martes, 7 de diciembre de 2010

Un cíclope sobre mi cabeza

Estaba oscureciendo, absorto cavando en la tierra durante mucho rato. En un pequeño terreno, en el que estaba enterrando una tubería de agua. No me había dado cuenta del caos que se había formado encima mía. Cuando miré al cielo fue como mirar un cíclope. Se habían formado unas nubes amenazantes. Un tumulto de formas propiciado por complejos fenómenos atmosféricos. Cúmulos cerrados pasaban sobre mi cabeza anunciando el poder de las grandes masas de vapor, capaces de descargar litros y litros de lluvia, o mostrar las tensiones del cielo con los relámpagos y los truenos. Por un momento creí volar sobre un océano embravecido.


Pequeñas cortinas de agua atravesaban el horizonte. Me comenzaron a mojar también a mí, que ya estaba haciendo algunas fotografías, sentado en los bancos que tengo a la intemperie. He vivido otros momentos electrizantes, este era un momento de espera, de presagio. Como si un ejército se estuviera posicionando en el campo de batalla, en silencio, con disciplina, cubriéndolo todo de un gris cada vez más oscuro. Formaciones y formaciones de cúmulos habían convertido el atardecer del domingo 5 de diciembre en un espectáculo grandioso.

Ya en casa, durante toda la noche escuché el azote de la lluvia y el viento en el tejado y en las ventanas. Y ya cuando amanecía, lejanos y larguísimos truenos, con ese sonido sordo que el estallido del rayo provoca en los vastos campos atmosféricos, densos, espesos.