viernes, 30 de septiembre de 2016

Las últimas moras de septiembre

Moras en la Vía Verde de la Subbética, 25 de septiembre 2016



En este final de septiembre, pocas moras, de zarzamoras, se pueden encontrar. Yo salí este domingo a buscarlas, no para comerlas, no para llenar tarros de cristal. Las busqué después de leer ‘Recogida de moras’, el poema de Seamus Heaney, de su libro ‘Muerte de un naturalista’, publicado en 1966. Me parece un texto hermosísimo como todo el libro de este premio Nobel irlandés, que el pasado 30 de agosto hizo 3 años de su muerte. En la red he encontrado este poema en varias traducciones, esta es de Margarita Ardañaz. Las moras fueron cogidas por un niño, que se hizo poeta y que dedicó a otro poeta ese recuerdo trascendental:


RECOGIDA DE MORAS
Para Philip Hobsbaum
A finales de agosto, después de mucha lluvia y mucho sol, 
durante toda una semana, las moras maduraban.
Al principio sólo una, un cuajarón brillante y púrpura
entre las demás, rojas, verdes, duras como un nudo.
Te comías aquélla y su carne era dulce
como vino espesado: sangre de verano había en ella
dejando manchas en la lengua y ansia para
seguir comiendo. Después las rojas se oscurecían y aquel deseo
nos enviaba con frascos de leche, botes de guisantes y tarros de 
   mermelada
adonde las zarzas arañaban y la hierba húmeda decoloraba nuestras 
botas.
Alrededor de los campos de heno, de mieses y bancales de patatas 
caminábamos y recogíamos hasta llenar los recipientes,
hasta que, cubierto el fondo con las verdes,
los botones oscuros ardían en lo alto
como una fuente de ojos. Nos escocían las manos
por las picaduras de las zarzas, teníamos las palmas pegajosas como 
   las de Barba Azul.
 
Almacenábamos las bayas frescas en la vaquería.
Pero cuando la tina estaba llena y una tela de moho
color rata la cubría, nosotros las engullíamos en nuestro escondite.
También el jugo hedía. Una vez fuera del arbusto
el fruto fermentaba, la carne dulce se tornaba agria.
A mí siempre me hacía llorar. No era justo
que aquellos maravillosos tarros olieran a podrido.
Cada año esperaba que se conservaran, sabiendo que no lo harían.
 
Racimo de moras en la Vía Verde
 

domingo, 18 de septiembre de 2016

Qué se cree septiembre

Septiembre en la Vía Verde de la Subbética, este pasado 14.

Se cree septiembre horrible por su sequía extrema, en la agonía de estas semanas de aridez mortal. Donde se escapa un poco de lluvia, que no quita ni el polvo. Cuando el agua hace tiempo que bajó por los arroyos ya evaporados, o se hundió en la tierra para siempre.
Se cree septiembre seco y triste sin flores, cuando de aquí y de allá crecen tímidas la Urginea maritima, Lapiedra martinezii y ayer vi rosados Colchicum lusitanum, proclamando la vida por la vida. Se cree septiembre que yo no voy a reverdecer y hoy lo hago con los versos de Vicentre Gallego que canta: Lo esencial es plegarse al puro pasmo/ y hacer camino a ciegas.
Tan devastador se cree septiembre al final del verano… y llena de dulce los frutos que engendró la primavera. Se cree septiembre triste y a mí me llena de gozo.


lunes, 1 de agosto de 2016

H de halcón, de Helen Macdonald


La cetrera y escritora Helen Macdonald, con un azor


H de halcón, es un libro de cetrería: “Se dice que las dos primeras crías de un halcón son hembras y por eso el macho, que nace tercero, se llama terzuelo o torzuelo. Los pájaros jóvenes son niegos; los mayores, rameros, y los más viejos, zahareños”.
Helen Macdonald, es profesora con trabajo precario, su padre ha muerto, era fotógrafo de prensa, y un apasionado de las cosas y las maravillas que vuelan, los aviones y los pájaros. Por estos últimos Helen también siente una especial atracción. Y decide hacerse cetrera, con un azor, que le cuesta 800 libras, es una hembra a la que llama Mabel, y se convierte en una expiación de sus problemas y tristezas, de la pérdida paterna. “Para adiestrar a un azor, hay que vigilarlo con la seguridad de un ave de presa, y de ese modo aprendes a comprender sus estados de ánimo”.
  Lee montones de libros, viejos libros de cetrería, maravillosos volúmenes, especialmente los de T. H. White. H de halcón, es también un estudio sobre la obra y vida de este particular autor, que fue famoso por sus novelas artúricas y que también como cetrero escribió muchos y quizás oscuros libros.
  “De todas las lecciones que he aprendido en mis meses con Mabel esta es la más importante: que hay un mundo de cosas ahí fuera –rocas y árboles y piedras y hierba y todas las cosas que reptan y vuelan-. Son cosas por derecho propio, pero las hacemos nuestras dándoles significados que sustentan nuestra visión del mundo”.
Gavilám que fotografié en el valle de Pineta
  Y es ahí donde más me gusta este libro, en sus poéticas descripciones del paisaje. En su entendimiento de la naturaleza, a veces muy transformada por el hombre, en que la vida es observación.  “Mientras caminamos por los campos nos cubre un cielo complicado, hecho de harapientas nubes de frente frío bajo franjas de altos cirroestratos, peinado por un viento en contra que envía a las alondras hacia arriba como si fueran briznas de paja”. Me ha gustado H de halcón, que es un libro de cetrería: “Los halcones no se limpian los picos, sino que los asean. No comen su comida, sino su gorga o papo. Cuando clavan sus garras en la presa, la acuchillan”.


Cielos de Pineta, hacia la faja Tormosa, el reino del gavilán y el azor

domingo, 10 de julio de 2016

El romanticismo en Pietramula

Pasamos la noche cerca de Pietramula, a las siete de la mañana del 13 de agosto de 2015


El hombre tiene un nacimiento incompleto. Por eso no ha podido jamás conformarse con vivir naturalmente y ha necesitado algo más, religión filosofía, arte o ciencia.
María Zambrano

Yo lo que pido es montaña, grandes montañas con apenas gente y cielo inmenso. Quizás ahí encuentre un poco de religión, filosofía, arte y ciencia. Una tienda de campaña como refugio, por si esos cielos se embravecen en la tarde, en el Valle Real, hacia Pietramula. Aguzar el oído para detectar si la lejana tormenta se acerca. Hay veces que las llaves, la navaja, la hebilla, la cuchara o cualquier cosa metálica la alejo de mi cuerpo. La guardo en los calcetines y estos dentro de la bota, y las botas fuera en el avance. Así hicimos Miguel y yo, porque los truenos nos arroparon en la noche de Pietramula y no queríamos atraerlos hasta nuestros bolsillos.
Lago inferior de La Munia, o gorgo d'el Tromacal, mañana del 13 de agosto 2015
Quebrantahuesos


Todo estallaba con la poderosa tormenta de agosto, impregnando de rosa nuestras dilatadas pupilas. Estruendo en el que también quería distinguir posibles rocas que rodaran ladera abajo, en la dirección de nuestra tienda. Por fin entramos en el sueño de la montaña, salvados, cuando la rugiente noche volteaba a otro valle. La mañana llegó con nuevas y poderosas descargas, leche caliente y galletas.
El verde esa mañana, camino del Robiñera, era nuevo, recién lavado. La paz en el cielo llegó con un quebrantahuesos, que como una saeta anaranjada atravesó el cielo corriendo el espeso dosel de nubes. Las terneras pastaban apaciblemente y secas. Seguimos remontando pastos, entre la brisa limpia que se tornó en hedor cerca del arroyo del barranco del Clot. Encajada entre los peñascos del torrente, descubrimos la mirada hueca de una vaca hinchada y medio comida por un centenar de buitres que huían de nosotros a zancadas ladera arriba, con un movimiento pesado, buscando altura para poder despegar.
Pronto los pajarillos serranos nos devolvieron a la alegre vida y a la fatigosa caminata. A la llegada del collado de Las Puertas, de nuevo el cielo se volvió plomizo, pesado. Así que nos dirigimos a los cercanos lagos de La Munia, donde bajo el paraguas comimos mientras los granizos agujereaban como disparos las negras aguas de estos grandes ibones o gorgos d’el Tromacal. Absortos, con el bocadillo en la mano.
Collado de las Puertas, 13 de agosto 2015


La naturaleza para el romántico es inmensa, inabarcable, infinita, y la ve en sus máximos momentos de furia esplendorosa: en la tempestad, en el rayo, en la montaña abrupta…
María Zambrano
Miguel en el barranco del Clot, 13 de agosto de 2015






jueves, 23 de junio de 2016

La Barrosa, un circo glaciar


Un círculo de personas meditando al final del circo de La Barrosa. Le daba belleza a todo, con esas posturas humildes, en silencio. No sé, un grupo que quiere sentir en plena naturaleza. 


Realmente no desentonaban en la hierba, y eso que eran muchos. Quizás brotaron, como hongos de verano, alimentados por los siglos de vida oculta bajo sus cuerpos. Por obediencia a la montaña permanecían en esas posturas ajenas, como buscando en el agujero de sí mismos. Místicos, pensé. La poesía es un acercamiento sublime al mundo.
Seguí la caminata con mi hijo, intentando importunar solo desde lejos, para hacer una foto. “No voy a ocultar que hay aquí un importante problema: explicar cómo es posible que expresiones absurdas realicen una tarea elucidatoria que nos permitan nada menos que –ver el mundo correctamente-“.[1]

Este prado es algo incómodo, duro, de rala hierba y muchas piedras. El viento enfría mi espalda sudorosa. No quiero abandonarlo.
¿Cuál será la esencia de La Barrosa? Caminamos hasta el fondo del circo glaciar y nos encontramos una muralla de piedra, de una altura abrumadora. En seguida estudio las cornisas y como se conectan unas con otras. Veo una posibilidad de ascensión y franquear el gran muro. ¿Qué es más bello, sentirse derrotado por insignificante ante la montaña? ¿O pensar en las posibilidades de pisar lo más alto de este gigante pétreo? La vida humana, solo apoyada en los pies ante el coloso de piedra, destapa la maravilla de uno y de la montaña.


Flores en los pastos del Circo de la Barrosa, Pirineos. 19 de agosto de 2015
Gentianella campestres
Geranium pyrenaicum
Vincetoxicum hirundinaria
Geranium cinereum
Ranunculus bulbosus
Erigeron uniflorus
Euphrasia alpina
Trifolium alpinum
Scabiosa columbaria
Acinos alpinus
Dianthus hyssopifolius
Vicia pyrenaica
Trifolium repens
Vincetoxicum hirundinaria
Silene rupestres
Silene rupestres
Trifolium pratense




[1] De la introducción de Luis M. Valdés Villanueva a Ludwig Wittgensteins Filosofía Secciones 86-93 del Big Typescript. Editorial KRK Un bello volumen portátil, que también llegó en la mochila al fondo del circo de L Barrosa. Sus frases y pensamientos destapan los míos.

domingo, 22 de mayo de 2016

Una parte del oeste de España

Candelario es un pueblo cuidado y hermoso. A las afueras se encuentra esta rústica contrucción.


Al anochecer, revolotean las urracas encima de las tiendas de campaña. Graznando con ese sonido áspero e inteligente, que une España. Las hojas de los falsos plátanos del camping Las Cañadas, han palmeado toda la noche, arropando nuestros sueños. Acaban de despertar Alicia y Miguel y ya están jugando. Alegría. Un empleado del camping ha pasado con una urraca muerta en una azada. Algo ha pasado esta noche. Siempre pasan cosas de noche.
Cumbre del Calvitero, con esta especie de lápida.
Hervás es digno de visitarse. Esa historia tan española… y europea, de persecución de los judíos. Dejaron un barrio de casas entejadas hasta en sus paredes. O de ladrillo visto sustentadas por tramos de vigas. Algunos volvieron con apellidos como Navas, Mesa, Guerra, y les colgaron el Sambenito y a otros los mandaron a la hoguera. 1494. Hoy 4 de agosto de 2015, es un lugar turístico, con un pequeño museo en el que reconocen esta fatalidad.
Visitamos los límites de las provincias de Cáceres y Salamanca. Uno, cinco, cien… hitos de piedra marcan los senderos de la sierra de Béjar, pero al final perdimos la senda de subida al Calvitero. Fran y yo hicimos a vista la parte final. Escribí: ‘Como siempre, ya vendrá el recuerdo que mejora la excursión al Calvitero y el Canchal de la Ceja, de 2.397 y 2.428 m.’. El viento, el sol, el sendero perdido, los piornos en la bajada, (menos mal que el piorno serrano, Cytisus oromediterraneus, solo llega a la categoría de áspero) hicieron dura esta excursión de alta montaña.
Compensamos el día después en Béjar, en el mesón Don Quijote, con ensalada campera y chuletas de ternera. Antes, recorrimos Candelario, encima su sierra con los pastos secos, bajo el sol de Castilla. Las montañas marcan a los pueblos. Cerca, en la Sierra de Gata, han ardido 5.000 hectáreas de bosque. La maldición del hombre.
Julio Llamazares acaba de escribir sobre estos lugares, y también el hombre y sus fuegos marcan el paisaje: http://elpais.com/elpais/2016/05/13/opinion/1463139955_860315.html

Fran en La Ceja, a 2.428 metros de altitud, el 5 de agosto de 2015.

martes, 10 de mayo de 2016

Agua de mayo




Llueve y me descansa su sonido. La luz del día nublado también me descansa. Tengo que decir que ha sido un fin de semana agotador, pero no voy a explicar por qué. Y ahora agradezco esta sucia caravana a la que he venido esta mañana a adormilar un poco. Los negros nubarrones, tan denostados, me proporcionan alegría y tranquilidad. Tengo ante mí, un horizonte muy amplio que desaparece con los chubascos y luego, en la lejanía aparece el amarillo de los jaramagos, que se han comido un joven olivar. No sé si es melancolía, o saber que con mañanas así, por aquí no hay nadie.
Lo digo de nuevo, me encanta el sonido de las gotas cuando chocan contra el techo de la caravana, y
que un tejado no me proporcionaría. Esta vieja caravana perteneció a unos feriantes, y está muy reforzada en cosas como las ventanas, todas con rejas o las puertas, llenas de pestillos. Es lo que tienen las ferias.
El fin de semana me he sentido un poco feriante.
Esta caravana en mitad del campo, como abandonada, para que el tiempo la desvencije, me parece bella y tranquila. Una litera, una mesa bajo un techo. Un refugio rodeado de pequeños almendros, manzanos, tomillos. La belleza de todas las plantas creciendo.
He dado una cabezada con este chaparrón, y ahora lo cuento.
Cuántas veces habré escrito sobre la lluvia, en esta escritura pastoril con la cámara al hombro. Estoy atento al agua de mayo que cae. Creo que he hecho bien en venir un rato a sestear y escuchar, lo digo de nuevo.