jueves, 16 de noviembre de 2017

‘En un metro de bosque’, de David George Haskell

Parque natural de Pagoeta, el 6 de agosto de 2017


El solo hecho de observar, y para eso todos estamos capacitados, ya es conocer. Profundizar es el primer paso de la ciencia y, diría, de la vida. El niño observa, dirige su atención y empieza a aprender.
“Solo hay que esperar que los sentidos estén abiertos con entusiasmo”, escribe el biólogo David George Haskell en su libro ‘En un metro de bosque’, de editorial Turner, con traducción de Guillem Usandizaga. Este profesor en la universidad de Tennessee, ofrece una amena lección de ecología, dedicando un año a observar la vida en un metro de bosque cerca de dicha universidad. Y elige ese espacio, que el autor llama mandala, porque al lado hay una piedra en la que sentarse, desde donde observar con atención los acontecimientos de ese minúsculo pedazo de naturaleza, donde, demuestra, cabe todo el universo.
Bosque mediterráneo de la Subbética cordobesa.
Las reglas que se impone son “visitarlo a menudo… guardar silencio, molestar lo mínimo, no matar, no mover de sitio a los animales…”. Este es su mandala, un espacio de concentración y conocimiento: “puede que la verdad del bosque se nos revele con más claridad y viveza a través de la contemplación de un pequeño espacio”. De ese trozo de bosque surgen una mañana, las huellas del ciervo, la historia de la hepática, los pequeños pero asombrosos musgos, y los líquenes, las semillas voladoras como helicópteros, las babosas y su sexualidad, las salamandras. Y también la tormenta, el terremoto, y el viento que lo sacude también todo, el aullido de los coyotes o el buitre que sobrevuela ese trozo de bosque. Historias que la ciencia nos ayuda a comprender.
El 3 de diciembre dedica un capítulo maravilloso a la hojarasca. Al olor fecundo del mantillo del bosque, habitado por miríadas de bacterias y hongos microscópicos. Imposible de ver, pero que detectamos con nuestro olfato, es el olor de la tierra viva. Reconoce Haskell que “los modelos científicos”, son sistemas que tienen sus límites. “No pueden decirnos todo lo que queremos saber”. La ciencia es una buena manera de avanzar, “nos ayuda a profundizar en nuestra relación con el mundo”, pero también nos muestra que somos seres limitados y no debemos actuar con arrogancia ante la complejidad de la naturaleza.

David George Haskell observando las pequeñas cosas del bosque.

sábado, 28 de octubre de 2017

Encina milenaria (Quercus rotundifolia), Rute, octubre 2017




Antes que los olivos estuviste.
¿Antes que el pueblo también?
Enormidad de la madera más noble,
de ramas retorcidas como el tiempo.
Encina testigo de un bosque
que rectos olivares despojaron.

Ganas tenía de contemplarte,
mas solo dentro de ti puedo.
Enramada, templo vegetal,
baldaquino solar.
Cada hoja cuenta cada día.
Siglos hermoseando tus nudos.

Vieja encina enraizada a esta tierra,
apoyada a la tierra, de la tierra,
y en la tierra tus bellotas.
Dentro de la tierra raíces como manos
que sujetan toda la comarca.
Solo una reverencia cabe.

Encina milenaria, en el término de Rute

domingo, 15 de octubre de 2017

Retraso del otoño II

Desde la Subbética cordobesa, las sierras del sur de Jaén, Subbética jiennense.


Un día tan claro, que ese azul celeste
termina devorando la última línea de las sierras.
Un palmo de tierra debería estar ya húmedo.
Todo espera aun a activarse en estas entrañas.

Este octubre que parece una mañana fresca de julio,
convertida en sofocante día otoñal.
Este no es el veranillo del membrillo,
esto es un verano que no termina.

Recurrente es la conversación del tiempo,
pero es que el ser humano es tiempo.
Habrá que anotar este 15 de octubre sin caer ni gota.
Y esperar que el año que viene no confirme nada.

En ‘Retraso del otoño’, lo escribió exacto el poeta.
Antonio Cabrera sintió también un octubre así,
fue preciso en la emoción, y riguroso:
“frutos desconcertados, tierra acuciada”.

Sendero de Santa Rita, este 15 de octubre de 2017.

domingo, 8 de octubre de 2017

A Saravillo

Argynnis paphia (nacarada macho) el 8 de agosto 2017 camino de Saravillo
Creo que casi todos los años lo hacemos. Ir del camping de Los Vives a Saravillo, por una senda pedregosa que asciende hacia los lavaderos del pueblo. No creo que llegue a los dos kilómetros, aunque con buena pendiente. Supone recobrar el olor de los pinos royos y la vista de las montañas, y estar de nuevo en estos queridos lugares.
Salida del camping Los Vives
Un agradable paseo que di este verano con Marimar y Ales. El día de antes habíamos llegado montando las tiendas y los preparativos de la acampada. Así que, sin prisas nos pusimos un año más a caminar por el Pirineo. Caminar dentro del bosque, junto al torrente, hacia el pueblo. Los bordes del camino mantienen una buena floración en estas fehcas, así que las mariposas revolotean entre las plantas.
Caminar quedándote atrás para ver la podalirio, c-blanca, perlada violeta o la nacarada. Ese placer de la nada, del instante, no hay razón ni motivo. Solo ver atento lo que sucede, y la cámara para registrarlo. Llegamos a los lavaderos donde bebimos un agua fresca, que empañaba la botella. En algún momento, en los últimos meses, cayó una rama gruesa de nogal y ha roto el tejado de pizarra, así que este año los lavaderos se mostraban maltrechos.
Iglesia donde ofició mosén Bruno Fierro.
Paseamos por el pueblo. Pasamos junto a la iglesia, en la que vivió mosén Bruno Fierro, aquel cura singular al que le canta La Ronda de Boltaña. Hay bellas casas de montaña pero me fijo en aquellas con un aspecto… ¿más natural? También hay cuidados huertos. A las afueras de Saravillo hay una quesería donde compramos yogur natural de leche de cabra y ya por la carretera estrecha y sinuosa volvimos al camping, sin prisas, sin planes, de vacaciones.

Caminar sin prisa, por el bosque, hacia Saravillo.


Boloria dia (perlada violeta) por la senda hacia el pueblo.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

‘Una casa en Walden’ de Antonio Casado da Rocha editado por Pepitas de Calabaza


'Una casa en Walden' de paseo por el Pirineo de Huesca, refugio junto a la senda al ibón de Pinarra


Me pasa también con Darwin, y es que creo que siempre es buen momento para homenajear a un gran filósofo de la naturaleza como es Henry David Thoreau. Y en este 200 aniversario del nacimiento del pensador de Concord es una ocasión perfecta para volver a la lectura de Walden, ‘Mi vida entre bosques y lagunas’, creo recordar que era el subtítulo de una vieja edición de Austral.
Comencé el año con una ‘Caminata invernal’ y ahora he leído ‘Una casa en Walden’ del filósofo Antonio Casado da Rocha que homenajea a este pensador de la naturaleza. Se trata de un libro que llega tras un afortunado fracaso. Al no poder avanzar, según los plazos previstos, en una nueva traducción de Walden, Antonio Casado emprende un proyecto más personal, recopilando y reescribiendo ensayos y ponencias de Thoreau y de índole poética. Antonio Casado afronta la existencia consciente y feliz que propuso Thoreau, convirtiendo el espacio en un lugar poético dispuesto para la vida diaria a través de la contemplación, la sobriedad o el conocimiento que aúna ciencia y experiencia.
“Tomar cada día como una ocasión de simplificar supone centrarse en lo que verdaderamente le importa a uno”, así nos resume Casado buena parte de lo que significa Walden. Termina el libro con dos capítulos sobre poesía, “porque todavía hay muchas maneras distintas de vivir en el mundo”. Un libro que grita contra esta sociedad contemporánea que ha caído en el consumo compulsivo. Casado ha escrito un libro perfecto para la mochila, para la caminata o el banco del parque. Y una invitación para ir a por Walden, que “está dondequiera que uno practique la lectura lenta y la escucha atenta”.

Ibón de Pinarra a 2.215 metros, este agosto 2017.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Papamoscas gris

Papamoscas gris (Muscicapa striata) en el valle de Los Fósiles, Subbética cordobesa.

En el Valle de los Fósiles un papamoscas parece más interesado en mí que yo en él. Y es que estoy leyendo al gran Seamus Heaney.
A veces unos horrendos cables de la luz son una suerte para pajarillos lectores. Porque he descubierto que lo que hace el papamoscas desde su eléctrico posadero es leer también mi libro ‘Cadena humana’, pero como la edición es bilingüe, no sé cuáles son los versos que sigue tan listo paro.
Y tres liebres, cerca de la fuente del Palomillo, que parecen tres canguros en esta sequedad, también atentas. Nómadas de los campos, a esta hora de la tarde, la hora de las liebres. Sé que oyen pasar las hojas que no pueden leer.

Unos versos de A herbal (Herbario)

Entre el brezo y la caléndula,
Entre el musgo y el botón de oro,
Entre el diente de león y la retama,
Entre el nomeolvides y la madreselva,
 
Como entre el azul claro y la nube,
Entre el pajar y el cielo del atardecer,
Entre el roble y el techo de pizarra,
Tenía mi existencia. Yo estuve ahí.
Yo en el lugar y el lugar en mí.
 
Between heather and marigold,
Between spaghnum and buttercup,
Between dandelion and broom,
Between forget-me-not and honeysuckle,

As between clear blue and cloud,
Between haystack and sunset sky,
Between oak tree and slated roof,
I had my existence. I was there.
Me in place and the place in me.

Liebre ibérica (Lepus granatensis), valle de Los Fósiles.

lunes, 28 de agosto de 2017

Los senderos del mar, de María Belmonte

Puesta de sol en el flysch de Zumaya, 4 de agosto.



Ha sido una suerte prolongar los días en la costa vasca. Mantener la emoción de nadar en el Cantábrico, de la subida al monte Pagoeta o el vértigo de los impresionantes acantilados del flysch de Zumaya. Ha sido una suerte dar con el libro ‘Los senderos del mar. Un viaje a pie’, de María Belmonte, de la editorial Acantilado, y seguir aquí en el sur rememorando esos días norteños. Y fue en San Sebastián un día lluvioso del pasado 5 de agosto, llegamos en cercanías desde Orio. Paseamos por una ciudad abierta a su hermosa playa de la Concha, sin bañistas, desierta por el mal tiempo. Comimos en la Parte Vieja y como postre, mientras la familia paseaba por la playa de Zurriola, me fui a una de las librerías Elkar, la de la calle Bergara, y me hice con este hermoso libro, qué mejor sitio.
“Prefiero recorrer andando algunos kilómetros de un país que verlo entero desde un automóvil u otro medio de transporte”, es un buen principio para viajar y para comenzar el libro. María Belmonte recorre la espectacular costa a lo largo de varios viajes entre los meses de abril y septiembre y escribe de ballenas, de geología, de mitos, de botánica de oceanografía: “La mayor parte de las olas que llegan al golfo de Vizcaya y rompen contra la costa vasca nacen en el tempestuoso y agitado mar de Labrador, al este de Terranova y sur de Groenlandia”.
No hay mar donde vivo, pero sí calizas surgidas del fondo marino.
También abundan en su libro los escritores viajeros: Chatwin, Mcfarlane y su admirado Patrick Leigh Fervor, de este último no he leído nada, así que queda anotado para futuras lecturas. Son mucho más las referencias literarias y me alegra conocer a bastantes de los autores en sus lecturas recomendadas al final del libro. Ya no estoy en los paisajes del norte tan llevaderos en agosto. Pero ‘Los senderos del mar’ ha prolongado el placer de observar desde la cruz de Pagoeta a Zarauz y Orio, separadas por el Talaimendi, el paseo por San Sebastián, el baño en Zumaya y sus acantilados calcáreos. Por cierto, magníficas las páginas dedicadas a este acontecimiento geológico mundial, del que deseo escribir en otro momento.
María Belmonte recorre con amigos partes del camino y también a solas con el paisaje y su fuerza indeleble. Viviendo a cada paso la costa y sus sucesos naturales, la lluvia que arrecia, los helechos y el bosque, nadar y sentir el mar, o aquel martín pescador a la salida de Orio, que puso “una hermosa nota de color azul turquesa en el cielo de la tarde“. Son paisajes “que permanecen en nuestra memoria y perduran en nosotros por muy lejos que nos encontremos de ellos”. Y así siguen en mí esos paseos atentos y despreocupados de hace unas semanas. Senderos que habrá que andar y un libro que me llevará a otros libros. Porque es de la naturaleza y del ser humano de lo que escribe magníficamente María Belmonte.

La autora en una de las 14 imágenes que aparecen en el libro.