domingo, 23 de octubre de 2016

Ya vine en septiembre




Sin precipitarnos, tomándonos este domingo como un tiempo exclusivamente nuestro. Hemos seguido a la naturaleza y su costra humana, en este primer día apetecible de otoño. Paradójicamente, el camino a un basurero, muy transitado por enormes camiones cargados… de basura, nos deja muy cerca del castillo de Zambra. Un enclave mágico, quizás el mejor para contemplar las sierras de Rute, la Horconera y la Gallinera, y toda una serie de grandes cerros con olivos que trepan hasta casi sus cimas, en algunos aun perduran manchones de encinar.
Un paraje de grandes vistas, de dominio de un extenso territorio, que según los estudiosos, ya frecuentaban en la Edad de Bronce, hace 2.600 años. Luego llegarían los romanos y los musulmanes después. Sobre una cresta rocosa y en la parte más alta, aun luchan contra el paso del tiempo algunos paños de muralla, algunos habitáculos y el resto maltrecho, como un gran dedo índice, que señala el último resto de la torre del homenaje.
Ahora las invasiones son las de los olivos y algunos arbustos que ocultan parte de estas ruinas. Y de vez en cuando, alguien, como nosotros, que acude a maravillarse del paisaje, hoy cuajado de nubes y chubascos y de las ruinas, que son las que mejor hablan del tiempo, de un tiempo.



Ya vine en septiembre:

Es llegar al promontorio, hundiéndome en la tierra,
Perdido entre espaciados olivos,
Buscando viejas referencias de poderosas encinas
Asombradas por la llegada de alguien ajeno.

Caminando sobre la relumbrante tierra mil veces arada.
Aparece el torreón del castillo de Zambra.
Vieja mole de piedra que admirables manos te levantaran.

Bello en su ruina,
En su altivez demacrada,
En su callada historia milenaria.

Y a la sombra del olivo
Plantado en sus mismos mampuestos
Imagino sus raíces tocando
Los restos de sus pobladores.

Y es la muralla inmensa y plomiza
De las sierras de Rute y Horconera,
La que me embrujan y despiden.