lunes, 23 de abril de 2012

El aleteo de Punta Llerga


Son tan vistosas, que pueden morir de belleza, zampadas por una ágil collalba gris, por ejemplo. Las mariposas poseen sus mecanismos de defensa  (además volar de forma zigzagueante, su mimetismo o incluso la amenaza de no ser apetecibles o incluso simular con sus ocelos un animal mayor de lo que son). Pero frente a la discreción de su etapa como orugas, las mariposas son llamativos animales, como si hubieran decidido cantar fuerte y alto ante la lujuria de la existencia.
La subida a Punta Llerga (2.269 m.), en el macizo del Cotiella (Pirineos), es un recreo para la vista del montañero. Tanto para la mirada lanzada al infinito de sus cumbres como la que se detiene al paso de sus botas, donde se cruza con innumerables mariposas que alzan el vuelo para posarse un poco más adelante. La cima bien puede esperar, y dedicar un rato a contemplar el nervioso aleteo de las mariposas también nos ayudará a comprender la majestad de los picos. La cálida temperatura de la mañana de agosto evapora el perfume de las flores, que ofrecen su néctar a estas especialistas libadoras. Me detengo, y fotografío con tiento para que no alcen el vuelo. Ahora, meses después de la excursión, me recreo en las guías naturalistas determinando el nombre de las especies que vi en la excursión.
 La grande y abundante nacarada (Argynnis paphia ♂). Luego están las erebias, casi cada montaña tiene la suya, encuentro la erebia de Prunner (Erebia meolans ♀) y más arriba, posada en las calientes calizas la erebia metálica española (Erebia hispania). La común saltacercas (Lasiommata megra) y las pequeñas niña catalana (Polyommatus hispanus ♂) y manto de púrpura (Lycaena alciphron). Entrados en la tarde, con las flores menos jugosas, fotografío la discreta dorada manchas blancas (Hesperia comma).
 Me viene el recuerdo del cuento de Virginia Wolf titulado Felicidad, donde escribe de Stuart Elton, que al agacharse se le caía un pétalo, porque sentía estar formado por muchos y tibios pétalos encarnados. Aquel ocho de agosto hacia Punta Llerga, al agacharme salía volando una mariposa. Había alas saludando por todas partes, incluida la collalba gris y arriba del todo un magnífico alimoche. Me tuve que agarrar el vértice geodésico de la cima, porque creí levantar el vuelo.

lunes, 16 de abril de 2012

‘El reloj de Mr. Darwin’, de Juan Luis Arsuaga

“Creo que una hoja de hierba no es menos que la trayectoria de las estrellas” (Walt Whitman)




Charles Darwin es uno de los científicos universales, que marcado un paso fundamental en el avance de la ciencia. La formidable idea de que pequeños cambios en los organismos vivos, que favorecen su supervivencia, sumados a lo largo de generaciones y a lo largo de milenios, producen grandes cambios, originando nuevas especies.


La selección natural actúa sobre estos cambios, escogiendo como hace el ganadero o el hortelano aquellos animales o vegetales más aptos. En resumidas cuentas, esta es la evolución, una idea genial sobre el gran mecanismo de la vida. “La selección natural hace inevitable la evolución de las especies”, escribe Arsuaga en su gozoso libro ‘El reloj de Mr. Darwin’. Este conocido paleontólogo explica la evolución de las especies, y la figura del gran naturalista, apoyándose en sus libros, con largos párrafos textuales y abordando los últimos conocimientos sobre la evolución. Como las aportaciones de Eldredge y Gould, sobre la aparición de nuevas especies en un periodo más corto de tiempo y en poblaciones aisladas.


‘El reloj de Mr. Darwin’, es un homenaje de un científico que se declara ¡Darwinista! Está lleno de sugerencias espléndidas: “Se ha podido ver que los pueblos que han mantenido hasta muy recientemente un estilo de vida basado en la caza y la recolección, o en todo caso, no muy occidentalizado, tenían menos sobrepeso, menos diabetes, menos colesterol en sangre y una presión más baja”, porque nuestro organismo pertenece a ese estilo de vida. Y también de crudas realidades: “La idea de la lucha por la vida cambia por completo nuestra querida visión de la naturaleza como un lugar paradisíaco de criaturas felices y lo convierten en un infierno de seres con «garras y picos ensangrentados»”. O incógnitas aún por resolver, como el momento exacto de la aparición de una especie nueva, el instante que ya no puede cruzarse y tener descendencia fértil con otra. Y lecciones de humildad, donde los humanos no ocupan un lugar central en la evolución, ni están un peldaño por delante de otros primates. Solo compartimos con el resto de seres este momento de la existencia, donde tantas especies son tan exitosas como nosotros.
Tras el fundamental viaje por el mundo, embarcado en el Beagle, en especial por el continente sudamericano; y después de años analizando la ingente cantidad de datos que originó ese fecundo viaje, Darwin publicó en 1859 ‘El origen de las especies’, la obra esencial sobre la historia de la vida. Una obra que va más allá de su aportación científica, quien la lea estará leyendo un libro fundamental también para la filosofía y yo diría que para la poesía, porque explica cómo han sido creadas tantas maravillas.

viernes, 6 de abril de 2012

El sentido de Punta Llerga

Hoy llueve, y es como algo mágico que en nuestras vidas apenas si se ofreciera unas cuantas veces. Llueve sobre una primavera que no ha despertado, que le costara arrancar su sinfonía vigorosa. Las cunetas y baldíos, donde se refugian nuestras flores, están apagados esta temporada por la falta de lluvia y el recuerdo se proyecta hacía otros verdes.


El macizo calcáreo del Cotiella, que roza los tres mil metros de altitud, se encuentra en el Pirineo aragonés, es un lugar seco para la cordillera, y exuberante para el que desde el sur sube en agosto a esas montañas. Hay una pista que parte del pueblo de Saravillo, que llega, en unos 11 kilómetros al refugio Labasar y que a mitad de camino se bifurca a la derecha en otra pista que sube al refugio Santa Isabel, desde aquí, por senda no siempre clara se llega a Punta Llerga.


La mañana que subo, el 8 de agosto de 2011, dejo el coche al poco de pasar Saravillo (a 990 m.). Primero disfruto de los pastizales que se abren entre el bosque de pino royo (Pinus sylvestris), pinar que se hace más denso conforme ganamos altura. A unos 1.300 metros a la derecha sale el ramal de la pista que nos lleva al refugio de Santa Isabel (1.542 m.). Es desde aquí cuando a estas alturas me maravilla la flora y también el panorama.


La senda, entre un crecido piornal, se dirige dirección oeste hacia el farallón de El Cantón, pendida de la pared caliza hay una mata de Bupleurum angolosum, descubro un tilo (Tila platyphyllos) con sus frutos, más adelante, en los canchales de la canal Litera descubro la enorme campanilla Campanula speciosa y un extraordinario jopo, Orobanche haenseleri. ¡Entre el pedregal estas mágníficas flores, que no había visto nunca! Ya merecía el esfuerzo de estar allí. Asciendo entre algunos pinos negros y bojes y lapiaz, con hitos aquí y allá, hasta alcanzar una pleta o nava, en cuyo centro está la charca El Basón (2.124), que encuentro seca, en sus bordes fotografío el minúsculo arbusto Daphne cneorum, Erigeron alpinus y Gentianella campestris. Ya es todo pasto y ondulaciones hasta llegar, en dirección oeste, y en unos treinta minutos, al vértice geodésico de Punta Llerga, a 2.269 m.

Entre la apretada yerba, Galium pyrenaicum, Hieracium pilosilla, Merendera montana, Campanula scheuchzeri, Crepis albida y las apreciadas forrajeras Coronilla minima subsp. minima, Trifolium repens y Ononis cristata. Descanso, como queso, aprecio el paisaje, en la vertical está el congosto de las Devotas y el embalse de Laspuña, al este el pico del Cotiella. Y desciendo contento y convencido de que la vida plena no solo es la humana y el resto meros seres para estudiar. Hay una fuerza y sentido básico en todas estas plantas, es la vida la que sencillamente medra a estas alturas.