jueves, 14 de marzo de 2013

‘Sólo para gigantes’, de Gabi Martínez


La pasión le llevó a las perdidas montañas del Hindu Kush. Al peligroso valle de Chitral, pegado a Afganistán, donde merodean talibanes y donde un islamismo fundamentalista se impone en la vida de sus habitantes, aplastando culturas ancestrales y minoritarias como los Kalash, unos pocos miles de paganos que producen “vino y cuyas mujeres iban con la cara no solo destapada sino que también se la pintaban”. Pero ahí, en los bosques y riscos inhóspitos habita el barmanu, el yeti de estas montañas, y Jordi Magraner está convencido de su existencia, y está dispuesto a descubrirlo para la ciencia.
‘Sólo para gigantes’, de Gabi Martínez, cuenta esta historia única de Jordi Magraner, español que vive desde los seis años con su familia en Francia. En 1987, con 29 años llega a Pakistán, sobrevive y desarrolla sus proyectos con imaginación, suerte y ayudas de su hermano. Defiende a los Kalash y se hace uno de ellos. Recorre Francia dando conferencias. En Pakistán se convierte en un personaje incómodo, recibe amenazas, le acusan de homosexual, se le complican las cosas. El 2 de agosto de 2002 aparece asesinado en su casa, la Sharakar House, en Bumburet.
En `Sólo para gigantes’ se habla de ‘Hacia rutas salvajes’, de Jon Krakauer. Son inevitables las similitudes de las historias contadas en ambos libros, la de Jordi Magraner y la de Chris McCandless, el joven que se fue a Alaska a vivir en la naturaleza más salvaje, que acabó matándolo. Ideales así bien merecen una vida, y en eso coincidieron estos dos románticos.
Un día, mientras exploraba, Jordi salió de una cabaña a la tenue luz del alba. “La última humedad nocturna formaba esporádicos bloques de niebla sobre algunas laderas. Escuchó el grito de las aves de presa. El espectáculo le sobrecogió. Inspiró hondo y saludó al sol según el rito pagano”. Además del libro, se ha presentado la historia en cómic y hay planeado rodar una película. 

viernes, 1 de marzo de 2013

Pajarillos de campo y sierra


Un fin de semana en el que la lluvia dio paso a cielos despejados y fríos. Por la vía verde primero, para desentumecer las piernas a base de pedaladas. Con la bici hasta un rústico banco situado junto a un hermoso almendro, que hace unos días reventaba de flores. Allí, dejé que me calara el aire fresco, a cambio de que se mostraran los pájaros de los alrededores. Encima de una cepa, dominante, un pájaro perdiz canta. Una pequeña bandada de lavanderas se reúne en la viña y las tarabillas oteaban desde las ramitas cercanas. Cuando me marchaba, un triguero pasó de uno a otro de los almendros del camino.
Y luego, el domingo, a la Horconera, por el jardín del Moro. Un paisaje al que he ido muchas veces, nevando, nevado con medio metro de nieve, lloviendo, y espléndidos días de sol. Pero hoy, veo por primera vez, el abrupto aunque corto cañón de entrada, recorrido por un río de agua limpia. En el tramo en el que estoy, solo hay grandes piedras, con el sonido del agua llegándome desde su interior. He visto buitres leonados, un vencejo real y chovas piquirrojas. He caminado un trecho, sin subir demasiado. Camino, observo, se me va el santo al cielo, es un don de la montaña, te deja en blanco, abierto. He observado una curruca rabilarga y antes una collalba negra.
 Ahora, a 1.050 metros el panorama es de perfiles encrespados, duramente reptilianos, y sobresaliendo un mallo calizo, una enorme verga pétrea, que atrae al caminante como un tótem. Un paisaje austero, tralla de rocas a mis pies y a mi alrededor. Solo comprensible a medias, como lo es la belleza, que hay que volver a visitar.