martes, 30 de noviembre de 2010

Montañas de una vida, de Walter Bonatti

Creo que ‘Montañas de una vida’ es uno de los libros de género más reflexivos que he leído. Y solo hay que comenzar por el primer capítulo titulado Preliminares, donde ya deja claro que ha sido con “la práctica del alpinismo solitario, cuando he podido entrar en sintonía con la Gran Naturaleza”, frente a la “indolencia” de algunos que solo ven en el alpinismo “un medio para huir de la realidad de nuestros días”.


Es una especie de intensidad espiritual, de mística, la que alcanza Walter Bonatti “allí arriba, en contacto con la naturaleza íntegra, en aquel ambiente puro”, donde se sentía “vivo y libre”. Incluye relatos de sus ascensiones exitosas y fracasadas, la polémica en el K2, donde critica la falta de ayuda que a él y su compañero hunza Mahdi a punto está de costarles la vida, cerca de los 8.000 metros de altura.

Intuyo en Walter Bonatti un carácter fuerte, con unas ideas tajantes, con las que también se puede discrepar. Pero creo que por encima están sus retos y vivencias, su filosofía, incluso su calidad literaria, como en el capítulo ‘Un retorno. Magia del Mont Blanc’, que me parece magnífico. En definitiva 248 páginas maravillosas, donde palpita el alpinismo, las tormentas, la supervivencia, porque “el hombre está hecho de arrojo y de precariedad”.



Si quieres profundizar en esta obra he encontrado esta referencia:

http://lecturasinquietantes.blogspot.com/2009/01/walter-bonatti-montaas-de-una-vida.html

martes, 23 de noviembre de 2010

Magnífico día de otoño

Qué otra cosa mejor se puede hacer, en un desapacible día de noviembre, que pasear por la Sierra de Rute. Y respirar sus nieblas, sentir su frío y escuchar el ulular del viento atravesando las acículas de sus pinos. Y notar cómo dentro de uno se impone la naturaleza, que más allá de áspera y desabrida, aviva el ánimo y los sentidos.


La atención se centra, ahora en un paso, luego en otro, mirando donde se ponen las botas, esquivando esta y aquella piedra. Y ahora cómo se presentan la subida o se fija en los pinos caídos, no hay ninguno nuevo, en los cepellones de raíces, de altos como uno, arrancados del suelo al volcar el tronco, y entre las raíces, bien sujetas grandes piedras, que en estos cincuenta años los pinos han agarrado, asiéndolas y alargando los principales raigones en horizontal, quizás por culpa del terreno pedregoso, o porque el sino de estos árboles es acabar tumbados por el viento un día de estos. Y es que el pino carrasco (Pinus halepensis) es propenso a este tipo de finales, y en la sierra ruteña hay innumerables ejemplos, y se pueden ver más después de cada tormenta.

Este 21 de noviembre va uno en busca de setas, de verlas más que de comerlas, de contemplar sus bellas formas. Pero estos suelos quizás sean demasiado esqueléticos para sus micelios, esas raicillas blancas que en temporada fructifican de las más variadas formas. Me encuentro con una mancha de Hygrophorus latitabundus, una docena de ejemplares, algunos con el sombrerillo totalmente desplegado, de unos quince centímetros de diámetro. Blancas las láminas y el pie que se desprende fácilmente, estrechándose al final. La cutícula es pardusca, y en este día húmedo, especialmente gelatinosa. A pesar de esta mucosidad, la guía de hongos de Marcel Bon califica esta especie como buen comestible, aunque retirando previamente la cutícula.

Y para redondear el paseo, el placer de sentarse en una piedra y ponerse a observar. Ante mí un gran peñón, una losa gruesa, de mi longitud. Bajo ella, en su parte izquierda hay un hueco en el que medra Rubia peregrina, que crece hacia fuera de forma vigorosa. También en la oscuridad del hueco veo a la enredadera (Hedera helix) que repta por una roca que soporta el peso de la losa, que también tiene adheridas unas ramitas a las que se sujetan unas hojuelas aflechadas, decididas en lo más profundo de su genética a seguir cubriendo la gran piedra, que también ha cedido la superficie de la cara que se situa ante mí a unas grandes manchas de líquenes lechosos y en una esquina al musgo. Nada se ha movido. Ni la losa, ni los millones de peñascos que forman este canchal. Un cono de derrubios por el que se la sierra de Rute se va gastando. Fotografío una parte del mismo, con sus grises apagados y húmedos, en este día de nieblas.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Perdido por las laderas de Sierra Nevada


De nuevo me ha fascinado volver a Sierra Nevada. Ahora que ya echo de menos mis queridos Pirineos, están ante mí estos relieves granadinos que también colman mi pasión por las montañas. En esta ocasión el recorrido elegido iba por una zona que no conocía, la del sendero que se dirige al cortijo del Hornillo.
Al Hornillo no llegué, porque no encontré su sendero hasta el atardecer, por culpa de su mala señalización. Pero esto se convirtió en mi caso en una agradable caminata campo a través, que terminó dando con el sendero a unos 1.500 metros de altitud. Gracias a las voces de los senderistas localicé la ruta, que seguí durante un rato, hasta que ante mí apareció claramente el sentido del mismo por la ladera que se dirige hasta el paraje del Hornillo. Hasta el que quedaba, me digeron, algo más de una hora.
Bueno, no completé el recorrido, pero disfruté de la luz del otoño, clara al atardecer mientras fotografiaba a los dos montañeros que habían elegido esas horas para ver iluminados por el sol de poniente los picos de la Alcazaba y del Mulhacén, a sabiendas de que la vuelta la harían ya sin luz.
Durante un buen rato, mientras comía y leía tranquilamente en un apacible pradito, antes de localizar el camino correcto, disfruté del barranco de San Juan. De los colores que poco a poco va imprimiendo el otoño a estos bosques de robles melojos, castaños y algunos arces. De las primeras nieves en las alturas, en los crestones de San Francisco a 2.500 m. Es el poder de estos paisajes, unidos al silencio y a la belleza salvaje, que apaciguan el espíritu.

Y a la vuelta, el pequeño regalo de una flor en pleno otoño, la margaza (Tanacetum parthenium) naturalizada en el borde del camino, con su aroma a manzanilla. Volví a casa con otros regalos, una piedra de serpentina y, aunque fuera comprado, un libro: Sierras andaluzas, de la editorial La Serranía. Y es que las montañas despiertan a más de uno la inspiración literaria y Sierra Nevada acumula una admirable bibliografía.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Galatella sedifolia en la Sierra de Rute, primera cita para la Subbética y para Andalucía occidental


Un paseo por la Sierra de Rute siempre es interesante para el amante de la flora silvestre. Incluso en otoño, cuando las flores escasean. Y más en este paseo donde encuentro varios ejemplares de Galatella sedifolia. Especie que se convierte en primera cita para la comarca y la Andalucía occidental, según me confirma el botánico Enrique Triano.

Este pasado 1 de noviembre por el sendero GR-7, que discurre por la cara norte de esta sierra, justo al borde del pinar (Pinus halepensis), di una andada hasta pasado el mirador de La Palomina. Los pinos carrascos, emborronados por la niebla daban el toque otoñal al paseo. De sus agujas se desprendían gotitas de lluvia, bien de los chaparrones de la noche anterior, bien de la humedad fácilmente atrapada a la persistente niebla. Con ese ambiente todo recobra un especial verdor, el del otoño.
No ha llovido mucho desde la pasada primavera. En verano alguna tormenta, y un par de días en octubre. Por lo que no encontré demasiadas setas. Sí brotaban del suelo, bajo las acículas, las primeras setas Suillus granulatus.
Con su pie pecoso de manchitas rojizas. Es una seta típica de los pinares. Es tiempo también de semillas como las que expone la rosa albardera (Peaonia broteri). Y ya a la vuelta me aguardaba la sorpresa botánica, discreta, creciendo entre aulagas, pero de, aunque escasas, llamativas lígulas malva de las flores exteriores y las flores interiores entre naranjas y violetas. Es la Galatella sedifolia, y es, como he comentado antes, la primera cita para la Subbética y Andalucía occidental.