domingo, 27 de noviembre de 2016

En el mismo sitio

Bosque de quejigos, encinas y cornicabras, en la Subbética cordobesa.



Para saber qué es este bosque he tenido que venir al mismo bosque muchas veces, y a distintos y distantes bosques. Y seguir observando para saber qué es un bosque. Es el murmullo de las hojas. El golpe de una
bellota, de una rama, de otros frutos, en el suelo. Y es el mismo suelo cubierto de hojas crujientes. Son los líquenes revitalizados
que viven en los troncos. La huidiza mariposa, el fugaz pájaro, el escondido trino. Los colores y olores. Y tantas y más cosas que impregnan solemnidad a la vida… en el bosque.
Ortega habla del bosque inalcanzable. Yo, de los mínimos retazos de bosque alcanzados.


Subbética cordobesa, al fondo el Bermejo.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Primeros de noviembre

Boletus satanas, 6 de noviembre en Santa Rita, Subbética Cordobesa.


El otoño ha encantado al bosque,
porque los días se acortan
y tiemblan de frío
como la luz de una palmatoria.

Recuerdo a mi abuela y sus lamparitas de aceite
dedicadas a los muertos, en noviembre.

Dos o tres mariposas iluminaban las escaleras
de mamperlanes de madera.

Subía los peldaños de dos en dos y rompía el hechizo
con las canciones de Lou Reed y otros músicos.

Los sigo escuchando a todos,
mientras piso las hojas amarillas de las cornicabras.
Bajo ellas surgen misteriosas
setas de vientre escarlata,
porque noviembre ha encantado al bosque.


Las cornicabras ofrecen su color amarillo al caminante, en Santa Rita.

martes, 1 de noviembre de 2016

Arroyo de Las Tijeras




Me abandono al rumor del arroyo. Por un momento en nada pienso, hipnotizado por la pequeña corriente de agua. Cristalina, y el cauce limpio, un lujo que no prodigan estas tierras.
Pasa gente, son siete caminantes a los que saludo. Se ha roto el silencio, aunque la felicidad de los excursionistas me arranca una sonrisa. Vuelvo al apacible último domingo de octubre, vuelve el rumor del arroyo, pero ya no puedo penetrar en sus aguas.


domingo, 23 de octubre de 2016

Ya vine en septiembre




Sin precipitarnos, tomándonos este domingo como un tiempo exclusivamente nuestro. Hemos seguido a la naturaleza y su costra humana, en este primer día apetecible de otoño. Paradójicamente, el camino a un basurero, muy transitado por enormes camiones cargados… de basura, nos deja muy cerca del castillo de Zambra. Un enclave mágico, quizás el mejor para contemplar las sierras de Rute, la Horconera y la Gallinera, y toda una serie de grandes cerros con olivos que trepan hasta casi sus cimas, en algunos aun perduran manchones de encinar.
Un paraje de grandes vistas, de dominio de un extenso territorio, que según los estudiosos, ya frecuentaban en la Edad de Bronce, hace 2.600 años. Luego llegarían los romanos y los musulmanes después. Sobre una cresta rocosa y en la parte más alta, aun luchan contra el paso del tiempo algunos paños de muralla, algunos habitáculos y el resto maltrecho, como un gran dedo índice, que señala el último resto de la torre del homenaje.
Ahora las invasiones son las de los olivos y algunos arbustos que ocultan parte de estas ruinas. Y de vez en cuando, alguien, como nosotros, que acude a maravillarse del paisaje, hoy cuajado de nubes y chubascos y de las ruinas, que son las que mejor hablan del tiempo, de un tiempo.



Ya vine en septiembre:

Es llegar al promontorio, hundiéndome en la tierra,
Perdido entre espaciados olivos,
Buscando viejas referencias de poderosas encinas
Asombradas por la llegada de alguien ajeno.

Caminando sobre la relumbrante tierra mil veces arada.
Aparece el torreón del castillo de Zambra.
Vieja mole de piedra que admirables manos te levantaran.

Bello en su ruina,
En su altivez demacrada,
En su callada historia milenaria.

Y a la sombra del olivo
Plantado en sus mismos mampuestos
Imagino sus raíces tocando
Los restos de sus pobladores.

Y es la muralla inmensa y plomiza
De las sierras de Rute y Horconera,
La que me embrujan y despiden.



viernes, 30 de septiembre de 2016

Las últimas moras de septiembre

Moras en la Vía Verde de la Subbética, 25 de septiembre 2016



En este final de septiembre, pocas moras, de zarzamoras, se pueden encontrar. Yo salí este domingo a buscarlas, no para comerlas, no para llenar tarros de cristal. Las busqué después de leer ‘Recogida de moras’, el poema de Seamus Heaney, de su libro ‘Muerte de un naturalista’, publicado en 1966. Me parece un texto hermosísimo como todo el libro de este premio Nobel irlandés, que el pasado 30 de agosto hizo 3 años de su muerte. En la red he encontrado este poema en varias traducciones, esta es de Margarita Ardañaz. Las moras fueron cogidas por un niño, que se hizo poeta y que dedicó a otro poeta ese recuerdo trascendental:


RECOGIDA DE MORAS
Para Philip Hobsbaum
A finales de agosto, después de mucha lluvia y mucho sol, 
durante toda una semana, las moras maduraban.
Al principio sólo una, un cuajarón brillante y púrpura
entre las demás, rojas, verdes, duras como un nudo.
Te comías aquélla y su carne era dulce
como vino espesado: sangre de verano había en ella
dejando manchas en la lengua y ansia para
seguir comiendo. Después las rojas se oscurecían y aquel deseo
nos enviaba con frascos de leche, botes de guisantes y tarros de 
   mermelada
adonde las zarzas arañaban y la hierba húmeda decoloraba nuestras 
botas.
Alrededor de los campos de heno, de mieses y bancales de patatas 
caminábamos y recogíamos hasta llenar los recipientes,
hasta que, cubierto el fondo con las verdes,
los botones oscuros ardían en lo alto
como una fuente de ojos. Nos escocían las manos
por las picaduras de las zarzas, teníamos las palmas pegajosas como 
   las de Barba Azul.
 
Almacenábamos las bayas frescas en la vaquería.
Pero cuando la tina estaba llena y una tela de moho
color rata la cubría, nosotros las engullíamos en nuestro escondite.
También el jugo hedía. Una vez fuera del arbusto
el fruto fermentaba, la carne dulce se tornaba agria.
A mí siempre me hacía llorar. No era justo
que aquellos maravillosos tarros olieran a podrido.
Cada año esperaba que se conservaran, sabiendo que no lo harían.
 
Racimo de moras en la Vía Verde
 

domingo, 18 de septiembre de 2016

Qué se cree septiembre

Septiembre en la Vía Verde de la Subbética, este pasado 14.

Se cree septiembre horrible por su sequía extrema, en la agonía de estas semanas de aridez mortal. Donde se escapa un poco de lluvia, que no quita ni el polvo. Cuando el agua hace tiempo que bajó por los arroyos ya evaporados, o se hundió en la tierra para siempre.
Se cree septiembre seco y triste sin flores, cuando de aquí y de allá crecen tímidas la Urginea maritima, Lapiedra martinezii y ayer vi rosados Colchicum lusitanum, proclamando la vida por la vida. Se cree septiembre que yo no voy a reverdecer y hoy lo hago con los versos de Vicentre Gallego que canta: Lo esencial es plegarse al puro pasmo/ y hacer camino a ciegas.
Tan devastador se cree septiembre al final del verano… y llena de dulce los frutos que engendró la primavera. Se cree septiembre triste y a mí me llena de gozo.


lunes, 1 de agosto de 2016

H de halcón, de Helen Macdonald


La cetrera y escritora Helen Macdonald, con un azor


H de halcón, es un libro de cetrería: “Se dice que las dos primeras crías de un halcón son hembras y por eso el macho, que nace tercero, se llama terzuelo o torzuelo. Los pájaros jóvenes son niegos; los mayores, rameros, y los más viejos, zahareños”.
Helen Macdonald, es profesora con trabajo precario, su padre ha muerto, era fotógrafo de prensa, y un apasionado de las cosas y las maravillas que vuelan, los aviones y los pájaros. Por estos últimos Helen también siente una especial atracción. Y decide hacerse cetrera, con un azor, que le cuesta 800 libras, es una hembra a la que llama Mabel, y se convierte en una expiación de sus problemas y tristezas, de la pérdida paterna. “Para adiestrar a un azor, hay que vigilarlo con la seguridad de un ave de presa, y de ese modo aprendes a comprender sus estados de ánimo”.
  Lee montones de libros, viejos libros de cetrería, maravillosos volúmenes, especialmente los de T. H. White. H de halcón, es también un estudio sobre la obra y vida de este particular autor, que fue famoso por sus novelas artúricas y que también como cetrero escribió muchos y quizás oscuros libros.
  “De todas las lecciones que he aprendido en mis meses con Mabel esta es la más importante: que hay un mundo de cosas ahí fuera –rocas y árboles y piedras y hierba y todas las cosas que reptan y vuelan-. Son cosas por derecho propio, pero las hacemos nuestras dándoles significados que sustentan nuestra visión del mundo”.
Gavilám que fotografié en el valle de Pineta
  Y es ahí donde más me gusta este libro, en sus poéticas descripciones del paisaje. En su entendimiento de la naturaleza, a veces muy transformada por el hombre, en que la vida es observación.  “Mientras caminamos por los campos nos cubre un cielo complicado, hecho de harapientas nubes de frente frío bajo franjas de altos cirroestratos, peinado por un viento en contra que envía a las alondras hacia arriba como si fueran briznas de paja”. Me ha gustado H de halcón, que es un libro de cetrería: “Los halcones no se limpian los picos, sino que los asean. No comen su comida, sino su gorga o papo. Cuando clavan sus garras en la presa, la acuchillan”.


Cielos de Pineta, hacia la faja Tormosa, el reino del gavilán y el azor