jueves, 10 de abril de 2014

‘El camino al lago desierto’, de Franz Kain

Llega mayo de 1945, y el austriaco Ernst Kaltenbrunner, dirigente nazi, ante el fin de la guerra, prefiere perderse en las alturas alpinas de su tierra. “Mientras llegaba ese momento, capearía el temporal replegándose a lo hondo de las Montañas Muertas, a los fríos lagos desiertos de los confines del mundo”. Es un hecho histórico, y sobre él, Franz Kain, un escritor austriaco, de izquierdas y marginado literariamente, construye un relato magnífico, de apenas 70 páginas. ‘El camino al lago desierto’, de Franz Kain, completado con un estudio y un glosario, y editado por Periférica.
La montaña, poderosa, por encima del hombre, impresiona a poetas, naturalistas, románticos, montañeros, artistas. Pero todos estos, pueden ser practicantes de abyectas ideologías. Aquí es donde Kain me ha fascinado con su densa literatura, con el simbolismo que desprende su relato. Dibuja un montañero, Kaltenbrunner, que pertenece a una asociación alpina, que contiene la supremacía aria y el antisemitismo en sus estatutos, que mientras sube desprecia al cazador que lo guía, y sobre todo a los dos paisanos que llevan la carga necesaria para pasar un par de semanas en un refugio, junto al lago desierto, Wildensee o Ödensee, en las Montañas Muertas, las Totes Gebirge.

Tras una dura jornada, llegan al atardecer a la cabaña “sumergida ladinamente en la honda nieve”. Los ayudantes llegan exhaustos, son unos ignorantes de la alta montaña. Kaltenbrunner piensa en sus coartadas, como abogado que es, “mañana mismo comenzaré a elaborar mi defensa, no vayan a cogerme desprevenido”, piensa el nazi, que una vez incluso dio de beber a un excursionista judío, pero que también ha participado en los nuevos métodos de ejecución en los campos de concentración.
Mezquindades que mezcla con sublimes descripciones botánicas. Como el pasaje sobre las prímulas: “Primula aurícula, la áurea y de áurea resonancia, con su aroma cargado”. O el dedicado a los árboles de las alturas: “El cembro, empero, parece vivir del viento y el rocío, y no tiene por debajo nada más que la roca, y por encima, el cielo tempestuoso”. La gran lección de la montaña, siempre indiferente a nuestras miserias y escasas grandezas. Tan atractiva para los fascismos y nacionalismos, que ven en las proezas alpinas el reflejo de sus ideales. La montaña como símbolo para el ser humano, y la literatura de Franz Kain para mostrarnos esas verdades.

En la carrera por los 14 Ochomiles, junto a Edurne Pasabán, se encontraba la austriaca Gerlinde Kaltenbrunner, que ha realizado una admirable carrera himalayista. En abril de 2012  la revista Nacional Geographic relata en un artículo su ascensión al K2, el 23 de agosto de 2011. Seguramente habrá muchos Kaltenbrunner en Austria que amen la montaña, son pasiones, y eso no tiene nada que ver con otras cosas más importantes.

1 comentario:

  1. La introducción me ha gustado, seguramente te lo pediré para leerlo.

    ResponderEliminar