miércoles, 18 de diciembre de 2013

Hugo Obermaier y los glaciares de Sierra Nevada en mi mochila

Un paso como medida del ser humano, miles de pasos en la montaña. A 1.679 metros de altitud, en las proximidades de la Hoya de Robles, comienzo el paseo por Sierra Nevada, la pista se pone mala, hay placas de hielo. Esta ladera de la loma de la Cuna de los Cuartos, conserva un bosquete de melojos, con la mitad de las hojas secas aun en las ramas y la otra mitad en suelo, crujientes al pisarlas. Descubro en el camino, cerca de una vaqueriza, un par de cogujadas, no sé si comunes o montesinas. Hasta la cadena, punto de partida de excursiones como la de los Lavaderos de la Reina, he dado 7.604 pasos, lo que significa 5,24 kilómetros. Ahora lo que cruje es la nieve, con un sonido sordo, casi cálido y hogareño, como corteza de pan recién salida del horno. Cuatro dedos de nieve en la ladera norte, por donde se dirige la pista. Un grupo de mirlos capiblancos me observan a distancia, me siguen exhibiéndose en algunas rocas, son pájaros de zonas frías, de montañas de más al norte donde crían, aquí están de invernada, en un terreno de enebros y sabinas rastreras, que le es familiar.
 Sigo por la loma de Papeles, sobre un piorno encuentro un excremento, creo que de zorro, lo componen huesos de frutos de agracejos. En la cima, de 2.424 metros, un águila real levanta el vuelo, desciende solo un momento, para inmediatamente elevarse en círculos sobre sus fantásticos dominios. 15.543 pasos y 10,72 kilómetros, hasta este lugar bello por solitario y silencioso, el hito de la cumbre queda cerca, al oeste. Y frente a mí, las perspectivas de los tresmiles nevadenses, desde Los Cervatillos, Puntal de los Cuartos, Cuervo, Cerro del Mojón Alto, al fondo la Alcazaba, Mulhacén y el Veleta. Pero me quedo con toda la cañada que lleva al collado de las Buitreras, a 2.992 metros todo blanco y cercano, extremadamente iluminado en este momento.
A la vuelta, después del queso, jamón, pan y naranja, tras admirar los perfiles de esta parte de la sierra; llegando a la altura de la lejana loma del Guarnón, saco de la mochila el libro ‘Los glaciares cuaternarios de Sierra Nevada’, de Hugo Obermaier. Es una reedición, ampliada, de 1997. El original fue publicado en 1916, contando con la colaboración de Juan Carandell. Ambos científicos se adentraron en estas montañas en agosto de 1915, para estudiar las huellas que dejaron los glaciares. Para realizar el más famoso dibujo del libro, subieron hasta esta loma de papeles, hasta donde me encuentro, seguramente un poco más abajo, porque la loma del Guarnón despunta en el perfil del horizonte. Obermaier nos presenta una cara norte espectacular, que ya no existe, con lenguas glaciares descendiendo por las cuencas de los arroyos de Vacares, Valdecasillas, Valdeinfierno y Guarnón. De eso hace 10.000 años o más, sigo el camino, inquietado por los ladridos de unos perros cercanos. Antes de llegar al coche, cojo unas hojas secas de melojos.

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