lunes, 28 de agosto de 2017

Los senderos del mar, de María Belmonte

Puesta de sol en el flysch de Zumaya, 4 de agosto.



Ha sido una suerte prolongar los días en la costa vasca. Mantener la emoción de nadar en el Cantábrico, de la subida al monte Pagoeta o el vértigo de los impresionantes acantilados del flysch de Zumaya. Ha sido una suerte dar con el libro ‘Los senderos del mar. Un viaje a pie’, de María Belmonte, de la editorial Acantilado, y seguir aquí en el sur rememorando esos días norteños. Y fue en San Sebastián un día lluvioso del pasado 5 de agosto, llegamos en cercanías desde Orio. Paseamos por una ciudad abierta a su hermosa playa de la Concha, sin bañistas, desierta por el mal tiempo. Comimos en la Parte Vieja y como postre, mientras la familia paseaba por la playa de Zurriola, me fui a una de las librerías Elkar, la de la calle Bergara, y me hice con este hermoso libro, qué mejor sitio.
“Prefiero recorrer andando algunos kilómetros de un país que verlo entero desde un automóvil u otro medio de transporte”, es un buen principio para viajar y para comenzar el libro. María Belmonte recorre la espectacular costa a lo largo de varios viajes entre los meses de abril y septiembre y escribe de ballenas, de geología, de mitos, de botánica de oceanografía: “La mayor parte de las olas que llegan al golfo de Vizcaya y rompen contra la costa vasca nacen en el tempestuoso y agitado mar de Labrador, al este de Terranova y sur de Groenlandia”.
No hay mar donde vivo, pero sí calizas surgidas del fondo marino.
También abundan en su libro los escritores viajeros: Chatwin, Mcfarlane y su admirado Patrick Leigh Fervor, de este último no he leído nada, así que queda anotado para futuras lecturas. Son mucho más las referencias literarias y me alegra conocer a bastantes de los autores en sus lecturas recomendadas al final del libro. Ya no estoy en los paisajes del norte tan llevaderos en agosto. Pero ‘Los senderos del mar’ ha prolongado el placer de observar desde la cruz de Pagoeta a Zarauz y Orio, separadas por el Talaimendi, el paseo por San Sebastián, el baño en Zumaya y sus acantilados calcáreos. Por cierto, magníficas las páginas dedicadas a este acontecimiento geológico mundial, del que deseo escribir en otro momento.
María Belmonte recorre con amigos partes del camino y también a solas con el paisaje y su fuerza indeleble. Viviendo a cada paso la costa y sus sucesos naturales, la lluvia que arrecia, los helechos y el bosque, nadar y sentir el mar, o aquel martín pescador a la salida de Orio, que puso “una hermosa nota de color azul turquesa en el cielo de la tarde“. Son paisajes “que permanecen en nuestra memoria y perduran en nosotros por muy lejos que nos encontremos de ellos”. Y así siguen en mí esos paseos atentos y despreocupados de hace unas semanas. Senderos que habrá que andar y un libro que me llevará a otros libros. Porque es de la naturaleza y del ser humano de lo que escribe magníficamente María Belmonte.

La autora en una de las 14 imágenes que aparecen en el libro.



martes, 1 de agosto de 2017

Tiempo de emboscarse



Tronco de haya en el bosque de Gamueta.


Ha escrito Llamazares sobre los árboles. De las enfermedades como la Xilella fastidiosa, que ataca los almendros y los olivos. También las palmeras se secan, por los ataques del picudo rojo. Hoy mismo he visto junto a la carretera un hermoso olmo totalmente seco. Los olmos afectados de grafiosis mueren con las hojas puestas. De alguna manera el hombre está detrás de estas plagas. Y con el verano las llamas consumen millones de árboles, y no son las llamas del poderoso rayo, son las de la codicia premeditada o sobrevenida las que queman bosques completos. ¿Quién acertó con el cinismo del hombre cuando dijo que el propio árbol le da la madera para el mango del hacha?
Bosque del refugio de Linza.
Son fechas de vacaciones, y hay quien en vacaciones se dirige al descanso de una soleada playa. Al refugio de un libro. A la distinta tranquilidad del propio hogar cuando uno no tiene nada que hacer, algo que pienso cada vez más digno y menos contaminante. No es fácil ser dueño de tu propio tiempo, no es fácil siquiera ser plenamente consciente de ese tiempo.
Precisamente los árboles gestionan el tiempo de otra manera: creciendo durante siglos, muriendo durante siglos, pudriéndose durante siglos y puede que rebrotando eternamente. Son otras vidas que reverencio. Dispongo de unos días y lo he decidido: me voy al encuentro de estos viejos compañeros, nos emboscamos toda la familia.
 Aun quedan al doblar un empinado camino de montaña, enormes abetos, pinos, robles y hayas, cuyo fuste en otro tiempo aguantó las velas de los barcos. Impresionantes ejemplares entre los que adentrarse y perderse. No sentirse gran cosa, no saber gran cosa. Para Ortega, “solo cuando nos damos perfecta cuenta de que el paisaje visible está ocultando otros paisajes invisibles nos sentimos dentro de un bosque”. Quiero sentir esa extrañeza y ese vértigo, y si se puede hacer bajo la lluvia mejor. No voy a decir adónde, pero aun es posible, a pesar del hacha que es el mismo hombre. Julio Llamazares termina su artículo con la frase del poeta francés Claude Bobin: “Me gusta apoyar la mano en el tronco de un árbol no para asegurarme de su existencia sino de la mía”.
Miguel junto a espléndidos pinos negros en la faja Tormosa, Pineta.