lunes, 7 de diciembre de 2015

Paisaje alechigado

Navazuelo con algunas cornicabras otoñales.
Tiene el mediterráneo, que cuando se suceden varios días grises, nieblas y frío, y llega un día tibio y soleado se agradece y procura una felicidad que se repite cada invierno. Es una felicidad invernal. Pero estos días es justo lo contrario. Muchos días de sol, rasos y templados. Entonces, uno desea un día de mal tiempo. Y uno se preocupa porque la sequía lo para todo y lo apaga y uniformiza y termina por afear el paisaje, de olivos alechigados.
Hojas de albaricoquero.
Nada se mueve, ni siquiera se caen las hojas, que disfrutan en sus ramas de la templanza de este otoño extremadamente seco. Las hojas aun están puestas, en un buen número todavía, en los árboles. No hay pájaros esta mañana, y sí muchos disparos de cazadores. Estruendos de dos en dos, que llegan apagados, como tablones mojados que se dejan caer a cierta distancia.
El mundo no existe, pero sí todo lo demás. Observamos hechos y entes sueltos, ahí fuera y otros que habitan por dentro como “duendes o brujas”. Es una excitante propuesta defendida por el filósofo Markus Gabriel. Y busco entonces, dentro, porque fuera el paisaje es hoy un despoblado lleno de ruido. Y entonces me encuentro con las hojas amarillas y rojas, del granado y el albaricoquero. La filosofía es una rama estimulante del paisaje.

Por el olivar en pendiente rueda una piedra. Y, conforme baja deprisa, chocando con otras, van saliendo de las ramas pajarillos. Hace un momento estaba en el camino, justo en la punta de mi bota. Ahora ha llegado al arroyo seco y de las zarzas ha volado un tordo.
Un chopo destaca con su amarillo en el Navazuelo

martes, 24 de noviembre de 2015

Tiempo de naranjas

Soleado, pero con frío si se levanta el viento que llega a la fuente de Las Jarcas.
-Petirrojo
-Tarabilla
-Mirlo
-Colirrojo tizón
Cuando llego a la fuente no hay nadie, y a los cinco minutos comienzo a ver pajarillos. Durante un rato se suceden las diferentes espacies. Me asombra ver a tres verdecillos bañarse en un charco. Ayer llovió un poco, después de 20 días sin caer ni gota. A pesar del color rojo de mi forro polar, las avecillas revolotean a mi alrededor.
-Verdecillo
-Jilguero
-Mito
-Carbonero
Luego llega alguien a llenar agua. Pasa un ciclista, y un coche. Los pájaros desaparecen y me pongo a leer una entrevista al escritor Ian McEwan: “Las religiones, los textos sagrados, no son buenas guías para el comportamiento moral”. “Una de las nociones más destructivas en la historia del pensamiento humano es la utopía”. Todo se queda tranquilo de nuevo, y levanto la vista para contemplar ahora en los lavaderos de la fuente como se asean hasta cuatro pardillos. Me da frío verlos.
-Pardillo
-Curruca capirotada
-Mosquitero

Antes de volver a casa en bici, termino la lectura. Sobre el placer de caminar McEwan dice: “Es una manera de estar exactamente donde estás, lleno de placer en el momento inmediato… A veces con mi mejor amigo de andar, subimos a una cordillera, con vistas impresionantes a ambos lados. Entonces, rodeados de belleza, abrimos una botella de vino”. Me termino una naranja y me voy.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Elogio del caminar, de David Le Breton

"Caminar es un modo de conocimiento", David Le Breton. Por las calles de Candelario.


 Los libros sobre el acto de caminar como la forma más natural de conocer y adentrarse en el mundo, son protagonistas en las secciones de ensayo de muchas editoriales. Siruela lo editó en 2001, y ahora que el auge de salir a andar no ha hecho más que aumentar, ha sacado una nueva edición. Lo ha hecho en un
formato muy atractivo, algo más pequeño que el típico libro de bolsillo, como si hubiera medido realmente el bolsillo de los pantalones, o de una mochila, para meter esta pequeña joya que es ‘Elogio del caminar’, de David Le Breton.
Y es en la mochila donde lo ha llevado o en la tienda de campaña donde he leído buena parte de él, durante las vacaciones de agosto. Y ahora que las temperaturas invitan a salir por las trochas de las sierras cercanas, vuelvo a releer lo subrayado: “El cuerpo es un resto sobrante contra el que choca la modernidad”. Y las piernas se burlan de esa modernidad, adentrándose por caminos solo hechos para ellas, pequeñas sendas que nos incomunican y nos conectan a la vez “corporalmente en la desnudez del mundo”.
Barrio judío de Hervás.
Y así en el valle de Ambroz y la sierra de Béjar, nos atrevimos con El Calvitero de 2.397 metros y Canchal de la Ceja, de 2.428 metros de altitud, avanzando por viejas veredas que siguen abiertas por el ganado que allí sube y los senderistas que exploran un paisaje que “es siempre una emoción antes que una mirada”. Y entre las piedras, los piornos (Cytisus oromediterraneus) raspan nuestras piernas, pero hemos llegado allí para confirmar a William Hazlitt: “Puedo disfrutar del trato con los demás en una habitación; pero al aire libre la naturaleza es compañía suficiente para mí”. Y como “ninguna exploración agota jamás un paisaje o un pueblo”, también los pueblos tranquilos del valle, y sus pequeñas tiendas de ultramarinos nos ofrecían barras de pan, queso y cervezas frías para seguir leyendo ‘Elogio del caminar’ en sus apetecibles piscinas naturales.
Y si no puede faltar una visita a Candelario o a Hervás, he preferido el paseo por Casas del Monte o Gargantilla o Aldeanueva del Camino y sus fábricas de pimentón. Poblaciones más modestas que las primeras, pero que ganan porque están menos transitadas por turistas y por pizarras de restaurantes anunciando comidas típicas. Son menos monumentales, pero “¿qué importa el resultado? Lo que cuenta es el camino recorrido. No se hace un viaje; el viaje nos hace y nos deshace, nos inventa”. 
Desde El Calvitero: El Torreón, abajo las lagunas de El Trampal y en el horizonte el macizo de Gredos.


sábado, 10 de octubre de 2015

Naturaleza entera en el lapiaz de Rute


Siento que si no me fijo en estas florecillas; en por qué están aquí estos arbustos con estas formas. Si no miro al suelo con atención de naturalista, no puedo elevar la mirada y contemplar el horizonte y las nubes que pasan. Me paro, después de una pequeña caminata, para pensar y observar, callado, expectante. Espero a que el paisaje hable. Que esta austeridad seca de piedra caliza, estos difíciles lapiaces crezcan conforme crezco con ellos.


Y de repente se posa sobre un tallo seco de gamón un pajarillo que al pronto no sé qué es. Gira su cabeza y el collarín blanco me despeja la duda: una tarabilla. Hay hojas verdes que se abren camino entre la sequedad. Las esparragueras blancas están hermosas con sus bayas rojas. No hay nada ni nadie que interrumpa la sucesión de afloramientos rocosos que me llevan hasta el horizonte, de más rocas elevadas hasta los picos de la Horconera. Se posa otro pájaro, una collalba negra… y de repente, se produce la paradoja del paisaje, que siendo solo un pequeño trozo de naturaleza; me habla de la naturaleza entera.
Fotografío en el lapiaz de Rute este 10 de octubre de 2015:

-Lactuca tenerrima (lechuga de los muros) en flor.
-Andryala ragusina (Ajonje) en flor.
-Crocus serotinus subsp. Salzmannii (azafrán silvestre) en flor.
-Colchicum lusitanum (cólquico) en flor.
-Juniperus oxycedrus (enebro).
-Rhamnus lycioides subsp. oleoides (espino negro).
-Rhamnus alaternus subsp. myrtifolia (carrasquilla).
-Olea europaea (acebuche) con frutos.
-Asparagus albus (esparraguera blanca) con bayas.
-Ranunculus bullatus (botón de oro) en flor.
-Cheilanthes acróstica (helecho de olor).
-Scilla autumnalis (jacinto de otoño) en flor.
-Cirsium echinatum (cardo).
-Daphne gnidium (torvisco) en flor.

sábado, 26 de septiembre de 2015

De la imagen de las cosas

Las fotos son de Miguel Padilla, hechas mientras atravesábamos estos hermosos paisajes de abetos y pinos negros.
8:49 Llovizna. Miguel acaba de volver del baño. Nos refugiamos en el avance de la tienda, donde había preparado el desayuno mientras oíamos las gotas caer. En algo más de una hora, bajábamos Miguel y yo por la carretera del túnel de Bielsa-Aragnouet, en la parte francesa, ante nieblas deshilachadas entre las ramas de los abetos y los pinos negros, les sapins et pins à crochets. Entre el verdor oscuro y húmedo del ambiente. En el fondo del valle, aparece la ermita templaria, está abierta. Dejamos el coche cerca y caminamos, en la mañana fresca de agosto, hasta este emblemático monumento. Modestas piedras ordenadas por la religión, en esta región de las nestes, de los arroyos de montaña.
Pequeño templo, entre un prado y un bosquete, armonizando con las faldas de la montaña. No soy una persona religiosa, pero sí poética; y la espiritualidad en los Pirineos aparece a cada momento, y ya he comentado que las nieblas y la llovizna nos envolvían. Los olores de la hierba y las piedras mojadas se habían desatado. Así que me encaminé con Miguel a visitar esta capilla románica, entramos con respeto, para estar un ratito con los parroquianos que casi llenaban la bancada, el sacerdote esperaba a las once para comenzar con el oficio religioso del Día de la Asunción, de hecho esta es la capilla de Notre-Dame de l’Assomption, del siglo XII. Nos facilitaron una hoja con los himnos y la misa comenzó persignándonos todos. Cuando vi cómo Miguel hacía la señal de la cruz, supe que era el momento de marcharnos, pero la puerta estaba cerrada y todos entonaban ya los primeros cantos, así que esperé una discreta oportunidad, que llegó a los cinco minutos, cuando un hombre de rasgos chinos entró con un bebé, momento en el que salimos. Fuera visitamos las tumbas del entorno de la capilla, y hasta nosotros llegaba el murmullo del oficio.
Seguimos nuestro camino valle abajo, al mercadillo de los sábados de Saint Lary y mientras mi hijo seguía haciendo fotos del paisaje, se me vino a la mente un cuento de Marguerite Youcenas, sobre el pintor chino Wang-Fô, quien amaba la imagen de las cosas y no las cosas mismas. Y es que ese día, la llovizna y la niebla hicieron bello el desayuno, el bosque y hasta la capilla de los templarios nos ofreció algo más.

viernes, 4 de septiembre de 2015

A Grailhen por la Noche estrellada

Grailhen está cuajado en agosto de malvalocas, más altas que uno, guardando las casas.
A Grailhen no había ido hasta este agosto. Pero quería hacerlo, desde que descubrí que se encontraba en la zona donde en los últimos años paso unos días de vacaciones, entre el Sobrarbe y el Valle d’Aure. Mi interés por visitarlo se produce cuando descubro que es el pueblo en el que pasa una temporada la montañera Isabel Suppé. Así que el pueblo casi deshabitado y lleno de libros estaba cerca. Se veía cerca, pero pequeño, casi engullido por el denso bosque, arriba en la ladera de la montaña. Muy cerca de Saint Lary Soplan.
Casas cuidadas, y una o varias de ellas, tan llenas de libros como de flores.

De Suppé leí en 2012, su ‘Noche estrellada’ (Editorial Desnivel), http://www.libreriadesnivel.com/static/pdf/ediciones_desnivel_noche_estrellada.pdf
 Un relato centrado en el accidente de montaña que sufrió en los Andes bolivianos, en el Condoriri. Una grave caída de 400 metros, en la que ella sobrevive, con graves heridas en una pierna, y donde su compañero de cordada, Meter Cornelius, fallece. Un libro con sus reflexiones y recuperación, y su vida montañera que no debe detenerse, porque “el mejor homenaje a un alpinista que se ha quedado en la montaña es seguir escalando”.
Al fondo Saint Lary Soulan.

Isabel Suppé se dirige a Rodez y de ahí, “con mis franceses” a Grailhen, es Navidad. Esta casa “en el pueblo más chico de los Pirineos” se ha convertido en una espléndida biblioteca, un lugar de descanso y contemplación. Un pueblecito, de 17 habitantes, “escondido como un nido en lo alto de la montaña”.

Tenía en la mente los pasajes que dedica en su libro a Grailhen, que estaba allí, a menos de dos o tres kilómetros, desde La forêt suspendue, donde mi hijo Miguel practicaba tirolinas. Nos acercamos para dar un paseo y sorprendernos por el cuidado pueblecito, de rincones coquetos y cartelitos informativos, hechos a mano y distribuidos por el Ayuntamiento. Un lugar residencial y querido por sus habitantes, de casas reformadas y muchas malvalocas exuberantes adornando los rincones y callejuelas. No vi ninguna casa abierta repleta de libros, aunque sí escuche hablar castellano en la tranquilidad de la tarde de agosto, en la que un libro, Noche estrellada, al cabo de los años, me llevó a este encantador rincón del valle d’Aure.
Ayuntamiento de Grailhen.

domingo, 26 de julio de 2015

¡La vida, nada más que la vida!

Las vacaciones son tiempo y despreocupación de los asuntos laborales. Son dedicación a la montaña, que llena mi espíritu de libertad, sin urgencias ni objetivos. Son un acercamiento a mí mismo, a través de los paisajes sublimes, de picos, gargantas y bosques.
Y al mismo tiempo son una salida de uno y sus monólogos marchitos y pegajosos, ante lo descomunal de la montaña. Arriba, la naturaleza aún virgen se muestra. Y todo el que ha caminado por esas alturas, aunque sea un rato, un mínimo paseo, viene oxigenado, con una alegría de ánimo. No ser nada allí arriba, es una cura de humildad que nos proporciona felicidad. Intentaré de nuevo ir a esos lugares mágicos, inefables, a buscar la alegría del caminar, solo o junto a las personas más queridas, a degustar el agua fresca del torrente, saciando el hambre con un humilde bocadillo, asombrándome una vez más, de la alegría de los gestos simples, aplacar la sed con las propias manos, aposentarse en la hierba o en una roca, observar y sentir la vida, nada más que la vida…


lunes, 29 de junio de 2015

‘Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal’

Las plantas saben donde está la luz, y no poseen ojos. Respiran sin pulmones. Tienen aparato circulatorio sin corazón. Estas y otras muchas capacidades nos llevan a preguntarnos ¿hay inteligencia en la plantas, aunque no tengan cerebro como los animales? De esto trata ‘Sensibilidad  e inteligencia en el mundo vegetal’, de Stefano Mancuso y Alexandra Viola (Galaxia Gutenberg).
Para los que piensan que las plantas son seres vivos inferiores, recordarles un dato para la humildad. Todas las especies animales dependen de las plantas para su existencia, incluidos los seres humanos. El libro ofrece otro dato abrumador, del que no tenía ni idea. Se trata de la proporción de plantas y animales, a favor del reino vegetal, que representa un 95,5% de la biomasa total del planeta, frente al mísero 0,5% de los animales. Pero esta admiración nos lleva a otros argumentos, no ya cuantitativos, sino cualitativos. Así, las capacidades vegetales nos vuelven a asombrar, por su potencial de supervivencia. “Para las plantas, que se las coman no significa un gran problema. ¿Qué animal pude decir lo mismo?” La hierba volverá a brotar, pero el conejo que comía esa hierba y ha sido atrapado por la gineta, simplemente ha dejado de existir.

Queda demostrado que resuelven bien los problemas a  los que se tienen que enfrentar. Un signo claro de inteligencia. Pero, ¿dónde se ubica esa inteligencia? “En las plantas las funciones cerebrales no están separadas de las corporales, sino ambas conviven en cada una de sus células”. Digieren sin estómago, respiran sin pulmones. “¿Por qué, entonces, la ausencia de cerebro debería impedirles ser inteligentes?” El librito, no llega a las 150 páginas, del especialista en neurobiología vegetal Stefano Mancuso y la periodista científica, Alexandra Viola, nos lleva por los últimos descubrimientos sobre la inteligencia del mundo verde.

jueves, 11 de junio de 2015

Las aguas salvajes del Cau


Es un tiempo distinto el que pasa en esta montaña, con su espesura impenetrable y sus alturas inabarcables. Subir al ibón del Cau es emprender un recorrido salvaje en el centro del Pirineo. Al poco de comenzar la andada, uno vuelve la vista y aparece Bielsa encuadrado en vegetación y rocas, bello y aun cercano. Pero pequeño ante el dominio de la montaña. Los pinos, robles, abetos y hayas, nos recuerdan a 2.858 metros y Punta Suelza, a 2.972 metros, anuncian abismos expuestos a los vientos.
cada torcida del sendero, que uno no es de aquí, que ya ni los ganaderos suben a las bordas pobres y abandonadas, a segar los pastos. Que el rumor del torrente, con las grandes rocas arrastradas y los troncos partidos y atravesados son testimonios de una indomable garganta que baja de la cubeta glaciar del Cau, y los picos de Punta Fulsa de
Han pasado unos meses de la subida, y aun perdura el arrobamiento. Y hay que sumar otros dos intentos, y unos cuantos años pensando en las sensaciones de este lugar encendidamente hermoso y solitario. Anduve por primera vez en 2006, acompañado de Fran, era el penúltimo día de vacaciones y me llevé impresa en mi mente la verticalidad del barranco. Regresamos con las piernas arañadas por las zarzas y los endrinos que invadían el sendero. Hicimos solo la parte baja, convencidos de que ese día no llegaríamos, pero nos apetecía aquel territorio auténtico. Decidimos volver en un punto en el que vimos, justo en la orilla opuesta del torrente, una pista, por la que volvimos a Bielsa. La semilla de los sitios poco frecuentados estaba sembrada. “Garganta difícilmente penetrable. El sendero de pescadores ya era difícil de encontrar y de seguir en 1993…”, cuenta Miguel Angulo en el tomo tres de su obra enciclopédica Pirineos[1].

Volví. Lo hice tres años después, en 2009. Subí solo a los Pirineos. Hice los 1.000 kilómetros que separan mi casa hasta Bielsa, de un tirón. Bueno, paré para comer y comprar algunos libros en Ainsa. Entre ellos ‘Ibones del Pirineo Aragonés’, de Javier Cabrero[2]. Me colgué la mochila y penetré esta vez por la pista. Eran las siete menos cuarto de la tarde, cuando me puse en marcha. Plantaría la tienda cuando me apeteciera, calculé un par de horas de caminata. Pero tomé la pista que me elevó hacia el valle de más abajo, así que di media vuelta y casi era de noche y empezaba a llover, cuando llegaba de nuevo a la pista principal, allí, al margen del camino monté la tienda y me refugié de la lluvia.

La vegetación húmeda aún, se hacía más verde y exuberante en la radiante mañana. Ascendía intentando dar con el sendero estrecho que en algún punto, según mi mapa, debería contactar con la pista. Pero iba cada vez más alto, hasta que comprendí que aquel enrevesado territorio me la volvía a gastar. Así que unas
veces por encima y otras por debajo de grandes troncos atravesados en el camino, fui ascendiendo por el valle que lleva a otros ibones, los de Barleto. Se acabó el bosque y por empinados pastos seguí subiendo, intentando flanquear la cresta que se dirigía a Punta Suelza y llegar al Cau. Agotado llegué al mismo nivel que la lámina de agua del lago alpino. Allí estaba el Cau, me separaba una pared demasiado vertical, aunque vi hitos, pero no me atreví. Así que volví sobre mis pasos. Acampé junto al bosque, uno de esos bosques sin rastro de alma humana. Imaginé que era el bosque del urogallo y del mochuelo boreal…
 El año pasado, decidí volver. Esta vez sin pesadas mochilas. Subir acariciar sus aguas y bajar. Encontré esta vez, ocho años después, el sendero más despejado y señalizado. Esto ocurre en el tramo bajo. Cuando la senda se acerca al río de vez en cuando, a la altura de los últimos prados, me perdía y volvía a localizar el sendero, esto me ocurrió varias veces. Casi me gustaba esa sensación de que esta vez tampoco lo conseguiría. No vi a nadie. Un mirlo acuático se posó en una roca en mitad del torrente, hasta donde llegaba un rayo de sol, que lograba penetrar en la espesura de pinos, abetos y hayas. Vi más arriba, en pequeñas repisas herbosas, apolos soleándose. Era el ajetreo de la vida que no precisa de creencias ni artilugios. Llegaba al circo glaciar, con los últimos pinos negros, cuando descendía un grupo de tres o cuatro senderistas. Hasta llegar al ibón aún debía remontar un último tramo, y recorrer varias elevaciones hasta el fondo del circo glaciar, algo agotador a las tres de la tarde, con unas paradas entre manchones de senecios pirenaicos.
Seis horas de subida. Una lata de sardinas, allí arriba, un poco de queso, melocotón. Pasaron tres jóvenes, con una bolsa llena de truchas sacadas del ibón. Una pareja de excursionistas había llegado y también comía mirando al lago, a los paredones verticales. Había sido costosa la subida. Y me quedaba la bajada.
Con el cansancio, me puse en marcha, fotografiando un campo de Dactylorhiza maculata en un tremedal, como una despedida de aquellos pastos. Compartí un poco de camino con la pareja de excursionistas, que me adelantaron mientras, yo perdía el sendero en varias ocasiones. Poco a poco fui más rápido, corriendo a veces, los pies respondían enfundados en las botas. Las piernas se dejaban llevar, por el camino tortuoso, atravesado por canchales donde me perdía, volvía a recuperar la senda. Ahora iba por otra zona por la que no había subido, un bosque mullido de pinaza, por la otra orilla del torrente. Corría por la pronunciada pendiente, agarrándome a los troncos para frenar, para girar. El sol entraba tenuemente por la enramada.  Me lavé la cara en el agua fresca y abundante, lanzándome chorros con la mano. Caminaba un poco, y corría de nuevo. Por fin había llegado al ibón, y todos los intentos anteriores también habían sido preciosos. Ahora tenía grabados por mucho tiempo los recovecos de estas montañas. Pasaban las siete de la tarde, creo, cuando llegué al coche, en el aparcamiento de Bielsa. Creí que había adelantado a los compañeros excursionistas, pero estaban allí. Ellos creían que me había perdido. No me hubiera importado.


[1] Todos los Ibones del Pirineo Aragonés. Javier Cabrero. Editorial PIRINEO. El ibón está a 2.308 metros, y 1.288 metros de desnivel  desde Bielsa.

[2] Pirineos, editorial SUA. Tomo III, aparece además un detallado mapa de la zona. Uno ve ese mapa y ve perfectamente sus pasos, crestas y sendas.

viernes, 22 de mayo de 2015

Andar, una filosofía, de Frédéric Gros

Anduvieron en la vida Kant, Nerval, Rousseau, Ghandi. Y sus caminatas dejaron filosofía, cuyos pasos seguimos escuchando. “Rousseau afirma no poder pensar de verdad, componer, crear e inspirarse si no es caminando”, lo escribe Frédéric Gros en su libro ‘Andar, una filosofía’.
Caminar tiene un efecto comprensible para todo el que lo practique. Un beneficio que no llega solo tras concluir la caminata. Ya durante la misma, los pasos nos insuflan una moderada felicidad, de un cuerpo activo y una mente que se despeja. “Andar es estar fuera”, es como no tener nada y poseerlo todo, porque existes. Mis pasos me conducen por el campo, por el bosque, por el paisaje amplio y, también por las calles. La vida es caminar. La soledad de uno mismo caminando es una soledad sonora, reconstituyente. Lo vuelvo a decir, es existir.
Con nuestra marcha se masajean las vísceras, hígado, riñones, cerebro o bazo lo agradecen. Y el libro repasa algunos de los cerebros que mejor aprovecharon el caminar. “No se escribe solo con la mano. Solo se escribe bien con los pies”, dice un furibundo caminante como Nietzsche. Pero hay dos andarines gloriosos: Rousseau y Thoreau.
Me quedo con lo más constatable del ejercicio de marchar. “Tras un día entero de marcha, el simple bienestar de estirar las piernas, satisfacer el hambre sencillamente, saciar la sed tranquilamente y contemplar el día que termina”. Y no falta la alegría de andar con niños. “Cuando se camina con niños, señalan animales fabulosos en las ramas de un árbol, llaman la atención sobre los pétalos de una flor. No es el triunfo de la imaginación, sino un realismo sin prejuicios: total”.

Durante milenios hemos caminado porque ahí estaba el pan de cada día, buscando nuevos territorios de caza o nuevas tierras de las que comer. Andamos porque esa es nuestra naturaleza. La mitad de nuestro cuerpo son nuestras piernas, y esa es su razón de ser. Caminamos para estar vivos, y para soñar, y para pensar bien. En sus páginas finales, Gros escribe del poeta romántico Wordsworth: “Él fue el primero en inventar la marcha como acto poético, comunión con la Naturaleza, plenitud del cuerpo, contemplación del paisaje… uno de los primero en poner las piernas al servicio de la filosofía”. Andar, una filosofía, de Frédéric Gros.


domingo, 3 de mayo de 2015

Primavera Subbética


-Los troncos secos pesan menos que los vivos. ¡Tronco va!-
-Tengo la uña verde. ¿De qué es?-
-¿Por qué se te clavan astillas?-
La subida al Bermejo estuvo plagada de afirmaciones y de preguntas de Miguel. El cerebro trabaja en esta subida a mayor ritmo que las piernas. Siempre he defendido que la montaña tiene el poder de activar los la
Globularia spinosa, engarzada a las calizas como ancestral amante. Soberbias sin importarles nuestra admiración. Abajo quedó parte de la excursión, esperándonos, mientras trepábamos entre aulagas y asiéndonos a las macollas de esparto. -¿Por qué se clavan astillas?- Subimos por encima de las chovas, y al rato los buitres también volaban más bajos que nosotros.
pensamientos. Vimos flores raras, encaramadas a estos peñascos, defendiéndose de los herbívoros, de los suelos pobres y escasos. Glandora nitida, de un azul lujoso para la grisura de las peñas, o

A los pocos días, zigzagueaba por el camino del Navazuelo. Tan bello cuando amenaza lluvia. Una cañada donde la humedad hace florecer Pisum sativum subsp. elatius, el guisante salvaje o Scilla peruviana, en toda su realeza. Deseada agua. Cuando llueve mejor no escribir y escuchar. O mejor, guarecerse, aunque no está mal mojarse un poco. Bendecirse. Ver como el verde de los árboles se limpia y se hace intenso.


martes, 7 de abril de 2015

Visitas agradecidas

Convertir un trozo de tierra en un paraíso no es difícil, la tierra suele ser generosa. Planto aquí y allá, pero
lo que crece de forma natural es aun más asombroso, todos los años hay flores nuevas, como de visita, han entrado sin llamar. Son las verdaderas propietarias y son bienvenidas. Las dibujo, admirando su arquitectura hecha de rayos de sol y brisa, agua y tierra.
Pasan los vecinos y ven a alguien inclinado a una tosca mesa, dibujando yerbas. Dejo descansar la vista en el verde herboso y el amarillo suave de la flor del jaramago. Casi a las siete de la tarde, ha llegado el momento en que suceden las cosas. La luz hace bellas las sombras y los pájaros parecen más confiados. Jilguero. Recojo y me marcho a por un helado de chocolate.

domingo, 22 de marzo de 2015

La parábola de las collejas

Llueve. Camino solitario. Niebla un poco más arriba. Trino invisible, pero cercano. Me detengo y escucho con atención. Vuelos imprevistos. Las gotas golpean la tela tensa del paraguas. Los almendros han terminados la floración. Brotes de las nuevas hojas. Renuevos. Amarillo de la aulaga, un pequeño sol bajo las nubes.


Frutos de la zarzaparrilla, el triunfo de una planta austera. El lujo de un bejuco discreto. Cortijo en ruinas, bellísimo hoy. Con el abrazo de las zarzas, la hiedra y como vecino un quejigo. Podría tumbarme en el camino, a empaparme de la fina lluvia. No hay nadie, no hay faena en el campo. La modesta belleza de este día me quiere llevar a lo absoluto. Un manchón de collejas me devuelve a la sabrosa realidad. Las gotitas emborronan lo escrito. Primavera.



viernes, 20 de marzo de 2015

La niebla filtra un espectacular eclipse de Sol



Hoy he trabajado con el Sol. Algo así como trabajar saliendo del trabajo, porque el eclipse, por un rato, me ha permitido pensar en más allá de las nubes. Lo que en un principio pareció un inconveniente, se transformó en ventaja para observar en Rute el eclipse parcial de Sol. La mañana de este 20 de marzo se presentó con niebla, lo que pareció dar al traste con la observación del eclipse, pero a partir de las 10,30 de la mañana, el espesor cambiante de la niebla permitió en la localidad ver este fenómeno astronómico con toda comodidad. Por momentos no hacían falta ni cristales ahumados, ni gafas de soldador; a simple vista podía observarse como la Luna iba tapando parcialmente al sol. Toda una suerte para los más curiosos en Rute, porque hasta dentro de 11 años no se repetirá este fenómeno. Como referencia fotográfica, aparece la avenida Blas Infante y la espadaña del campanario de la ermita de la Virgen del Carmen, en la calle Toledo.

  

martes, 10 de marzo de 2015

Prunus dulcis

De forma sutil, poética, apta solo para atentos a las cálidas nevadas, cuando las produce el viento. Así, una tarde de estas de marzo, comenzará la nevada blanca y algo rosada, acompañada por un aroma meloso.
Grandes copos voltearán en el aire como pétalos de almendro que son. Y de esta manera despierta a la primavera el mediterráneo, domeñado por el hombre y donde siempre hay algo en flor, porque nunca el invierno adormece de frío.
   Espectáculo botánico de estos retorcidos árboles, traídos hace miles de años, por el valor de sus insuperables frutos, que habrá que recoger en septiembre. Dice mi libro de árboles de Ginés López (en toda casa debería haber un libro sobre árboles) que viene de algún lugar de las montañas de Asia central, donde
cerca florecieron las primeras agriculturas. Prunus dulcis, que es su nombre científico, también lo hay con frutos amargos, cargados de ácido cianhídrico. Un veneno muy potente, a veces veinte almendras amargas pueden producir la muerte de un adulto. Y el biólogo Alejandro Martínez-Abraín, escribe en Quercus, que el almendro florece tan temprano, porque de forma natural vive bajo un dosel arbóreo de los bosques asiáticos, así que aprovecha para florecer antes que otros árboles lo oculten a los insectos.
Las puntas de sus ramas se cuajan ahora de flores, haciendo de sus copas bolas blancas tan llamativas, a cada curva del camino, que uno se para a hacer alguna foto y se embriaga de los mismos aromas que llaman con amor a las abejas.