros (Pinus pinaster) que dejan caer enormes piñas de más de 20 centímetros. Son pinos de repoblación y aparecen en largas hileras aterrazadas, como centinelas de La Maroma. Aquí, algún que otro melojo (Quercus pyrenaica) también merece la pena ser observado, en el sotobosque resaltan las grandes flores de le peonía (Paeonia broteri) y entre las aulagas, parasitándolas, florecen en estas fechas los misteriosos jopos (Orobanche gracilis subsp. deludens).
Un poco más arriba hay manchas de encinas (Quercus rotundifolia) y quijigos (Quercus faginea), entre los que se disparan los finos y largos tallos de los lirios silvestres (Xiphion vulgare), especie aun denominada en la mayoría de los libros como Iris Xiphium. La subida prosigue ahora entre un bosque de pino silvestre (Pinus silvestres) y abundante agracejo en flor (Berberis hispanica), con ese olor acre que debe guiar a los insectos en la noche cerrada. Una vez remontamos la ladera del barranco de los Presillejos, llegamos a la cresta divisoria con La Solana del Espartal, 1.375 m. donde hay un mirador, al poco comenzamos a ganar altura por un terreno pedregoso. Ya no estamos tan lejos de los tajos del Salto del Caballo, donde hoy termina nuestro recorrido. Alicia, la más pequeña de la expedición familiar sube sin problemas, ella misma se reconoce como una niña salvaje, vigorizada por el viento con aroma a resina.


A partir de aquí, las flores de la montaña mediterránea comienzan a protagonizar la subida. Pegadas a las calizas, con sus apelmazadas hojas revolutas y lanosas, a modo de mullido abrigo, fotografío unos alfilerillos (Erodium cheilanthifolium) de pétalos de pálido lila, los dos superiores maculados con un arabesco púrpura. Una planta montañera, que en la vecina Sierra Nevada llega a los 3.000 metros de altitud. Aquí la encontramos a 1.500 m. próxima a otra almohadilla vegetal, en este territorio rocoso y áspero, la quebrantapiedras (Saxifraga erioblasta), un caméfito pulvinular dicen los botánicos, con sus pequeñas flores de cinco pétalos blancos. Discreta planta que identifico gracias a las fotografías de los libros de botánica, porque de seguir las Claves de la Flora Vascular de Andalucía Oriental, debería arrancar toda la planta para comprobar que no tiene bulbillos subterráneos, algo inadmisible en una especie rara y escasa, en un ser vivo. Entre estas especies, encuentro elevándose con sus tallos floridos numerosos Anthericum baeticum.
El sendero prosigue ahora por un rellano que permite que prosperen elegantes pinos laricios (Pinus nigra) y matorral de salvia fina (Salvia lavandulifolia subsp. vellerea) cuyos ejemplares situados un poco más abajo ya están en flor. Con sus ramas floridas, salidas desde una densa mata de hojas linear lanceoladas de un blanco aterciopelado. Y guillomos, también hay guillomos (Amelanchier ovalis), dispersos aquí y allá y de buen porte, más de tres metros, totalmente floridos.

 Buscamos el sol y sombra del bosquecillo que prospera al pie de los tajos del Salto del Caballo, a 1.650 m. Siguiendo la senda por el Puerto Lobera, accedemos al inmenso lapiaz que nos llevará a la cumbre. Pero hoy nos quedaremos junto a estos paredones rocosos, comiendo bocadillos de queso o de atún y buscando flores. Alicia radiante, mi florecilla montañera, con cinco años y medio, asombra a otros caminantes que nos cruzamos en estas alturas. El postre será un puñado de rarezas botánicas, este es su reino. Los tejos, relictos (Taxus baccata) que viven en esta umbría, con su intenso verde. Y más plantas de las rocas, como la Linaria amoi, de discretos tallos reptantes que terminan en un ramillete de flores rojo púrpura y garganta amarilla, es un endemismo de este macizo montañoso. No lejos brota la Armeria filicaulis subsp. filicaulis, cuyas espiquillas floridas dan reflejos rosados y brácteas manchadas de rojo óxido.

Ya nos vamos, cuando por fin localizamos una colonia de tirañuelas (Pinguicula dertosensis) en un paño de pared rezumante. Cerca de un centenar de ejemplares calculo, algunos de ellos floridos, con sus florecillas, como un dragoncillo blanquiazul y largo espolón. Y sus extrañas hojas viscosas de un verde claro, que debe funcionar para atraer y atrapar a pequeños insectos que les servirán de complemento alimenticio.
Con la alegría del encuentro con las flores serranas, del asombro de este diminuto mundo en un enorme mundo rocoso, ponemos camino a casa, a sabiendas que la caminata proporcionará felicidad para unos días más. Y si algo es sagrado, todo esto debe ser sagrado.

Otras especies entro los 1.500 y 1.650 metros de altitud:

-Acer opalus subsp. granatense          -Centaurea triumfetti subsp. lingulata
-Cystopteris fragilis subsp fragilis        -Daphne laureola
-Erinacea anthyllis                             -Iberis carnosa subsp. granatensis
-Juniperus communis                         -Jurinea humilis
-Linaria tristis subsp. tristis                 -Polygonatum odoratum
-Pteridium aquilinum                          - Sorbus aria
-Vella spinosa                                   -Viola riviniana




viernes, 25 de abril de 2014

Las hadas de las flores

Se dude de lo que se dude, de lo que nunca se duda es de los duendes, pues, como decía el hombre del indio mohawk en el brazo, “son lógicos”. W.B. Yeats



(22 de marzo) En la enramada, en la espesura, lo mejor es sentarse a escuchar. Así, el visitante descubre a los habitantes del lugar. Uno que es ajeno a este rincón, lo menos que debe hacer es ir con respeto. El bosque me rodea y el suelo está mullido, solo queda esperar que las hadas aparezcan por encanto de la niebla que sube. Antes, descubro a otros seres mágicos que más o menos se dejan ver, como una piara de cabras enriscadas. Primero escuché una piedra caer, pequeña. Luego algo que partía alguna rama seca. Finalmente ellas, tranquilas, lejanas, ausentes de todo lo demás, concentradas en su búsqueda de hierbas en los tajos. He escuchado, otro duende, un petirrojo y otro pajarillo aun más melodioso, o pueda que sea él, con otro registro. No lo sé. Chispea,  el aire es espeso, cargado de tierra. 
La fina llovizna se agrupa en gotas más gruesas que resbalan por las agujas de los pinos carrascos de la sierra de Rute, caen y hacen sonar las hojas del cuaderno. Así, casi olvidadas, aparecen en la ladera las hadas, primero una, hermosa, cargada de grandes flores, la mayor de las orquídeas ibéricas, la Barlia robertiana, y junto a ella otras hermanas.
(19 de abril) Me saluda un día gris y frío. Más gris y frío aun, después de una semana algo calurosa para abril. Diminutas gotitas golpean mi cara proyectadas por el viento. A mis pies las calizas de Zuheros.
 Las nubes son las grandes transformadoras del paisaje y hoy vengo a buscar hadas. De las entrañas de los lirios de invierno, brota ahora una glauca cápsula dividida en tres gajos, en los que la planta cocina pacientemente las rojas semillas. Desciendo por el arroyo de la fuente de ‘la zarzaílla’, cuando se encajona, comienzan a aparecer arces (Acer monspessulanum). De repente, discreta, pero lujuriosa, vestida de púrpuras sus flores, aparecen un par de orquídeas de dama, Orchis purpurea.
Como todas las orquídeas, son hadas seductoras de abejas y botánicos, con sus extraños olores a animal, sus hojas brillantes y suculentas y sus flores hechizadoras. En el profundo bosque de encinas, oscuro en este día gris, destaca vestida de hada blanca, una Cephalanthera longifolia. Es el tiempo el que me ha puesto aquí, escribir es la mitad de la excursión y la verdadera historia.

jueves, 10 de abril de 2014

‘El camino al lago desierto’, de Franz Kain

Llega mayo de 1945, y el austriaco Ernst Kaltenbrunner, dirigente nazi, ante el fin de la guerra, prefiere perderse en las alturas alpinas de su tierra. “Mientras llegaba ese momento, capearía el temporal replegándose a lo hondo de las Montañas Muertas, a los fríos lagos desiertos de los confines del mundo”. Es un hecho histórico, y sobre él, Franz Kain, un escritor austriaco, de izquierdas y marginado literariamente, construye un relato magnífico, de apenas 70 páginas. ‘El camino al lago desierto’, de Franz Kain, completado con un estudio y un glosario, y editado por Periférica.
La montaña, poderosa, por encima del hombre, impresiona a poetas, naturalistas, románticos, montañeros, artistas. Pero todos estos, pueden ser practicantes de abyectas ideologías. Aquí es donde Kain me ha fascinado con su densa literatura, con el simbolismo que desprende su relato. Dibuja un montañero, Kaltenbrunner, que pertenece a una asociación alpina, que contiene la supremacía aria y el antisemitismo en sus estatutos, que mientras sube desprecia al cazador que lo guía, y sobre todo a los dos paisanos que llevan la carga necesaria para pasar un par de semanas en un refugio, junto al lago desierto, Wildensee o Ödensee, en las Montañas Muertas, las Totes Gebirge.

Tras una dura jornada, llegan al atardecer a la cabaña “sumergida ladinamente en la honda nieve”. Los ayudantes llegan exhaustos, son unos ignorantes de la alta montaña. Kaltenbrunner piensa en sus coartadas, como abogado que es, “mañana mismo comenzaré a elaborar mi defensa, no vayan a cogerme desprevenido”, piensa el nazi, que una vez incluso dio de beber a un excursionista judío, pero que también ha participado en los nuevos métodos de ejecución en los campos de concentración.
Mezquindades que mezcla con sublimes descripciones botánicas. Como el pasaje sobre las prímulas: “Primula aurícula, la áurea y de áurea resonancia, con su aroma cargado”. O el dedicado a los árboles de las alturas: “El cembro, empero, parece vivir del viento y el rocío, y no tiene por debajo nada más que la roca, y por encima, el cielo tempestuoso”. La gran lección de la montaña, siempre indiferente a nuestras miserias y escasas grandezas. Tan atractiva para los fascismos y nacionalismos, que ven en las proezas alpinas el reflejo de sus ideales. La montaña como símbolo para el ser humano, y la literatura de Franz Kain para mostrarnos esas verdades.

En la carrera por los 14 Ochomiles, junto a Edurne Pasabán, se encontraba la austriaca Gerlinde Kaltenbrunner, que ha realizado una admirable carrera himalayista. En abril de 2012  la revista Nacional Geographic relata en un artículo su ascensión al K2, el 23 de agosto de 2011. Seguramente habrá muchos Kaltenbrunner en Austria que amen la montaña, son pasiones, y eso no tiene nada que ver con otras cosas más importantes.

jueves, 20 de marzo de 2014

Del final del invierno


El Sol gana cada día algunos minutos, y se alargan las horas de luz. Los árboles se desperezan ante la llegada de la primavera. Después de un invierno que este año ha tenido pocas heladas, que recuerde tres, cuatro días de escarcha. Pero sí que toda la lluvia ha caído entre enero y febrero, al día de hoy hasta los 500 litros de agua por metro cuadrado.
Los árboles de la vía verde se han mostrado bellos en su digna desnudez. Un letargo que los muestra en su intrincada estructura, formas únicas en cada especie, como nos recuerda el botánico francés Francis Hallé. Del viento, del frío y de la falta de luz se defienden deshojándose, para así, con el menor gasto vital, afrontar estoicamente la hibernada.

Qué bella la melia junto a la casa del tren, pasado el puente de Hierro hacia Cabra, o justo antes del puente, el almendro del que ya se desprendieron ramas principales. O la magnífica higuera, una de las más grandes de la vía verde de la Subbética, que crece junto al cortijo en el cruce con la carretera de las Erillas. En este punto también hay una hermosa morera. Dejando pasar entre sus ramas, la visión de ciclistas y senderistas, quizás demasiado dedicados a su esfuerzo y ajenos a las magníficas existencias de los árboles y las nubes. Desde hace semanas a este final del invierno.  

martes, 4 de marzo de 2014

Imprescindibles días desapacibles

Llueve sobre el cañón del río Bailón. Y estoy en la cueva del Fraile, hasta aquí he venido bajo las rachas de lluvia, a guarecerme en este abrigo calcáreo, presidido por un tosco busto rocoso, que recuerda a un religioso guardando la cueva. Ni se inmuta en este frío domingo de febrero, cuando han pasado tres. Frente a la cueva, en la otra orilla, dos senderistas con todo empapado y los paraguas cerrados por culpa del fuerte viento. Decididos, en retirada. Antes, empapado también, un corredor por el sendero junto al río. Todos hacia Zuheros.
Escucho, refugiado de las cortinas de lluvia, en este apetecible día desapacible. Una lluvia fría que enardecerá en la memoria un día sofocante. Esta realidad que aumentará de belleza con el recuerdo. Chaparrón tras chaparrón, la mañana da paso a la tarde, bajo este techo de roca. No sé que pájaro  trina, pero llega hasta mí, atravesando el estruendo del torrente crecido del Bailón. Del siseo del viento, a través de las hojas plateadas de los olivos, y que me hiela la nariz, y las puntas de los dedos. La lluvia, mecida como olas, me recomienda permanecer quieto. Los elementos están bravos y envalentonados, un paisaje imprescindible para la evocación. Creo que trinaba un pinzón.

Sigue lloviendo, y el día más que a trozos, se cae a cántaros. Las guirnaldas de lluvia siguen a favor de la corriente del río, y yo también. Dejaré en paz al cernícalo que antes vino buscando refugio y tuvo que irse por mi presencia. Aguanto el paraguas con las dos manos. (9-2-2014)

viernes, 14 de febrero de 2014

Las erebias, mariposas de los altos valles del Sobrarbe


 Los altos valles del Sobrarbe, desde el de Chistau al fronterizo de Pinarra, junto a la boca del túnel Bielsa-Aragnuet, son una delicia para las erebias, esas mariposas montañeras de color marrón oscuro, discretamente oceladas, con brillos azabaches y sobre todo verde oscuros misterioso. En agosto revolotean en busca de flores en estas laderas herbosas, donde el bosque ya se ha quedando abajo. Van en busca de flores, que prosperan junto a los torrentes de montaña o las que crecen en los senderos, como las escabiosas, sobre las que las he fotografiado en muchas ocasiones. También aquí tienen, las gramíneas donde pastan sus orugas, normalmente de noche, refugiándose de día en las mismas festucas, nardus o agrostis de las que se alimentan, poniéndose a resguardo de las bandadas de acentores alpinos o de las chovas piquigualdas.
Caminando por estos senderos, levantaban el vuelo a mi paso y se exponen a mi observación. Intento memorizar algunas de sus características, pero es imposible luego, frente a las guías de campo, dar con la ilustración correcta. Y ha sido la fotografía digital, la que me ha permitido disfrutarlas a posteriori, y atreverme con su identificación, no siempre fácil por la riqueza de sus variaciones y cruces.
 Ya en 2007, con una modesta Pentax, conseguí las primeras imágenes para el recuerdo y el estudio. Fue en el descenso del poco frecuentado ibón del Trigoniero; venteaba en la empinada ladera, bajo oscuras nieblas, sin apenas senda, cuando refugiada en el suelo, entre macollas de festuca, pude fotografiar una aterida Montañesa o erebia de montaña (Erebia epiphron) que no he vuelto a ver en las siguientes excursiones.

Al año siguiente, con una mejor máquina fotográfica, de esas de súper zoom y que enfocan a pocos centímetros, conseguí nuevas erebias. Justo en un valle inferior, el de la Barrosa, un valle de flores y mariposas,  magnífico con el morro del Robiñera, de 3.005 metros, imponiéndose al final. En la senda, extendida como una adoradora del sol, una Erebia hispania. En este mismo valle, pero en 2011, en una roca, repleta de líquenes, como una cartografía fantástica, engarzada como una joya, se exponía una Erebia cassioides, absorbiendo el calor de la roca. Cuántas especies, de estos discretos lepidópteros, como si cada montaña quisiera una especie para sí. Y en realidad, esto ocurre, porque cada gran cadena montañosa cuenta con la suya propia. En 2010, vuelvo a Pinarra, su fantástica cascada despeñándose al lado del túnel que nos lleva al francés valle del Aure, es una invitación, a recorrerlo, lo hice hasta el puerto de la Forqueta. Todo el rato volaban y planeaban Erebia cassioides, con sus soberbias alas desprendiendo irisados brillos o Erebia pronoe haciendo equilibrios sobre las flores. Qué fantástica y tranquila subida hasta el puerto, a más de 2.500 metros de altitud y festoneado por los últimos neveros del año. En este febrero, en que las escribo, sé que en forma de orugas, quietas, en completa oscuridad, hibernan las montañesas de estos valles, bajo un el espesor de la nieve.

En punta Lierga, en la pista que lleva al collado de Santa Isabel, entre el frondoso bosque de pino royo y los formidables paredones calizos, que terminarán más al oeste en el Cotiella, pasé un buen rato observando otra montañesa, vecina alada del pueblo de Saravillo, Erebia meolans, con mucho interés en como efectuaba su delicado posado sobre las flores, pero también atento a conseguir una toma de la cara inferior de sus alas, algo fundamental para identificar este género de mariposas, tan discretas por arriba como por abajo. En el descenso de punta Lierga, sobre la caliza, pude de lejos, captar una Erebia hispania. Esto fue en 2012.

En 2013, vuelvo a Pinarra, para encontrarme con las Erebia cassioides de años anteriores, y en la retirada, por la proximidad de una tormenta, una Erebia pronoe, refugiada entre las hojas de un franbueso, me avisaba del chaparrón. Las nubes oscuras y los truenos sobre nuestras cabezas nos invitaron a abandonar estas alturas pirenaicas, donde volveré, no para entender las erebias, sino para sentirlas. Para eso las escribo, y eso: que también las sientan, los que esto leen. 

miércoles, 22 de enero de 2014

Júpiter estos días de enero


Es mirando hacia arriba una noche clara, cuando encuentro una naturaleza pura, estampada de estrellas. Tan lejanas de la mano del hombre, que quizás por eso brillen. Porque al frente, aquí abajo, todo esta mancillado por carreteras, extensos cultivos, cuando no por las ciudades y sus luces que incluso contaminan la visión del cosmos. El trastero de mi casa mira a las afueras del pueblo, hacia el oeste y su ventana coincide estos días con la trayectoria de Júpiter.
Así que estas noches miro su potente luz en el firmamento de mi ventana, donde coloco un pequeño telescopio de 33 aumentos, suficiente para contemplar el pequeño disco brillante del mayor planeta del sistema solar, y sus cuatro principales lunas. Con el paso de los días estas lunas cambian de posición, pero no me atrevo a señalar cuáles son; aunque se puedan mostrar evidentes, desde la más cercana al planeta, Ío, seguida de Europa, Ganímedes, y la más lejana Calisto.

Un punto luminoso en mitad de la noche, tan desmesurado que podría contener 1.300 Tierras. Júpiter es una inmensa bola gaseosa, donde su famosa mancha roja, es una horrible tormenta que lleva actuando siglos, y que ruge como 100.000 huracanes Katrina, aquel que devastó Nueva Orleáns. Hoy, 21 de enero, está nublado, afuera hace frío, cierro la puerta del trastero y me voy a la ducha.

martes, 7 de enero de 2014

La paciencia de los sapos

Primero un sapo hundido, camuflado entre las hojas del fondo del estanque. Hojas podridas, con solo los nervios, hojas grandes de higuera. Luego media docena de sapos hundidos, listos para aparearse. Ahora escribiendo con las manos heladas, entre el viento que arremete contra los arbustos bajos y apretados de aulagas, torviscos y romeros.
Buitres jugando con las rachas ventosas y huyendo los colirrojos tizones, que antes de desaparecer, hacen una reverencia, bajando su pecho y elevando su nerviosa cola, al vendaval que se avecina. Como pintadas al carboncillo, las nubes oscuras pasan rápidas, sin rozar las crestas calizas de este sitio solitario.
Las nubes cada vez más oscuras, y yo más optimista, después del queso y las naranjas. Así que voy a esperar la lluvia, con la paciencia de los sapos. Pero me voy y no llueve, aunque todo se ha curvado ante la fuerza del aire. La bajada de la cascada del Jardín del Moro hace que tiemblen las piernas, agitado y borracho de viento. Vuelvo a pasar por el estanque y los sapos esperan la noche y el amor.

Conocí las estrellas, las flores y los pájaros, los invernales lados grises de las cañadas, y hablando con los montes, las marismas y los esteros, recordé solo a medias las humanas palabras.’ John M. Synge