martes, 23 de noviembre de 2010

Magnífico día de otoño

Qué otra cosa mejor se puede hacer, en un desapacible día de noviembre, que pasear por la Sierra de Rute. Y respirar sus nieblas, sentir su frío y escuchar el ulular del viento atravesando las acículas de sus pinos. Y notar cómo dentro de uno se impone la naturaleza, que más allá de áspera y desabrida, aviva el ánimo y los sentidos.


La atención se centra, ahora en un paso, luego en otro, mirando donde se ponen las botas, esquivando esta y aquella piedra. Y ahora cómo se presentan la subida o se fija en los pinos caídos, no hay ninguno nuevo, en los cepellones de raíces, de altos como uno, arrancados del suelo al volcar el tronco, y entre las raíces, bien sujetas grandes piedras, que en estos cincuenta años los pinos han agarrado, asiéndolas y alargando los principales raigones en horizontal, quizás por culpa del terreno pedregoso, o porque el sino de estos árboles es acabar tumbados por el viento un día de estos. Y es que el pino carrasco (Pinus halepensis) es propenso a este tipo de finales, y en la sierra ruteña hay innumerables ejemplos, y se pueden ver más después de cada tormenta.

Este 21 de noviembre va uno en busca de setas, de verlas más que de comerlas, de contemplar sus bellas formas. Pero estos suelos quizás sean demasiado esqueléticos para sus micelios, esas raicillas blancas que en temporada fructifican de las más variadas formas. Me encuentro con una mancha de Hygrophorus latitabundus, una docena de ejemplares, algunos con el sombrerillo totalmente desplegado, de unos quince centímetros de diámetro. Blancas las láminas y el pie que se desprende fácilmente, estrechándose al final. La cutícula es pardusca, y en este día húmedo, especialmente gelatinosa. A pesar de esta mucosidad, la guía de hongos de Marcel Bon califica esta especie como buen comestible, aunque retirando previamente la cutícula.

Y para redondear el paseo, el placer de sentarse en una piedra y ponerse a observar. Ante mí un gran peñón, una losa gruesa, de mi longitud. Bajo ella, en su parte izquierda hay un hueco en el que medra Rubia peregrina, que crece hacia fuera de forma vigorosa. También en la oscuridad del hueco veo a la enredadera (Hedera helix) que repta por una roca que soporta el peso de la losa, que también tiene adheridas unas ramitas a las que se sujetan unas hojuelas aflechadas, decididas en lo más profundo de su genética a seguir cubriendo la gran piedra, que también ha cedido la superficie de la cara que se situa ante mí a unas grandes manchas de líquenes lechosos y en una esquina al musgo. Nada se ha movido. Ni la losa, ni los millones de peñascos que forman este canchal. Un cono de derrubios por el que se la sierra de Rute se va gastando. Fotografío una parte del mismo, con sus grises apagados y húmedos, en este día de nieblas.

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