lunes, 2 de noviembre de 2015

Elogio del caminar, de David Le Breton

"Caminar es un modo de conocimiento", David Le Breton. Por las calles de Candelario.


 Los libros sobre el acto de caminar como la forma más natural de conocer y adentrarse en el mundo, son protagonistas en las secciones de ensayo de muchas editoriales. Siruela lo editó en 2001, y ahora que el auge de salir a andar no ha hecho más que aumentar, ha sacado una nueva edición. Lo ha hecho en un
formato muy atractivo, algo más pequeño que el típico libro de bolsillo, como si hubiera medido realmente el bolsillo de los pantalones, o de una mochila, para meter esta pequeña joya que es ‘Elogio del caminar’, de David Le Breton.
Y es en la mochila donde lo ha llevado o en la tienda de campaña donde he leído buena parte de él, durante las vacaciones de agosto. Y ahora que las temperaturas invitan a salir por las trochas de las sierras cercanas, vuelvo a releer lo subrayado: “El cuerpo es un resto sobrante contra el que choca la modernidad”. Y las piernas se burlan de esa modernidad, adentrándose por caminos solo hechos para ellas, pequeñas sendas que nos incomunican y nos conectan a la vez “corporalmente en la desnudez del mundo”.
Barrio judío de Hervás.
Y así en el valle de Ambroz y la sierra de Béjar, nos atrevimos con El Calvitero de 2.397 metros y Canchal de la Ceja, de 2.428 metros de altitud, avanzando por viejas veredas que siguen abiertas por el ganado que allí sube y los senderistas que exploran un paisaje que “es siempre una emoción antes que una mirada”. Y entre las piedras, los piornos (Cytisus oromediterraneus) raspan nuestras piernas, pero hemos llegado allí para confirmar a William Hazlitt: “Puedo disfrutar del trato con los demás en una habitación; pero al aire libre la naturaleza es compañía suficiente para mí”. Y como “ninguna exploración agota jamás un paisaje o un pueblo”, también los pueblos tranquilos del valle, y sus pequeñas tiendas de ultramarinos nos ofrecían barras de pan, queso y cervezas frías para seguir leyendo ‘Elogio del caminar’ en sus apetecibles piscinas naturales.
Y si no puede faltar una visita a Candelario o a Hervás, he preferido el paseo por Casas del Monte o Gargantilla o Aldeanueva del Camino y sus fábricas de pimentón. Poblaciones más modestas que las primeras, pero que ganan porque están menos transitadas por turistas y por pizarras de restaurantes anunciando comidas típicas. Son menos monumentales, pero “¿qué importa el resultado? Lo que cuenta es el camino recorrido. No se hace un viaje; el viaje nos hace y nos deshace, nos inventa”. 
Desde El Calvitero: El Torreón, abajo las lagunas de El Trampal y en el horizonte el macizo de Gredos.


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