domingo, 22 de mayo de 2016

Una parte del oeste de España

Candelario es un pueblo cuidado y hermoso. A las afueras se encuentra esta rústica contrucción.


Al anochecer, revolotean las urracas encima de las tiendas de campaña. Graznando con ese sonido áspero e inteligente, que une España. Las hojas de los falsos plátanos del camping Las Cañadas, han palmeado toda la noche, arropando nuestros sueños. Acaban de despertar Alicia y Miguel y ya están jugando. Alegría. Un empleado del camping ha pasado con una urraca muerta en una azada. Algo ha pasado esta noche. Siempre pasan cosas de noche.
Cumbre del Calvitero, con esta especie de lápida.
Hervás es digno de visitarse. Esa historia tan española… y europea, de persecución de los judíos. Dejaron un barrio de casas entejadas hasta en sus paredes. O de ladrillo visto sustentadas por tramos de vigas. Algunos volvieron con apellidos como Navas, Mesa, Guerra, y les colgaron el Sambenito y a otros los mandaron a la hoguera. 1494. Hoy 4 de agosto de 2015, es un lugar turístico, con un pequeño museo en el que reconocen esta fatalidad.
Visitamos los límites de las provincias de Cáceres y Salamanca. Uno, cinco, cien… hitos de piedra marcan los senderos de la sierra de Béjar, pero al final perdimos la senda de subida al Calvitero. Fran y yo hicimos a vista la parte final. Escribí: ‘Como siempre, ya vendrá el recuerdo que mejora la excursión al Calvitero y el Canchal de la Ceja, de 2.397 y 2.428 m.’. El viento, el sol, el sendero perdido, los piornos en la bajada, (menos mal que el piorno serrano, Cytisus oromediterraneus, solo llega a la categoría de áspero) hicieron dura esta excursión de alta montaña.
Compensamos el día después en Béjar, en el mesón Don Quijote, con ensalada campera y chuletas de ternera. Antes, recorrimos Candelario, encima su sierra con los pastos secos, bajo el sol de Castilla. Las montañas marcan a los pueblos. Cerca, en la Sierra de Gata, han ardido 5.000 hectáreas de bosque. La maldición del hombre.
Julio Llamazares acaba de escribir sobre estos lugares, y también el hombre y sus fuegos marcan el paisaje: http://elpais.com/elpais/2016/05/13/opinion/1463139955_860315.html

Fran en La Ceja, a 2.428 metros de altitud, el 5 de agosto de 2015.

martes, 10 de mayo de 2016

Agua de mayo




Llueve y me descansa su sonido. La luz del día nublado también me descansa. Tengo que decir que ha sido un fin de semana agotador, pero no voy a explicar por qué. Y ahora agradezco esta sucia caravana a la que he venido esta mañana a adormilar un poco. Los negros nubarrones, tan denostados, me proporcionan alegría y tranquilidad. Tengo ante mí, un horizonte muy amplio que desaparece con los chubascos y luego, en la lejanía aparece el amarillo de los jaramagos, que se han comido un joven olivar. No sé si es melancolía, o saber que con mañanas así, por aquí no hay nadie.
Lo digo de nuevo, me encanta el sonido de las gotas cuando chocan contra el techo de la caravana, y
que un tejado no me proporcionaría. Esta vieja caravana perteneció a unos feriantes, y está muy reforzada en cosas como las ventanas, todas con rejas o las puertas, llenas de pestillos. Es lo que tienen las ferias.
El fin de semana me he sentido un poco feriante.
Esta caravana en mitad del campo, como abandonada, para que el tiempo la desvencije, me parece bella y tranquila. Una litera, una mesa bajo un techo. Un refugio rodeado de pequeños almendros, manzanos, tomillos. La belleza de todas las plantas creciendo.
He dado una cabezada con este chaparrón, y ahora lo cuento.
Cuántas veces habré escrito sobre la lluvia, en esta escritura pastoril con la cámara al hombro. Estoy atento al agua de mayo que cae. Creo que he hecho bien en venir un rato a sestear y escuchar, lo digo de nuevo.