viernes, 25 de abril de 2014

Las hadas de las flores

Se dude de lo que se dude, de lo que nunca se duda es de los duendes, pues, como decía el hombre del indio mohawk en el brazo, “son lógicos”. W.B. Yeats



(22 de marzo) En la enramada, en la espesura, lo mejor es sentarse a escuchar. Así, el visitante descubre a los habitantes del lugar. Uno que es ajeno a este rincón, lo menos que debe hacer es ir con respeto. El bosque me rodea y el suelo está mullido, solo queda esperar que las hadas aparezcan por encanto de la niebla que sube. Antes, descubro a otros seres mágicos que más o menos se dejan ver, como una piara de cabras enriscadas. Primero escuché una piedra caer, pequeña. Luego algo que partía alguna rama seca. Finalmente ellas, tranquilas, lejanas, ausentes de todo lo demás, concentradas en su búsqueda de hierbas en los tajos. He escuchado, otro duende, un petirrojo y otro pajarillo aun más melodioso, o pueda que sea él, con otro registro. No lo sé. Chispea,  el aire es espeso, cargado de tierra. 
La fina llovizna se agrupa en gotas más gruesas que resbalan por las agujas de los pinos carrascos de la sierra de Rute, caen y hacen sonar las hojas del cuaderno. Así, casi olvidadas, aparecen en la ladera las hadas, primero una, hermosa, cargada de grandes flores, la mayor de las orquídeas ibéricas, la Barlia robertiana, y junto a ella otras hermanas.
(19 de abril) Me saluda un día gris y frío. Más gris y frío aun, después de una semana algo calurosa para abril. Diminutas gotitas golpean mi cara proyectadas por el viento. A mis pies las calizas de Zuheros.
 Las nubes son las grandes transformadoras del paisaje y hoy vengo a buscar hadas. De las entrañas de los lirios de invierno, brota ahora una glauca cápsula dividida en tres gajos, en los que la planta cocina pacientemente las rojas semillas. Desciendo por el arroyo de la fuente de ‘la zarzaílla’, cuando se encajona, comienzan a aparecer arces (Acer monspessulanum). De repente, discreta, pero lujuriosa, vestida de púrpuras sus flores, aparecen un par de orquídeas de dama, Orchis purpurea.
Como todas las orquídeas, son hadas seductoras de abejas y botánicos, con sus extraños olores a animal, sus hojas brillantes y suculentas y sus flores hechizadoras. En el profundo bosque de encinas, oscuro en este día gris, destaca vestida de hada blanca, una Cephalanthera longifolia. Es el tiempo el que me ha puesto aquí, escribir es la mitad de la excursión y la verdadera historia.

jueves, 10 de abril de 2014

‘El camino al lago desierto’, de Franz Kain

Llega mayo de 1945, y el austriaco Ernst Kaltenbrunner, dirigente nazi, ante el fin de la guerra, prefiere perderse en las alturas alpinas de su tierra. “Mientras llegaba ese momento, capearía el temporal replegándose a lo hondo de las Montañas Muertas, a los fríos lagos desiertos de los confines del mundo”. Es un hecho histórico, y sobre él, Franz Kain, un escritor austriaco, de izquierdas y marginado literariamente, construye un relato magnífico, de apenas 70 páginas. ‘El camino al lago desierto’, de Franz Kain, completado con un estudio y un glosario, y editado por Periférica.
La montaña, poderosa, por encima del hombre, impresiona a poetas, naturalistas, románticos, montañeros, artistas. Pero todos estos, pueden ser practicantes de abyectas ideologías. Aquí es donde Kain me ha fascinado con su densa literatura, con el simbolismo que desprende su relato. Dibuja un montañero, Kaltenbrunner, que pertenece a una asociación alpina, que contiene la supremacía aria y el antisemitismo en sus estatutos, que mientras sube desprecia al cazador que lo guía, y sobre todo a los dos paisanos que llevan la carga necesaria para pasar un par de semanas en un refugio, junto al lago desierto, Wildensee o Ödensee, en las Montañas Muertas, las Totes Gebirge.

Tras una dura jornada, llegan al atardecer a la cabaña “sumergida ladinamente en la honda nieve”. Los ayudantes llegan exhaustos, son unos ignorantes de la alta montaña. Kaltenbrunner piensa en sus coartadas, como abogado que es, “mañana mismo comenzaré a elaborar mi defensa, no vayan a cogerme desprevenido”, piensa el nazi, que una vez incluso dio de beber a un excursionista judío, pero que también ha participado en los nuevos métodos de ejecución en los campos de concentración.
Mezquindades que mezcla con sublimes descripciones botánicas. Como el pasaje sobre las prímulas: “Primula aurícula, la áurea y de áurea resonancia, con su aroma cargado”. O el dedicado a los árboles de las alturas: “El cembro, empero, parece vivir del viento y el rocío, y no tiene por debajo nada más que la roca, y por encima, el cielo tempestuoso”. La gran lección de la montaña, siempre indiferente a nuestras miserias y escasas grandezas. Tan atractiva para los fascismos y nacionalismos, que ven en las proezas alpinas el reflejo de sus ideales. La montaña como símbolo para el ser humano, y la literatura de Franz Kain para mostrarnos esas verdades.

En la carrera por los 14 Ochomiles, junto a Edurne Pasabán, se encontraba la austriaca Gerlinde Kaltenbrunner, que ha realizado una admirable carrera himalayista. En abril de 2012  la revista Nacional Geographic relata en un artículo su ascensión al K2, el 23 de agosto de 2011. Seguramente habrá muchos Kaltenbrunner en Austria que amen la montaña, son pasiones, y eso no tiene nada que ver con otras cosas más importantes.