martes, 24 de diciembre de 2013

Dos visitas al Balaitús

 A las montañas las defienden las tormentas, y las profanan los hombres encastrándolas con cruces, hitos o con su sola presencia. He admirado el Balaitús  en dos ocasiones, las que he necesitado para llegar a su cumbre. Y las dos desde su cara oeste, donde se presenta como un gran colmillo, entre otros afilados dientes de sierra como los picos Arrieles, en un panorama fantástico y puro.
Después de 1.000 kilómetros de coche, el 2 de agosto de 2004 aparco en el embalse de la Sarra, me coloco la mochila y comienzo a caminar en busca de esta montaña. La cálida tarde se ha embellecido con unas mariposas apolo que revoloteaban justo al comienzo de la subida del barranco del Arriel. Cuando lo corono estoy muy cansado, así que paso la noche en el primer embalse.
Llega un nuevo agosto, el de 2005, y vuelvo a los Pirineos. Lo hago con la familia, entre ellos mi hijo Miguel de 15 meses. Esta vez en la ascensión me acompaña mi sobrino Jesús, llegamos hasta la base de la diagonal del Balaitús. Pasaremos la noche en el abrigo Michaud, una covacha algo sucia, así que montamos dentro una pequeña tienda para pasar la noche. Al rato llegan una pareja de montañeros vascos, Lierni y Antxon que invitamos a compartir el vetusto refugio, aunque prefieren vivaquear unos metros más abajo en otros huecos de la pared. Al día siguiente, me encamino solo, con la esperanza de que al avanzar la mañana levante la niebla. Pero llega un momento en que el resalte de la diagonal rocosa termina y la niebla se ha convertido en una fina llovizna. Continúo por una senda que va perdiendo las trazas, paro un momento con la sola compañía de la silueta negruzca de las rocas más cercanas. 

 Decido darme la vuelta cuando entre la niebla aparecen Lierni y Antxon, quienes me animan a acompañarlos a la cumbre. Encordados y entre riscos subimos en un ambiente húmedo y frío. Dejamos atrás alguna placa que recuerda a un montañero que se quedó con la montaña justo en esta ladera. Al poco aparece un esqueleto metálico que indica la cumbre, a 3.144 metros, y donde compartimos unas fotos.
   Festejamos la ascensión con unas cervezas, abajo, en los aparcamientos. Hace casi una década de esta subido, desde entonces no he vuelto a ver ni a Lierni, ni a Antxon ni al Balaitús. Sí que he caminado por otras montañas del Pirineo, muchas veces en solitario, creo que es cuando la montaña más te habla, aunque no viene mal encontrar a otros montañeros con los que compartir soledades, nieblas y cumbres.



miércoles, 18 de diciembre de 2013

Hugo Obermaier y los glaciares de Sierra Nevada en mi mochila

Un paso como medida del ser humano, miles de pasos en la montaña. A 1.679 metros de altitud, en las proximidades de la Hoya de Robles, comienzo el paseo por Sierra Nevada, la pista se pone mala, hay placas de hielo. Esta ladera de la loma de la Cuna de los Cuartos, conserva un bosquete de melojos, con la mitad de las hojas secas aun en las ramas y la otra mitad en suelo, crujientes al pisarlas. Descubro en el camino, cerca de una vaqueriza, un par de cogujadas, no sé si comunes o montesinas. Hasta la cadena, punto de partida de excursiones como la de los Lavaderos de la Reina, he dado 7.604 pasos, lo que significa 5,24 kilómetros. Ahora lo que cruje es la nieve, con un sonido sordo, casi cálido y hogareño, como corteza de pan recién salida del horno. Cuatro dedos de nieve en la ladera norte, por donde se dirige la pista. Un grupo de mirlos capiblancos me observan a distancia, me siguen exhibiéndose en algunas rocas, son pájaros de zonas frías, de montañas de más al norte donde crían, aquí están de invernada, en un terreno de enebros y sabinas rastreras, que le es familiar.
 Sigo por la loma de Papeles, sobre un piorno encuentro un excremento, creo que de zorro, lo componen huesos de frutos de agracejos. En la cima, de 2.424 metros, un águila real levanta el vuelo, desciende solo un momento, para inmediatamente elevarse en círculos sobre sus fantásticos dominios. 15.543 pasos y 10,72 kilómetros, hasta este lugar bello por solitario y silencioso, el hito de la cumbre queda cerca, al oeste. Y frente a mí, las perspectivas de los tresmiles nevadenses, desde Los Cervatillos, Puntal de los Cuartos, Cuervo, Cerro del Mojón Alto, al fondo la Alcazaba, Mulhacén y el Veleta. Pero me quedo con toda la cañada que lleva al collado de las Buitreras, a 2.992 metros todo blanco y cercano, extremadamente iluminado en este momento.
A la vuelta, después del queso, jamón, pan y naranja, tras admirar los perfiles de esta parte de la sierra; llegando a la altura de la lejana loma del Guarnón, saco de la mochila el libro ‘Los glaciares cuaternarios de Sierra Nevada’, de Hugo Obermaier. Es una reedición, ampliada, de 1997. El original fue publicado en 1916, contando con la colaboración de Juan Carandell. Ambos científicos se adentraron en estas montañas en agosto de 1915, para estudiar las huellas que dejaron los glaciares. Para realizar el más famoso dibujo del libro, subieron hasta esta loma de papeles, hasta donde me encuentro, seguramente un poco más abajo, porque la loma del Guarnón despunta en el perfil del horizonte. Obermaier nos presenta una cara norte espectacular, que ya no existe, con lenguas glaciares descendiendo por las cuencas de los arroyos de Vacares, Valdecasillas, Valdeinfierno y Guarnón. De eso hace 10.000 años o más, sigo el camino, inquietado por los ladridos de unos perros cercanos. Antes de llegar al coche, cojo unas hojas secas de melojos.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

'Viaje a la Antártida', de León Lasa

 He mirado en Internet el precio del viaje en el MS Fram a la Antártida y cuesta entre 9.000 y 14.000 euros. El escritor de viajes León Lasa lo ha hecho. Y ha escrito un libro doblemente apetecible. Porque es ir a unas islas y a un continente inhóspito, fascinante, de tiempo inclemente aún en el verano austral; y también es un viaje al espíritu tranquilo de este viajero y su mirada de estos parajes.
Así, coincido, yo solo leyendo, con el gusto por los lugares solitarios, apenas humanizados y donde la naturaleza se impone con la fuerza del hielo, de los vientos y de las olas. El Fram, buque noruego moderno y confortable, visita Las Malvinas, las Georgias del Sur, las Islas del Rey Jorge y la península Antártica. Hubiera deseado más presencia en estas páginas de la imponente fauna de focas, pingüinos y aves árticas. Dice Bruce Chatwin: “Los albatros y los pingüinos son las últimas aves que se me ocurriría matar”, en su libro ‘En la Patagonia’, un rincón por el que también ha viajado y escrito León Lasa.
El rudo escenario antártico pasa ante el moderno y confortable barco, donde “no había televisión… y salvo excepciones Internet, el uso del móvil era prácticamente imposible… El mundo sin estímulos, sin picoteo constante,  sin permanente distracción”. Lo que permite horas y horas de recogimiento en el camarote, y a través del gran ojo de buey ver pasar un mar encrespado y trozos de hielo. “Allí dentro, con una taza de café caliente entre las manos y un libro cerca, me sentía a salvo de todo”.
Y entre libros y desembarcos a recónditas playas, y buscando libros en la Malvinas, y allí donde una fila de casas asemeja una calle, se suceden sabrosas reflexiones sobre literatura, el medio ambiente, la superpoblación, el calentamiento global e incluso sobre el futuro de los hijos. Por supuesto, se repasa la historia de los primeros navegantes, la mayoría españoles. Y de los grandes exploradores, Scout, Shackleton, Amundsen, Cherry Garrard u Oates.
“El Fram parecía patinar sobre un mar en calma, encajonado entre una y otra tierra: estábamos en el estrecho de Gerlache, sin duda uno de los lugares más hermosos del mundo”. No he estado, no he viajado en el Fram, pero he estado y he viajado en ese barco noruego, gracias a León Lasa.


jueves, 7 de noviembre de 2013

Hojas de hierba seca

Seco es el otoño. La pinocha cruje a comienzos de noviembre en la Sierra de la Nieves. Las acículas se parten al paso de las ruedas de mi bicicleta. Todo espera el agua. Los chaparrones caídos no han valido. Hay polvo en la pista a Los Sauces y en el puerto de La Mujer, desde donde se divisa un pico Torrecilla sin nieve, seco también. Y los lejanos y altos prados amarillos. Pajizos llevan desde junio, con julio, agosto, septiembre y octubre. Bajo hacia el río Turón, y su cauce es un chinarral. Y todo el paisaje es bello, es una lección de resistencia en estas permeables calizas.
De El Burgo a Lucena hay 116 kilómetros, y ahora en Lucena, en La Camila, todo seco. Escucho Coetus, en La Tarataña, una reinterpretación magistral, orgánica y misteriosa de una canción del norte de León y sur de Asturias: ‘Son de arriba’. Con la hierba seca, seca la primera hierbecilla que apuntó con los chaparrones de hace ya días. La tierra cuarteada en noviembre, como heridas abiertas. Y sonando en mi cabeza una percusión de pedernal, de coros lobunos y castañuelas estridentes. Algo mágico y primitivo, un crómlech emergiendo de la tierra, un corro de brujas. Y la voz atávica de Eliseo Parra.

Corre el lobo salido de una caracola o de una cuerna, y corremos nosotros, avivados por panderos de vibrantes pellejos y cascabeles, en este mes de ánimas. Pandero cuadrado, pandero con porra y tambor de cuerda http://www.youtube.com/watch?v=X-HUtqHxOSM  . Y la poca hierba que ha salido en La Camila la ha roído un conejo.

lunes, 14 de octubre de 2013

Nota otoñal


Moléculas de agua evaporadas y agrupadas en minúsculas gotas, con la densidad suficiente para hacer visible la nube. Nubes que viajan empujadas por el viento. Se formaron en el atlántico y como frente, el primero del otoño, han llegado a la Península Ibérica. Y en el minúsculo tramo de la vía verde, entre un manchón de encinas y un banco rústico de traviesas de tren, estas nubes lejanas han descargado una fina lluvia, de forma intermitente, a lo largo de las horas del último fin de semana de septiembre.

Entonces hemos visto una hembra de tarabilla norteña, especie poco común, imagino que en tránsito por estos lugares, también nos han sobrevolado una pareja de águilas culebreras. Y de una gran encina al borde de la trinchera de la vía verde, ha partido un grajo, espectacular en su negrura en su mirada inteligente. Y las verdes pámpanas de las viñas amarillean ligeramente, y ocultos, algunos dulces racimos de pequeñas uvas. Primera nota otoñal.

martes, 24 de septiembre de 2013

A Seamus Heaney, su señorita Walls y Dan Taggart

Aprendió de la señorita Walls el misterio de la metamorfosis del renacuajo, de cómo la rana macho y la hembra se emparejaban y la hembra depositaba “la baba tibia y espesa de las huevas”. A los 25 años cuando escribió el memorable poema ‘Muerte de un naturalista’, aún debía tener fresca en la memoria la recogida de huevos de rana, en primavera. Llenar tarros de mermelada con ellos, y ponerlos en fila en la ventana y “observar con paciencia / hasta que esas manchitas se hicieran renacuajos, / y ver cómo nadaban con destreza”. El 30 de agosto murió Seamos Heaney, el bardo irlandés, premio Nobel, después de una corta enfermedad y con solo 74 años.
En sus poesías habló de la cuestión irlandesa, de su catolicismo. Lo hizo con humanidad en un “pulso entre lo lírico y lo cívico”, leo en el obituario firmado por Manrique Sabogal. Cuando le concedieron el Nobel, en 1995, busqué un libro suyo en la librería de Pipo: Norte (Editorial Hiperión). Y por encima de versos políticos, y las referencias históricas, se grabaron en mí los pequeños detalles de la naturaleza. “Una mañana en Devon / encontré un topo muerto / perlado de rocío. / Yo pensaba que el topo / era un excavador de fuerte osamenta / pero allí estaba / pequeño y frío / como el mango de un formón”. Entonces el pequeño volumen de pastas verdes y un tosco dibujo en negro de vikingos, me acompañó a algunas excursiones, como un libro escogido para grandes encuentros con el viento y la hierba. “En diciembre en Wicklow: / Los alisos gotean, los abedules / Heredan la luz última”.
Seamus Heaney hace también arqueología con sus versos, y rescata huesos y momias del suelo, del barro. Miro el estrecho lomo de North, y sé que hay está ‘El hombre de Grauballe’, la perturbadora momia de la Edad de Hierro, conservada por una turbera de Dinamarca: “Tal que vertido / en brea, yace sobre almohada de césped / y parece llorar / su propio río negro”.

Seamus tenía seis años cuando vio por primera vez a  Dan Taggart ahogar gatitos. Esto es la poesía.

lunes, 1 de julio de 2013

El día del guillomo o malanguera

Llegando estas fechas, al menos para mí, estos parajes se convierten en inaccesibles. La sequedad y las altas temperaturas hacen poco recomendable caminar por las asperezas del Jardín del Moro. Es el verano en la Sierra de la Horconera, donde la roca viva se calcina ante el hiriente sol, se agrisa aun más. Un par de pajarillos especialistas hablan del entorno, de matorrales dominantes, no hay árboles, es una sierra pelada. Hay que buscar en los recovecos para dar con algunos chaparros y algunos quejigos de cinco o seis metros. Aquí vuelan, entre punzantes aulagas y apretados romeros, la curruca rabilarga y el zarcero común; y donde las piedras dominan nos observa la collalba negra y pasa raudo el avión roquero. Pero más que los pajarillos este día son otras alas las que sorprenden, casi abruman por su abundancia, son las de las mariposas medioluto herrumbrosa (Melanargia occitanica) y lobito listado (Pyronia bathseba).
He visitado la zona a lo largo del año, la última vez el pasado 1 de junio, con calor y con ganas de saber qué arbolillos, media docena, crecen en una pequeña cañada a unos 900 metros de altura.
He visitado la zona a lo largo del año, la última vez el pasado 1 de junio, con calor y con ganas de saber qué arbolillos, media docena, crecen en una pequeña cañada a unos 900 metros de altura. Cuando los descubrí, a primeros de abril, apenas si habían echado unas hojuelas redondeadas, aprecié su corteza lisa y cenicienta, creciendo en forma de largas varas, cerca unos de otros y expuestos al diente de las cabras que carean por estas sierras. En esta nueva visita se despejó la incógnita, pude ver incluso las últimas flores, de pequeños pétalos blancos y situadas al final de las ramas. Son guillomos o malangueras (Amelanchier ovalis) y son poco frecuentes en estas montañas.


El día del guillomo, las flores más tardías salpicaban aquí y allá el sendero. Las escasas Allium moly, el único ajo amarillo de este territorio, la Arenaria armerina subsp. armerina y la vistosa, de flores azuladas y algo más frecuente Campanula dieckii (C. decumbens). El lino blanco, Linum suffruticosum, se presenta en vistosas matas que ahora están en su apogeo. Si los arbustos de lino se exponen aquí y allá, en el fondo de los barrancos están en su óptimo las rosadas flores de la Rosa pouzinii, entre los matorrales y de un rosa aun más vivo, están las flores púrpuras de Gladiolus illyricus y las pequeñas de Dianthus anticarius subsp. anticarius, especies poco frecuentes, adaptadas a estos pedregales; igual que las matas rastreras de Thymus granatensis subsp. granatensis, un tomillo escaso en la comarca que aquí es habitual. Sin embargo, el piorno amarillo Echinospartum boissieri, estaba dando las primeras flores. Hace calor y no hay agua, pero estas plantas aun dan algo de frescor y mucho interés al paseo.


jueves, 20 de junio de 2013

‘Salvaje’, de Cheryl Strayed


El SMP, Sendero del Macizo del Pacífico, tiene medio metro de ancho y 4.285 kilómetros de largo. Recorre los estados de California, Oregón y Washington, comenzó a idearse a principios del XX y fue declarado sendero paisajístico en 1968, año de nacimiento de Cheryl Strayed. Aunque no fue un sendero total, de México a Canadá, una línea ininterrumpida montañosa hasta los años 80 del siglo XX, un sendero de altura, cresteando en muchas ocasiones, pasando cerca de las grandes elevaciones de la Sierra Nevada americana o la Cadena de las Cascadas, que tienen numerosas cotas superiores a los 3.000 metros y algunas de más de 4.000 metros. Un terreno vasto, desértico al principio, nevado, rosoco y boscoso después, y siempre tan solitario como enorme.
Con 26 años Cheryl comienza a recorrerlo, como un purgante para su vida. “Había sido muchas cosas. Afectuosa esposa y adúltera. Amada hija que pasaba ahora las vacaciones sola. Ambiciosa alumna aventajada y aspirante a escritora…”; y además, sufrir la fulminante enfermedad y muerte de su madre. A pesar de Monstruo, una mochila enorme y pesada que tiene que cargar enfundada en unas botas que le están pequeñas, a pesar del cansancio y el dolor de pies, Cheryl recorre buena parte del sendero, desde Mojave hasta Puente de los Dioses. Le lleva tres meses, termina a mediados de septiembre. A pesar de hacerlo en verano, hay partes que están cubiertas por la nieve, hace algún rodeo, describe algunos senderistas compañeros de fatigas: Greg, Tom, Albert y Matt, el malogrado Doug o los Tres Jóvenes Machotes. Pero el camino lo hace sola, porque “la soledad siempre me había parecido un lugar real, como si no fuera un estado, sino más bien un espacio a donde podía retirarme para ser quien de verdad era”. Se encuentra con pocas personas, con algún alce, un oso, coyotes.

“Me encantaba abstraerme en el ritmo de mis pasos y el golpeteo de mi bastón de esquí en el sendero, en el silencio y las canciones y las frases en mi cabeza”. La recompensa al final del día era la lectura, pasan Faulkner, Flammery O’Connor, Nabokov, Joyce y Coetzee. Y está la formidable naturaleza. “El bosque era mágico: gótico en su grandiosidad verde”. Recorrer 1.700 kilómetros, “caminar durante kilómetros sin más razón que ser testigo de la acumulación de árboles y praderas, montes y desiertos, torrentes y rocas, ríos y hierba, amaneceres y puestas de sol. Era una experiencia poderosa y fundamental”. Es ‘Salvaje’, directo, vital ¿un libro beat? Es el viaje de Cheryl Strayed.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Por La Munia o L’Almunia, a 3.134 metros en los Pirineos

Despliego el mapa de la zona de Monte Perdido[1], es una edición con la toponimia local, dirigida por Eduardo Viñuales. La fabla aragonesa, que como las flores alpinas, tiene sus características según el valle, da bellos nombres a los ríos, praderías y picos. Es el belsetán el que nombra estos lugares. Hay aldeas tan bellas como sus nombres: Espierba, Zapatierno o Chisagüés, en los valles de Pineta o Berde y el Real.
Cuando en las vacaciones de agosto salí del camping de Pineta para subir a La Munia (3.134 m) dejé dicho en recepción cuál iba a ser mi excursión, dije que subiría por Piedramula, a lo que el chaval me apostilló: “por Pietramula, como se nombra por aquí”. Así que mi relato se llena de estas palabras pirenaicas.
Fueron dos intentos los que necesité para disfrutar de L’Almunia. El primero, más pausado, con noche en sus lagos, ibons d’el Tromacal. Y el segundo, directo con la mente puesta en la ascensión, en una sola jornada totalmente despejada, el triunfo no era la cima en sí, sino las crestas, el paso del gato, mis miedos y vértigos.
El 3 de agosto comienzo la caminata tras dejar el coche pasados unos seis kilómetros de Chisagüés, tras remontar la pista del valle del río Real, hasta una llanada donde la pista se hace muy empinada y solo apta para todoterrenos, o viejos Peugeot 205, como el de algún ganadero con el que me crucé en la bajada. Estoy a 1.700 metros, aún me quedan otros 200 metros de desnivel y 2 kilómetros hasta Pietramula, donde la pista gira a la derecha en busca de los altos pastos de El Cableto y las antiguas minas del pico Liena (2.491m). “Comienzo la caminata a las 10:53, a 17ºC y a 1.700 metros, donde se abre el barranco del río Real”, son las notas en un pequeño cuadernillo. “Se escuchan los ladridos agudos de las marmotas y alguna esquila. Hay una pequeña borda y abajo en el río, en la otra orilla hay un gran redil. Fotografío las primeras flores: milenrama. Silencio”.  Aunque es una zona tranquila, por esta pista discurre el GR-11, para los que vienen o van a Pineta o a Ordizeto. Por la cuneta del camino va agua fresca, chorrea por el talud de un manantial cercano, hay matas vigorosas de amarillas Saxifraga aizoides, encuentro en el pedregal de los bordes del camino Dianthus hyssopifolius subsp. hyssopifolius, con sus pétalos rosados de largos flecos. En las rocas florece Potentilla alchemilloides, de numerosas flores blanco crema y hojas digitadas con hasta siete segmentos. “Las terneras se lamen y el badajo se arrastra por el cencerro, rascapón, rascapón, rascapón. Y las nubes rascan las cimas, voy a escucharlas”.
Desde Pietramula, en la curva de la pista, parte la senda que a los pocos minutos atraviesa el arroyo que baja del barranco del Clot d’es Gabachos, donde la ascensión va por la ladera herbosa del Pico d’el Chinipro (2.797 m.). En algún momento junto al arroyo del barranco Sobrestibo pierdo la senda que localizo evidente un poco más arriba. Los nubarrones refrescan la subida cargado con la mochila. Un pasto denso y pinchudo, de Festucas, domina ahora el camino, con sus flores típicas como la Merendera montana, de pétalos rosados a ras de suelo, las flores azules, en laxa espiga, de Campanula rotundifolia, las grandes matas de Cirsium eriophorum, a punto de mostrar sus púrpuras flores o los robustos Iris latifolia. De menuda talla aparecen las flores de Erigeron uniflorus, casi escondidas entre la hierba.
Primer tramo entre los 1.700 y 2.200 metros donde encuentro:

Viola saxatilis               Helianthemum nummularium subsp. pyrenaicum
Digitalis purpurea         Achillea millefolium
Briza media                  Aconitum anthora
Saxifraga aizoides        Potentilla alchemilloides
Hieracium pilosilla        Dianthus hyssopifolius subsp. hyssopifolius
Erigeron uniflorus         Campanula rotundifolia
Cirsium eriophorum      Iris latifolia
Sedum rupestre            Trifolium pratense


Un canchal que baja de Punta La Larri nos lleva por la collata Las Puertas a la cubeta que aloja el ibón inferior d’el Tromacal, son los lagos de L’Almunia, la senda que lo bordea nos lleva al ibón superior, en cuya cabecera hay sitio para plantar la tienda de campaña a 2.500 metros. A la orilla del lago hace una temperatura de 14º C, la del agua superficial está a 10º C. Como, estoy cansado, me duelen las caderas del balanceo y del peso de la mochila, estoy sentado y preferiría estar tumbado en este gran espacio, al sur la punta de La Larri (2.741 m), al este el retorcido morro del Rubiñera (3.005 m), imponente, encima. Al oeste poderosa destaca penna Blanca y tras de mí, aún lejos, L’Almunia (3.134m) con su kilométrica cresta. Es el mundo mineral y puro que venía buscando, el de las alturas conseguidas por piernas, a cada metro alejándome del ámbito humano y entrando en la poética de la montaña. “Encima del lago superior, de menor tamaño que el primero de los lagos, hay un nevero, donde un arroyo que baja por unos escarpes cava una pequeña cueva; y encima encuentro bellas rocas limadas por el paso de los hielos en antiguas épocas glaciares”. Merodeo, buscando las magníficas flores alpinas, aquí y allá en las grietas de la dominante roca y me entretengo un rato observando un grupo de sarrios. “Me acuerdo de Colin Thubron, cuando en su último libro comenta que con cansancio es difícil tomar notas”: ‘El viaje no estimula la reflexión, como había esperado. El avance es demasiado duro; la cuesta demasiado empinada’.[2] Y es verdad. “A estas alturas la digestión del pan y queso se me ha hecho muy pesada y la cadera me duele, y por ahí se van todos mis pensamientos”. Pero el organismo está en la montaña, absorbe este viento y estas rocas, no hay otra distracción artificial, todo se presenta puro y primigenio, luego vendrá la evocación. Me echo en una piedra plana, pulida por el hielo. “De la ensoñación me ha despertado un ¡eoh!, no veo a nadie, pero descubro una docena de sarrios pastando. ¿Me habrán llamado ellos? Me han descubierto y se han alejado con ese silbido de alerta, como con desprecio, como si te escupieran. Qué maravilla los escucho, incluso sus pisadas y las piedras que remueven. Un hombre solo, tomado de uno en uno, es un ser silencioso. Muy por encima veo… creo que un quebrantahuesos”.
He descansado, se presenta una tarde en torno a los lagos, no hay nadie. Puedo elegir donde plantar la pequeña tienda de campaña. Prefiero un parapeto de piedras, que marca donde otros montañeros han vivaqueado. Está a pocos metros de la orilla, entre Carduus carlinoides, que a estas horas de la tarde son visitados por los abejorros, que con las esfinges colibríes suben hasta aquí para libar. De un verde oscuro, junto al agua crecen algunas matas de Carex frigida y salpicando este terreno de alubión también encuentro la Saxifraga praetermissa en su mejor momento de floración. Los dos lagos de L’ Almunia, que bien podrían ser del Rubiñera, que se alza a pico desde sus orillas, están separados por un espolón que desciende de este tresmil. En las grietas hay gramíneas especialistas como Poa cenisia o el helecho Dryopteris  oreades. Geranium cinereum, con sus grandes flores rosas, alfombra la base de este espolón.
Es un lujo escondido y trabajoso. Sin pretenderlo he montado la tienda en primera línea de costa, en la orilla calmada del lago superior de L’Almunia, donde sale el sol y te quitas el gorro, se esconde te lo pones; y entonces llega la nube más oscura y en el apagado panorama atruena un helicóptero naranja. Atraviesa toda la ladera del pico La Larri, desde el collado de Las Puertas hacia el barranco de La Larri. Espero que no sea nada, siempre alarman estos artefactos. Sale el sol, y me llama la atención la blancura de penna Blanca, y recuerdo la primera vez que subí a este lugar, hace seis años y la vi, de una sola pieza, inclinada y limpia. Entre montañas oscuras resalta esta mole de tocino, una Moby Dick del Pirineo.
Subo por un gran nevero que desemboca en la extensa playa aluvial del lago superior. Un arroyo de fusión, viene de otro gran manchón de nieve de más arriba. Sus aguas heladas han cavado una cueva que exploro, el arroyo atraviesa la nieve vieja y se filtra por las piedras, imagino que irá a parar al lago. He metido el termómetro en el agua y marca 2ºC. En los alrededores hay minúsculos praditos con flores de Armeria bubani, bamboleándose con el viento y Alchemilla alpigena. En las grietas las hojas viejas de la Phyreuma hemisphaericum se mantienen abajo, en la planta, creando mantillo y actuando como esponjas cuando llueve. Exploro las rugosidades, el aspecto de las rocas, encuentro unas extrañas formaciones, como espinazos. Desde aquí, a unos   2.650 m. observo un nuevo grupo de sarrios, o los mismos de antes, que han visto mis intenciones de simple observador. Son las 20,30 horas, la felicidad de la tarde, a 10ºC, el sol se oculta tras penna Blanca, sus rayos iluminan las partes altas de L’ Almunia y también el flanco oeste, retorcido y característico del Rubiñera por donde pasan girones de nubes, que se desplazan mimosas por estas cumbres. El viento riza el agua del ibón y me meto en la tienda a leer un poco y descansar.


En esta zona encuentro:
Trifolium alpinum                     Trifolium pratense
Saxifraga praetermisa               Saxifraga moschata
Saxifraga bryoides                 Alchemilla alpigena
Arenaria purpurascens Armeria bubani
Asplenium septentrinale            Chrysanthenum alpinum
Cryptogramma crispa              Galium pyrenaicum
Linaria alpina                           Myosotis alpestris
Nardus stricta                          Campanula scheuchzeri
Phyreuma hemisphaericum       Poa cenisia
Senecio pyrenaicus                  Carduus carlinoides
Geranium cinereum                Dryopteris  oreades



A las ocho de la mañana ya estoy en marcha. La roca viva predomina en esta subida hasta el collado de l’Almunia a 2.853 m. Acudo a la irresistible llamada de algunas florecillas, en una grieta una mata de Silene acaulis, está totoalmente florida, es el secreto de este gran peñasco, una gran superficie pétrea y en su centro un mínimo jardín. El día es gris, pero me he despertado montañero, debo subir a la cumbre. Poco después de las nueve ya estoy en el collado, en la parte española las nubes azotan estos paredones, pero apenas si traspasan esta divisoria, y el circo de Troumouse está iluminado por el sol y muy al fondo, en el valle, las nieblas vuelven a tapar la tierra, donde se encuentra Héas, ayudado por unos pequeños prismáticos veo su capilla, la chapelle de Héas. Me encuentro un par de montañeros valencianos, han pasado la noche en el ibón inferior, subieron por La Larri, los sigo un trecho, lo intento por la parte menos expuesta, pero me impone el panorama, las nieblas añaden vértigo. Cuando los veo encordarse para afrontar el paso del gato, decido dejarlo, debo estar a unos 2.900 metros. Al poco pasa un grupo de catalanes, entre ellos un viejo montañero, que me invitan a acompañarles, pero ya he concluido que hoy no, me quedo con las saxifragas, apretadas en las grietas, resistiendo los vientos, Saxifraga bryoides y Saxifraga pubescens subsp. iratiana. Sobre la flor rosada de una armeria descubro una oruga que tranquilamente se entretiene en crecer a casi 3.000 metros, busco en un libro y creo que es de mariposa ortiguera. A estas alturas y en estas soledades tempestuosas casi me considero un eremita y me doy cuenta que es algo que ya descubrieron las vulnerables orugas de mariposa.
Los excursionistas decididos, más decididos que yo, que me encuentro en mi primer intento me animan para un segundo. Que acometo a los pocos días, me convence de que allí arriba está el paso del gato, grado II, liso pero no en el abismo que me atemorizó la primera vez, el resto de la cresta no la conozco, pero las guías montañeras[3] marcan el paso del gato como el más comprometido, luego la cresta cuando se afila presenta grado I.  Así que el 9 de agosto, cinco días después; y con un día totalmente despejado vuelvo a dejar el coche en el mismo lugar y dedico toda una jornada en la subida de L’ Almunia. Esta vez llego a su cima. La pared del gato la abordo sin problemas, y el resto de la cresta solo se hace larga y tediosa, un kilómetro o más de subes y baja en la roca pura. Padre e hija, de Valencia, almuerzan junto al montón de piedras y una estaca que marca la cumbre, 3.134 m. Antes de marcharme un par de mariposas ortiguera (Aglais urticae) se revolotean y se posan a mis pies.
La bajada del día 4 de agosto se produce entre llovizna, ese día no he conseguido llegar a la cumbre. Justo debajo del collado, pasa un arroyuelo de fusión donde bebo agua, fotografío los lagos y dejo que el panorama me envuelva. Recompenso el miedo con los pequeños detalles, algunos tan formidables como las flores amarillas y grandes de Doronicum grandiflorum, en unos crestones apagados por la humedad y las nubes, destaca como un pequeño sol de lujuria en la austeridad reinante. Magnífico ejemplar que llama la atención en todo su derredor. Encuentro también Rhododendron ferrugineum, debe ser el límite altitudinal de este arbusto, que está en flor, una rama retorcida y resistente a 2.700 metros.

Entre las cercanías del collado y la zona de cumbres:
Doronicum grandiflorum                    Rhododendron ferrugineum
Saxifraga bryoides†                             Saxifraga pubescens subsp. iratiana.
Silene acaulis                                       Linaria alpina
Epilobium anagallidifolium                    Sempervivum montanum subsp. montanum
Oxyria digina                                     Myosotis alpestris


Al fondo los lagos reflejan la luz que entra por el collado Las Puertas, sobre mí, los nubarrones mantienen su amenaza en una ligera llovizna, que ya no me abandona hasta llegar a la tienda de campaña, como dentro y descanso un rato. Desmonto. Feliz y con fresco acometo la bajada, aparece de nuevo el valle Real y Pietramula y la pista que va a Chisagüés. Un trueno sordo, al fondo, se encarga de dejar grabados estos días en la montaña.





[1] Mapa excursionista 1/40.000 Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido y Valle de Añisclo. Eduardo Visuales Ed. Prames.
[2] Colin Thubron ‘Hacia una montaña en el Tíbet’. Ed. RBA 2012
[3] Guía Montañera 100 cumbres del Pirineo Aragonés, David Atela. Edizioak SUA 2002

lunes, 20 de mayo de 2013

Pasan las nubes


 Había un claro de cielo encima de mí. Entonces me puse a clavar algunas estacas de madera para asegurar, del fuerte viento, los largos y finos troncos de los arbolitos de La Camila. He trabajado un rato con el nogal,
la morera y la robinia, atando sus ramas con una cuerda a las estacas, mientras sus hojas palmeaban con el aire. Ahora me he detenido a esperar el siguiente chaparrón. Unas nubes muy grises han avanzado cubriendo este trozo de cielo, de oeste a este. Un color plomizo que adoro, con sus betas de tonos humo blanco, panza de burra y grafito. Mi coronilla está atenta a las gotas frías… y cuando caigan, cuando se derramen de esa nube regadora, me meteré en la caravana, me tumbaré acurrucado por el golpeteo de la lluvia sobre el techo de hojalata.
Ha llovido con fuerza, como si desfilaran fieras de vapor ahí arriba. Me preparo para el siguiente chaparrón. Poco a poco, como espesas cortinas, los cúmulos se acercan rozando las colinas, borrándolas de una espesa lluvia. Hago algunas fotos y empieza a llover y a tronar.


lunes, 29 de abril de 2013

Monterapia, de Juanjo Garbizu



¿Será caminar un sencillo mecanismo para la felicidad? El ejercicio más ancestral y primario, ¿ha preparado a nuestro organismo para sentirse bien? El cansancio, incluso el agotamiento tienen la recompensa de la plenitud orgánica, y aquí incluyo también la espiritual, porque en realidad somos seres caminantes. Marchar por la montaña, desplazarnos para contemplar la grandeza del paisaje, debe ser una práctica recomendable.
 El libro ‘Monterapia, cuesta arriba se piensa mejor’, de Juanjo Garbizu, reflexiona sobre los beneficios del montañismo y senderismo, por modesto que sea. Frente a la historia mercantilista, materialmente abrumadora que nos ha tocado vivir y que nos desequilibra a tantos; Garbizu nos propone la terapia de la montaña. Porque “es obvio que cuanto más alto subes, todo lo que vas dejando abajo en el valle va adquiriendo otra perspectiva, llegando a relativizarse de forma importante”.
Juanjo nos pregunta a los lectores cuándo caminamos durante horas bajo la lluvia, cuándo vimos amanecer, o atardecer desde un entorno natural. Si abandonamos la ambición de la cima, como si fuera un triunfo más, la convertiremos en un regalo. Y esa cima a la que llegamos por placer, debe completarse con la bajada, porque toda forma parte de la montaña y de su existencia. “La montaña solo nos pertenece después de que hemos regresado al valle. Antes, somos nosotros los que pertenecemos a la montaña”. De forma amena, incluso multimedia, porque hay enlaces a imágenes que podemos ver en Internet, Monterapia se presenta como un ensayo sobre la montaña, como el lujo para el cuerpo que son las montañas, por pequeñas que sean.

martes, 23 de abril de 2013

Subida en blanco





Nada más comenzar a caminar pienso que es tan bello un arruinado observatorio astronómico como las ruinas de un castillo. Ambos en promontorios solitarios, el primero buscando las mayores alturas, un cielo más puro. Ahí inicio la caminata en la Hoya de la Mora, enterrada aun en nieve, después de las abundantes nevadas de este año. A mi izquierda la soledad de la sierra se abre cegadora en este radiante día. Y a mi derecha el bullicio de la estación de esquí y sus practicantes.
Caminar a un metro de la hierba en pleno abril. Porque la hierba está dormida, bajo un manto de nieve. Subir al Veleta con crampones asegurándote un paso firme, afrontar el desnivel y la belleza de un cielo envidiablemente azul, como una recompensa. Abajo todavía no han llegado los niños a jugar con sus trineos. Me encuentro a un estudiante búlgaro que quiere compañía durante la caminata, aunque al poco voy solo, disfrutando solo de este día esperado. Es la nieve la que domina absolutamente estas alturas de Sierra Nevada, acumulada por metros de espesor.
Dormido aún está el barranco de San Juan, su río y sus borreguiles, y sube uno hasta las aristas del corral del Veleta, donde suspiran los últimos hielos, en su relicto glaciar rocoso, ahora todo sumergido en el paisaje más blanco. Y luego la rampa final, esa que me recuerda a la aleta de un tiburón de las nieves. En la cima ya hay montañeros y esquiadores, que se tratan con la camaradería que dan las alturas. Estamos a 3.396 metros, comparto unas galletas con algunos de ellos, como Gilles Tana, con gorro de orejeras y tabla de snow. Mi amigo búlgaro se suma un poco después, cuento hoy veinte observadores de lo blanco y un acentor alpino.


‘Los tresmiles de Sierra Nevada’, de Juan Luis Ortega y José Manuel Peula

Me había prometido dos regalos. Visitar la sierra y atesorar un nuevo libro de montaña, como ‘Los tresmiles de Sierra Nevada’, de Juan Luis Ortega y José Manuel Peula de Ediciones Universidad de Granada. Más de 500 páginas de fotografías, algunas a doble página, mapas, tablas de desnivel y unas sucintas descripciones con excursiones de un día, incluyendo la subida a los 29 tresmiles de la sierra y otros parajes señalados. Los picos, las lagunas, los arroyos, los carámbanos, los refugios no guardados, el ganado, los bosques y las nubes están retratados. Por ejemplo, la ruta del Veleta incluye también la subida al próximo Cerro de los Machos, en una excursión de siete horas y media. La edición incluye el libro de gran formato, más una guía de bolsillo con todos los itinerarios. Una proeza en estos tiempos. Imprescindible para planear tus propias rutas o simplemente para hojear en casa una y otra vez.




martes, 2 de abril de 2013

Por el Bailón, entre la hierba y el sol

Un día de felicidad en familia, entre la hierba y el sol. Una buena caminata escuchando constantemente el río Bailón. Rugen sus aguas cerca de Zuheros, en la garganta donde las chovas vuelan seguras ante el abismo del cañón, de enormes paredes calizas. El camino que se adentra en la sierra y que cruza el río varias veces, hoy es imposible seguir por la crecida de las aguas.
 Difícil vadearlo sin mojarse hasta los muslos, así que con los niños, seguimos por una de sus orillas aguas arriba, sorteando algunos riscos y empinadas laderas, que nos llevan hasta la cueva del Fraile y más allá, sin la cómoda senda de abajo, solo enlazando veredas de cabras.


Llegamos a un pradito donde descansar, comer, leer y fotografiar las mariposas que celebran las primeras flores de la primavera. Entre las margaritas y los dientes de león liban. Vemos una olmera (Nymphalis polychloros), una resistente del lluvioso invierno, con las alas ajadas, pero disfrutando de sus planeos entre los majuelos. En el hueco de una roca, un ramillete de Aristoloquia paucinervis, como una maceta bien cuidada. Y al final, el primer helado. Perfecto.

jueves, 14 de marzo de 2013

‘Sólo para gigantes’, de Gabi Martínez


La pasión le llevó a las perdidas montañas del Hindu Kush. Al peligroso valle de Chitral, pegado a Afganistán, donde merodean talibanes y donde un islamismo fundamentalista se impone en la vida de sus habitantes, aplastando culturas ancestrales y minoritarias como los Kalash, unos pocos miles de paganos que producen “vino y cuyas mujeres iban con la cara no solo destapada sino que también se la pintaban”. Pero ahí, en los bosques y riscos inhóspitos habita el barmanu, el yeti de estas montañas, y Jordi Magraner está convencido de su existencia, y está dispuesto a descubrirlo para la ciencia.
‘Sólo para gigantes’, de Gabi Martínez, cuenta esta historia única de Jordi Magraner, español que vive desde los seis años con su familia en Francia. En 1987, con 29 años llega a Pakistán, sobrevive y desarrolla sus proyectos con imaginación, suerte y ayudas de su hermano. Defiende a los Kalash y se hace uno de ellos. Recorre Francia dando conferencias. En Pakistán se convierte en un personaje incómodo, recibe amenazas, le acusan de homosexual, se le complican las cosas. El 2 de agosto de 2002 aparece asesinado en su casa, la Sharakar House, en Bumburet.
En `Sólo para gigantes’ se habla de ‘Hacia rutas salvajes’, de Jon Krakauer. Son inevitables las similitudes de las historias contadas en ambos libros, la de Jordi Magraner y la de Chris McCandless, el joven que se fue a Alaska a vivir en la naturaleza más salvaje, que acabó matándolo. Ideales así bien merecen una vida, y en eso coincidieron estos dos románticos.
Un día, mientras exploraba, Jordi salió de una cabaña a la tenue luz del alba. “La última humedad nocturna formaba esporádicos bloques de niebla sobre algunas laderas. Escuchó el grito de las aves de presa. El espectáculo le sobrecogió. Inspiró hondo y saludó al sol según el rito pagano”. Además del libro, se ha presentado la historia en cómic y hay planeado rodar una película. 

viernes, 1 de marzo de 2013

Pajarillos de campo y sierra


Un fin de semana en el que la lluvia dio paso a cielos despejados y fríos. Por la vía verde primero, para desentumecer las piernas a base de pedaladas. Con la bici hasta un rústico banco situado junto a un hermoso almendro, que hace unos días reventaba de flores. Allí, dejé que me calara el aire fresco, a cambio de que se mostraran los pájaros de los alrededores. Encima de una cepa, dominante, un pájaro perdiz canta. Una pequeña bandada de lavanderas se reúne en la viña y las tarabillas oteaban desde las ramitas cercanas. Cuando me marchaba, un triguero pasó de uno a otro de los almendros del camino.
Y luego, el domingo, a la Horconera, por el jardín del Moro. Un paisaje al que he ido muchas veces, nevando, nevado con medio metro de nieve, lloviendo, y espléndidos días de sol. Pero hoy, veo por primera vez, el abrupto aunque corto cañón de entrada, recorrido por un río de agua limpia. En el tramo en el que estoy, solo hay grandes piedras, con el sonido del agua llegándome desde su interior. He visto buitres leonados, un vencejo real y chovas piquirrojas. He caminado un trecho, sin subir demasiado. Camino, observo, se me va el santo al cielo, es un don de la montaña, te deja en blanco, abierto. He observado una curruca rabilarga y antes una collalba negra.
 Ahora, a 1.050 metros el panorama es de perfiles encrespados, duramente reptilianos, y sobresaliendo un mallo calizo, una enorme verga pétrea, que atrae al caminante como un tótem. Un paisaje austero, tralla de rocas a mis pies y a mi alrededor. Solo comprensible a medias, como lo es la belleza, que hay que volver a visitar.