miércoles, 28 de noviembre de 2012

Piruétanos en La Camila


Rodeados de bolsas, botellas, latas, cartuchos de caza y otra basura. No podía ser menos en estos campos de Andalucía. Entre tanta dejadez de paseantes, cazadores y agricultores, te encuentras con joyas botánicas como los piruétanos. Se trata de un pequeño árbol o arbusto, nunca abundante, discreto cuando no está en floración y propio del sur de la península y noroeste de África. Es un peral silvestre, un género difícil y variable, donde la especie que nos atañe presume de bellas flores de pétalos blancos amarillentos y estambres con anteras tintas, que se agrupan en ramillas con largas espinas. Puede alcanzar los 10 metros de altura, con hojas de limbo aserrado, tan largo como ancho y rabillo acanalado, pelosas por el envés cuando son nuevas. Así las fotografié el pasado 27 de marzo, cuando di con media docena de ejemplares en La Camila.
Su nombre científico es Pyrus bourgeana, y está dedicado al botánico francés Eugène Bourgeau que investigó las plantas de la península ibérica en el siglo XIX. Cuando en marzo localicé estos ejemplares, paseando en bici por los caminos cercanos al río Anzur, entre acebuches y retamas, creí haber dado con unos endrinos. Sí es cierto que las flores son mayores, pero estas y las espinas de las ramas me hicieron pensar en alguna casta de endrino de injertar. Ahora en otoño volví al lugar y vi que los frutos, para mi sorpresa, eran unas perillas de dos o tres centímetros, muy ásperas y de piel parecida a las de las peras conferencia. Así que entre las reducidas manchas de vegetación silvestre de la campiña alta lucentina me he encontrado con unos raros y bellos arbolillos. Y entre la basura del campo estos árboles se cuajan de flores con el mantra: la belleza es posible, búscala.


lunes, 19 de noviembre de 2012

El Río, de Wade Davis


 “Al norte del Amazonas está el río Putumayo, con sus dos principales afluentes de la ribera norte, el Caraparaná y el Igaraparaná, lugar de las etnias huitoto y bora. Le sigue el río Caquetá, formado por varios afluentes importantes, entre ellos el Miritiparaná, hogar de los yucunas y de los tanimucas; el río Yarí, con su ramal inexplorado, el Mesaí, y el mal conocido Cahuinarí, tierra de varias poblaciones dispersas de boras y huitotos”… y así miles de kilómetros de ríos serpenteando por la selva amazónica, como las venas de la tierra, de Colombia, Venezuela, Perú, Brasil y Ecuador.
Es ‘El Río’, el libro de Wade Davis, una enciclopedia de etnobotánica del Amazonas y Los Andes. Un repaso de 639 páginas, editado por Pre-Textos, sobre la vida del botánico Richard Evans Schultes, profesor y director del Museo Botánico de Harvard. Wade Davis fue alumno suyo, y junto a Tim Plowman, a quien está dedicada la obra, siguieron los pasos de su maestro por la inmensidad verde.
Y es que “hasta los botánicos más avezados se siente humillados ante la pasmosa diversidad de la selva amazónica”. Con todo, Schultes ha sido uno de los grandes científicos que han explorado estas tierras. Durante doce años investiga las plantas alucinógenas, las medicinales. Herboriza, descubre hasta 300 especies nuevas para la ciencia, docenas de ellas llevan su nombre. Cuenta Davis, que “en la tarde de su primer día entre los bogotanos”, Schultes viajó sin rumbo, se subió a un tranvía, siguió a un grupo de niños que cuidaba una monja, junto a unas escaleras se abría el bosque, entre los helechos vio una diminuta orquídea, de no más de tres centímetros, la recogió con cuidado y la guardó entre las páginas de su pasaporte. Era una nueva especie para la ciencia, la Pachiphyllum schultesii.

Se relaciona con las tribus, aprende su conexión con la naturaleza, la Pachamama. Durante la Segunda Guerra Mundial trabaja en las posibilidades y las variedades del árbol del caucho, de sus especies. Un incansable explorador a pesar de las enfermedades, de las distancias y de la pequeñez del “botánico que trabaja en el Amazonas”, que “debe ser consciente de su propia ignorancia”.  El amazonas puede ser una maraña de vegetación, pero estas plantas ahora tenían nombres, que implicaban relaciones “que estaban preñadas de significados”.
   Por sus estudios, por las páginas de El Río, pasan los huicholes y el peyote que “era un atajo farmacológico para llegar a reinos místicos”. Los zapotecas, mixtecas, chinantecas,  y sus plantas mágicas. Schultes reconoció en una enredadera, la Turbina corymbosa, un tipo de dondiego utilizado para la adivinación. Era la ayahuasca o yagué o caapi, un bejuco del alma, la alucinójena más celebrada del Amazonas.
   Tim y Wade recorren las zonas montañosas, tierras de la coca. “Para las gentes de los Andes la tierra está viva, y cada rugosidad del paisaje, cada afloración y colina, cada montaña y todo río tienen un nombre y están imbuidos de significados rituales”. “La distancia en las montañas no se mide por kilómetros sino por mascadas de coca”.
Es la naturaleza exuberante que envuelve al hombre, que es también naturaleza y quiere saber. “Se podría decir que el chamanismo es uno de los empeños espirituales más antiguos, nacido en los albores de la conciencia humana. Para nuestros antepasados paleolíticos, la muerte fue el primer maestro, el primer dolor, el borde más allá del cual terminaba la vida tal como se conocía y empezaba el asombro”. Para llegar a esos “bordes del mundo” nos ayudan ciertas plantas, porque cuando “uno pronuncia los nombres de las plantas –dijo en cierto momento (Tim)-, pronuncia el nombre de los dioses”.
La luz del botánico José Cuatrecasas
Un libro tan portentoso como ‘El Río’ cuenta con cientos de referencias botánicas y de botánicos. Wade Davis, su autor, hace repaso de los científicos españoles. Cuenta como Schultes se puso a trabajar en 1951 en la traducción al inglés de los diarios andinos, del siglo XVIII, de Hipólito Ruiz y José Antonio Pavón. Unos manuscritos perdidos durante siglos y que aparecieron accidentalmente, tras un bombardeo en la Segunda Guerra Mundial del Museo Británico de Historia Natural.
Aunque no faltan en la obra pasajes sonrojantes, aún hoy, donde los españoles acaban con la vida de cientos de miles de personas, directamente o por culpa de las enfermedades. “Cabezas cortadas exhibidas en jaulas de hierro”, o eran “destripados por perros en un repulsivo espectáculo público”. En ciento cincuenta años, los conquistadores habían acabado con la vida de más de cincuenta millones de nativos.
Pero aparece la luz entre estas sombras de la historia. Es la de José Cuatrecasas, “un español que había huido de la España de Franco y que se había establecido en Colombia”. Un experto en flora al nivel de Schultes. Fuera de la botánica, Cuatrecasas tenía dos fijaciones: su odio a los curas y a gastar dinero. Un científico brillante, que murió en Estados Unidos en 1996 a los 93 años. En ‘El Río’ se cuenta que en trescientos años, tan solo cuatro naturalistas habían visto la mítica orquídea azul (Aganisia cyanea). Los primeros, en 1801 fueron Humboldt y Aimé Bonpland. Le siguió medio siglo después el inglés Spruce y José Cuatrecasas en 1939. El quinto sería Schultes en 1942.



lunes, 12 de noviembre de 2012

El petirrojo y la lluvia

La genética humana nos predispone a otros mundos: a los tesoros de la música, a la expresión de la danza, a la imaginación incontenible de contar cosas o de crearlas, a cualquier creatividad. Estos mismos genes, también pueden despertarnos a los secretos maravillosos de la ensoñación, ante los vientos, la soledad o la lluvia. Capacidades guardadas en la especie humana, transmitida de generación en generación y durante 25.000 generaciones.
Cuando sentimos la emoción de la lluvia, la tranquilidad que nos proporciona. Apreciamos el brillo de las cosas mojadas, la abstracción de las gotas al chocar contra el agua de la charca. El menudeo de las mismas gotas en las hojas de los árboles. La imponente majestad de los nubarrones. La ingrávida seda de las nieblas. Notamos como si esta belleza ya estuviera aprehendida en nuestro ser, gracias a las misma admiración guardada por nuestros antepasados.
Cuando el tiempo empeora y nos hincha de esas sensaciones, y lo aceptamos con alegría sin saber el porqué de este don sencillo y campestre. Quizás, en ese momento deberíamos pensar que el ser humano lleva un millón de años, en el caso de nuestra especie, y muchos más milenios como homínidos, contemplando, seguro, con los mismos ojos la misma belleza de la lluvia.


Hace unos meses comenzó a llover en el Pirineo. ¡Tan bello! Desde el coche observé entre la vegetación empapada un pequeño petirrojo. En la oscurana del día, el óxido de sus plumas destacaba con la viveza de esta avecilla. Percibí también en sus ojos la misma contemplación de la lluvia que practicaban los míos.

Salí a dar un paseo por el pequeño pueblo de Saint Lary, donde me encontraba. Los impermeables mojados de los turistas se rozaban en los comercios de recuerdos, de ropa de montaña o en la librería. En la calle el bullicio no decaía, y había quién bajo el paraguas disfrutaba de la terraza de un bar o esperaba cerca del tiovivo. Otros estudiaban el plano de esta población del valle de Aure, donde a los ríos los llaman ‘neste’. A las afueras, las casas más feas se hacían fotogénicas gracias a la grisura del día. De vuelta al camping sabía que me esperaba una apacible tarde noche, hojeando los libros recién comprados, bajo el arrullo de la lluvia golpeando la tela de la tienda de campaña.


Rouge-gorge et à la pluie

La génétique humaine nous prédispose à d'autres mondes: les trésors de la musique, la danse d'expression, des choses imagination irrépressibles de compte ou créer, aucune créativité. Ces mêmes gènes peuvent également réveiller les merveilleux secrets de la rêverie, avant que les vents, la solitude ou la pluie. Capacités enregistrés chez l'homme, transmis de génération en génération et les générations à 25.000.
Quand on se sent l'émotion de la pluie, de la tranquillité qu'elle offre. Nous apprécions la luminosité de l'étoffe mouillée, l'abstraction des gouttes quand il frappe l'eau de l'étang. Le détail des gouttes mêmes dans les feuilles des arbres. L'imposante majesté des nuages. Les brouillards de soie en apesanteur. Nous notons que si cette beauté était déjà appréhendé dans notre être, grâce à la même admiration gardé par nos ancêtres.
Lorsque le temps se gâte et nous gonfle de ces sentiments, et je l'accepte avec joie, ne sachant pas pourquoi ce cadeau simple et rustique. Peut-être que nous devrions penser que l'homme prend un million d'années, dans le cas de notre espèce, et beaucoup plus que millénaires hominidés, regarder, bien sûr, avec les mêmes yeux la beauté même de la pluie.
    Il ya quelques mois il a commencé à pleuvoir dans les Pyrénées. So beautiful! De la voiture végétation trempée observée chez un petit rouge-gorge. Dans l'oxyde jour oscurana, leurs plumes mis en évidence avec la vivacité de cet oiseau. Également perçue à leurs yeux la contemplation même de la pluie pratiquer la mienne.
   Je suis allé faire un tour dans le petit village de Saint-Lary, où je me trouvais. Le imperméable mouillé frotté les touristes dans les boutiques de souvenirs, des vêtements de montagne ou à la librairie. Dans la rue, le bruit ne faiblit pas, et qui avait joui sous l'égide de la terrasse d'un bar ou d'attente près du carrousel. D'autres ont étudié le niveau de cette population Aure Valley, où les rivières sont appelés «Neste». Juste à l'extérieur, les maisons devenaient plus laid photogénique par la grisaille de la journée. De retour au camping savais que je m'attendais à une soirée tranquille la nuit, parcourant les livres nouvellement acquises en vertu de la berceuse de la pluie frapper le tissu de la tente.