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'Las viejas sendas', de Robert Macfarlane

Macfarlane me ha enseñado que solo hay que salir de casa y comenzar a caminar hacia afuera. Fuera de las ciudades y pueblos. Hay un mundo una vez pasadas esas excrecencias que son los arrabales, con sus naves industriales, los restos de escombros y basuras, los últimos semáforos y acerados descompuestos, las latas oxidadas y las bolsas que han volado hasta aquí. Dejar todo esto atrás, y comienza un territorio más o menos natural, más o menos rural. Entonces el sol parece otro, también la lluvia, y compruebas que no es la misma que la que cae en la ciudad.

Un solsticio de invierno, a cinco grados bajo cero, sobre las ocho de la tarde dejó de nevar. “Una hora después, acompañado de una petaca de whisky para combatir el frío, salí a dar un paseo”. Lo hace, evidentemente, hasta la última farola de la ciudad, donde por un hueco en un majuelo se accede a una senda que se dirige a una pequeña loma “como la espalda de una ballena”. Este es el comienzo de 'Las viejas sendas', último li…

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