sábado, 27 de mayo de 2017

'Los últimos', de Paco Cerdà, editorial Pepitas de calabaza

Unos cuantos cortijos abandonados puntean el Valle de los Fósiles, Subbética cordobesa.


Parece que el invierno deja las cosas en su sitio. Es el momento de replegarse: la energía del árbol a las raíces, el futuro de las flores en sus semillas y si hay turistas, como ciertas aves, volaron lejos. Es el invierno cuando el periodista Paco Cerdà recorre un vasto territorio de la España del interior. Donde la media demográfica nacional baja de los 92 habitantes a menos de 8 personas por kilómetro cuadrado. Es la soledad “que se extiende por diez provincias y agrupa a 1.355 municipios, esta tierra donde el silencio cabalga montañas y las voces infantiles quedaron afónicas el siglo pasado”. Es una amplia extensión de la serranía Celtibérica, que comprende diez provincias y 65.000 kilómetros, con menos habitantes que en Laponia, así que también se la conoce como la Laponia española.
Paco Cerdà, foto de Comarques Nord
Impresionante territorio deshabitado, el de estas diez provincias que se convierten en el libro en diez capítulos y diez historias de sus moradores. Unos pocos niños y su maestro, alguien que dejó la gran ciudad y volvió al pueblo apostando por los alojamientos turísticos rurales y sobre todo gente mayor que como Fautisno García, de 85 años, es el único habitante de Tobillos (Guadalajara) y su vida “compuesta de rutina y oxígeno. Una vida. Solo una vida y sin embargo una vida”.
Paco Cerdà ha escrito un libro necesario, es una importante reflexión sobre el viejo solar de nuestro país. Sobre los pueblos que se vienen abajo y con ellos se desploma toda una cultura de lo que fue el campo español. La naturaleza, con esa paciencia milenaria, va borrando antiguas extensiones de cultivos y luego va subiendo por las paredes de piedra, con sus hojas de zarza o de hiedra, con sus higueras colgando de viejas murallas y campanarios. Ya en 1988, Julio Llamazares en su libro -La lluvia amarilla- supo escribir sobre estos pueblos, él se fue al Pirineo, a Ainielle, aunque fue en Soria, en Sarnago, donde encontró el germen de su libro. Paco Cerdà recorre Sarnago, con “la vieja iglesia hundida bajo el peso de su propio desamparo”.
-Los últimos- me lleva a la incansable naturaleza que borra lo humano, que borra veredas, caminos de montaña, realengas y sin ellas quedarán borrados de la mirada infinitos paisajes. Y al mismo tiempo que los paisajes volverán solo a algún caminate intrépido, las palabras se irán perdiendo en el fondo de las páginas de los diccionarios: “la colodra era el vaso que solían llevar los pastores para beber en el campo”. -Los últimos- de Paco Cerdà, editado por Pepitas de Calabaza. Necesario.

Ruinas, restos de otras vidas en el campo.

sábado, 20 de mayo de 2017

Mesa de los Tres Reyes

Oleaje de montañas desde la cima de la Mesa de los Tres Reyes.


Unas chovas piquigualdas con sus vuelos acrobáticos me dan la bienvenida en la cima de la Mesa de los Tres Reyes (2.442 m). Se comportan confiadas, a pocas piedras de distancia, saben de mi incapacidad en  medio de estos abismos. Su voz penetrante les sirve en los días de nieblas, para guiarse juntas, en bandadas más o menos grandes, por las cimas de las montañas. Hoy el horizonte es infinito. Un cuervo grazna y se da la vuelta. País de córvidos. Mesa de los Tres Reyes y tres cuervos como tres señores de castillos calizos imponentes, jamás soñados en este liviano aire.
Fascinantes chovas, dueñas de los riscos.
Montaña agotadora, he llegado temblando, cima temblante. El pan con queso apenas si lo puedo tragar, el bocadillo me lo prepararon con aprecio y aceite de oliva, abajo en el refugio de Linza. Gracias. He tardado en llegar 3,45 horas. Miro hacia Francia y cerca está la cima del Anie, con excursionistas en su cumbre. Tras este pico, en la lejanía, se abre una llanura y al fondo muy al fondo observo tenue una ciudad. Hacia el este distinto perfectamente el Midi d'Osseau y creo cuáles son los Arrieles y el Balaitús. Me gusta estar en este mundo de gigantes, que hacen sentirme el más humilde de los devotos de las montañas. La cima tiene un buzón, un san Francisco Javier y una reproducción del castillo de Javier. Esa parafernalia que quiere santificar las cumbres.
Paisaje calcáreo del parque natural de los Pirineos Occidentales.
En la bajada empleo más tiempo, tardo 4,30 horas. Voy despacio, y me detengo a fotografiar las pequeñas flores alpinas que tanto admiro. Las más grandes y vistosas las reconozco de viejas excursiones: las aguileras, eléboros, geranios o armerias. Los pequeños dientes de león, las blanquitas de la familia de las collejas tendrán noches de invierno de dedicación, hasta saber qué especies son. Un paisaje lunar, blanco y quebrado en cuyas grietas o en minúsculos prados me encuentro con estas maravillas en flor, en el primer saludo al sol que hubo en la historia; y luego los pinos negros, como crestas negras de pétreos dinosaurios. Más abajo los pastos agostados y en todo el camino ni una fuente, ni un pequeño reguero de agua. Todo un 16 de agosto de 2016.


-Acinos alpinus
-Allium schoenoprasum
-Aquilegia pyrenaica
Senecio pyrenaicum entre las rocas antes de la cima.
-Armeria pubinervis
-Aster alpinus
-Campanula cochleariifolia
-Campanula scheuchzeri
-Dethawia splendens
-Erigeron uniflorus
-Erinus alpinus
-Galium pyrenaicum
-Gerenium cinereum
-Helleborus viridis
-Hieracium mixtum
-Hypericum nummularium
-Iris latifolia
-Leucanthemopsis alpina
-Myosotis alpestris
-Potentilla alchimilloides
-Saponaria caespitosa
-Senecio pyrenaicus
-Sideritis hyssopifolia
-Teucrium pyrenaicum
-Valeriana apula
Agujas de Ansabère y Pico Petrachema.