viernes, 25 de noviembre de 2011

Desde la Sierra de Rute con Carlos Soria

No hace frío pero tengo frío. Y la lluvia se acerca, es una cortina neblinosa del mismo tono sucio de los nubarrones. Estoy en la punta de la falda de la sierra de Rute, que impide en una abierta curva de 6 o 7 kilómetros el avance del olivar, que hasta aquí ya no sube, aunque se queda cerca de estas empinadas y pedregosas laderas.


No he salido a esta soledad, he venido a esta compañía, la del viento, las hojas y los petirrojos. Y más temprano, antes de llegar escuchaba una entrevista al montañero Carlos Soria, lo admiro. Necesita la naturaleza, decía. Los ríos, los árboles y las altas cumbres. La semana pasada este montañero estaba en Cabra, adonde fui a escucharle. Sostiene Carlos Soria, que no es bueno escribiendo, “fui hasta la jubilación un tapicero”. Ahora tiene 72 años. Bueno, le han pedido un libro, yo me conformo con su forma de hablar, sencilla, optimista, transparente y apasionada. Cómo cuenta los amaneceres, esa raya de luz en el horizonte que deja aun un buen rato en la oscuridad el fondo de los valles y que ilumina primero las más altas cumbres y a quien está en ellas. Admirable.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Un lúgubre día de noviembre

6 de noviembre, día encapotado. En el valle de los Fósiles. Primero unas bellotas, después un par de almendras y luego unos disparos de cazadores y los ladridos histéricos de sus perros. Estoy demasiado cerca y vuelo como los zorzales a la otra parte del valle, dejo el pequeño arroyo y gano altura. Aparecen grandes huecos pedregosos rodeados de perfiles definidos de estratos calizos, me siento entre lonchas de pedruscos enormes, amontonadas, como si fuera la tapia trasera de un cementerio de gigantes, donde se acumulan vejas lápidas. Y es que el día es lúgubre, no por las magníficas nubes que nos regalan sus grises panzas, del mismo gris que estas viejas calizas. No… uno, otro y otros más graves en la lejanía, como si azotaran una alfombra. Son los cientos de disparos los que hacen este día de noviembre especialmente fúnebre. Acaba de pasearse una hormiga por el cuaderno, creo que ha dado el visto bueno.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

El otoño desde Sierra Nevada

Por fin ha llegado el otoño. ¿Cada vez llega más tarde? O más bien queremos que el año cumpla con sus estaciones. Necesitamos los cambios, porque de todo nos cansamos, incluido el luminoso y plácido verano. Bueno, también abrasador, lo que para mí lo convierte en insoportable.


Anunciaron la llegada de las lluvias. Fui al detalle de Sierra Nevada. Donde el pronóstico colocó cierta nubosidad y posibilidad de chubascos débiles. Así que madrugué para recibir la temporada en la alta montaña nevadense. Mi recorrido tomó el carril que te lleva hasta el refugio de San Francisco y después el sendero que llaneando entre los 2.150 metros, te asoma al barranco del río Genil, justo enfrente del refugio de la Cucaracha, en la ladera de enfrente y a menor altura. Llegando al refugio comenzó a llover. El edificio, encalado y de cúpula roja, destacaba como los hitos kilométricos de las carreteras. Una construcción casi centenaria, erigida a principios del XX, en la fachada hay una placa que indica 1920, por el Club Sierra Nevada. Un nido de águilas, antes de llegar a los peñones de San Francisco.

Como no había viento, el paraguas me fue lo suficientemente útil como para completar el recorrido, de unos seis kilómetros. Era el paisaje emborronado por la niebla, el rumor de la lluvia y la soledad de la montaña lo que andaba buscando. Tan paisaje es la definida figura de la montaña, como las etéreas nubes, con sus aguas y sus copos. Entre los jirones de la niebla, por momentos distinguí las primeras nieves asentándose en las cotas altas de la montaña. Bajo unas rocas, medio protegido por ellas y el otro tanto por el paraguas, estuve un rato, comiendo almendras y leyendo y escuchando el torrente del barranco de San Juan. ¡Cuantos santos, en un lugar cuya espiritualidad creo que no los necesita! Baje hasta el arroyo, mínimo en esta época. Seguí el sendero paralelo a un tramo de la acequia Haza Mesa. Después desemboqué en unos prados secos, cuajados de bostas del ganado que pasa el verano haciendo carne en estas alturas, grandes mierdas más o menos frescas y cientos de cardos cucos secos. Solo faltaba asomarme a las lomas que dan al barranco del Genil y del Guarnón para llegar al final del recorrido y disfrutar de las panorámicas. Como seguía lloviendo, retrocedí hasta el hueco de unos peñones, donde comí un bocadillo de mortadela, apaciblemente, callado, a las cuatro de la tarde, y con una temperatura de siete grados, dejando que el otoño se presentara.