sábado, 16 de septiembre de 2017

Papamoscas gris

Papamoscas gris (Muscicapa striata) en el valle de Los Fósiles, Subbética cordobesa.

En el Valle de los Fósiles un papamoscas parece más interesado en mí que yo en él. Y es que estoy leyendo al gran Seamus Heaney.
A veces unos horrendos cables de la luz son una suerte para pajarillos lectores. Porque he descubierto que lo que hace el papamoscas desde su eléctrico posadero es leer también mi libro ‘Cadena humana’, pero como la edición es bilingüe, no sé cuáles son los versos que sigue tan listo paro.
Y tres liebres, cerca de la fuente del Palomillo, que parecen tres canguros en esta sequedad, también atentas. Nómadas de los campos, a esta hora de la tarde, la hora de las liebres. Sé que oyen pasar las hojas que no pueden leer.

Unos versos de A herbal (Herbario)

Entre el brezo y la caléndula,
Entre el musgo y el botón de oro,
Entre el diente de león y la retama,
Entre el nomeolvides y la madreselva,
 
Como entre el azul claro y la nube,
Entre el pajar y el cielo del atardecer,
Entre el roble y el techo de pizarra,
Tenía mi existencia. Yo estuve ahí.
Yo en el lugar y el lugar en mí.
 
Between heather and marigold,
Between spaghnum and buttercup,
Between dandelion and broom,
Between forget-me-not and honeysuckle,

As between clear blue and cloud,
Between haystack and sunset sky,
Between oak tree and slated roof,
I had my existence. I was there.
Me in place and the place in me.

Liebre ibérica (Lepus granatensis), valle de Los Fósiles.

lunes, 28 de agosto de 2017

Los senderos del mar, de María Belmonte

Puesta de sol en el flysch de Zumaya, 4 de agosto.



Ha sido una suerte prolongar los días en la costa vasca. Mantener la emoción de nadar en el Cantábrico, de la subida al monte Pagoeta o el vértigo de los impresionantes acantilados del flysch de Zumaya. Ha sido una suerte dar con el libro ‘Los senderos del mar. Un viaje a pie’, de María Belmonte, de la editorial Acantilado, y seguir aquí en el sur rememorando esos días norteños. Y fue en San Sebastián un día lluvioso del pasado 5 de agosto, llegamos en cercanías desde Orio. Paseamos por una ciudad abierta a su hermosa playa de la Concha, sin bañistas, desierta por el mal tiempo. Comimos en la Parte Vieja y como postre, mientras la familia paseaba por la playa de Zurriola, me fui a una de las librerías Elkar, la de la calle Bergara, y me hice con este hermoso libro, qué mejor sitio.
“Prefiero recorrer andando algunos kilómetros de un país que verlo entero desde un automóvil u otro medio de transporte”, es un buen principio para viajar y para comenzar el libro. María Belmonte recorre la espectacular costa a lo largo de varios viajes entre los meses de abril y septiembre y escribe de ballenas, de geología, de mitos, de botánica de oceanografía: “La mayor parte de las olas que llegan al golfo de Vizcaya y rompen contra la costa vasca nacen en el tempestuoso y agitado mar de Labrador, al este de Terranova y sur de Groenlandia”.
No hay mar donde vivo, pero sí calizas surgidas del fondo marino.
También abundan en su libro los escritores viajeros: Chatwin, Mcfarlane y su admirado Patrick Leigh Fervor, de este último no he leído nada, así que queda anotado para futuras lecturas. Son mucho más las referencias literarias y me alegra conocer a bastantes de los autores en sus lecturas recomendadas al final del libro. Ya no estoy en los paisajes del norte tan llevaderos en agosto. Pero ‘Los senderos del mar’ ha prolongado el placer de observar desde la cruz de Pagoeta a Zarauz y Orio, separadas por el Talaimendi, el paseo por San Sebastián, el baño en Zumaya y sus acantilados calcáreos. Por cierto, magníficas las páginas dedicadas a este acontecimiento geológico mundial, del que deseo escribir en otro momento.
María Belmonte recorre con amigos partes del camino y también a solas con el paisaje y su fuerza indeleble. Viviendo a cada paso la costa y sus sucesos naturales, la lluvia que arrecia, los helechos y el bosque, nadar y sentir el mar, o aquel martín pescador a la salida de Orio, que puso “una hermosa nota de color azul turquesa en el cielo de la tarde“. Son paisajes “que permanecen en nuestra memoria y perduran en nosotros por muy lejos que nos encontremos de ellos”. Y así siguen en mí esos paseos atentos y despreocupados de hace unas semanas. Senderos que habrá que andar y un libro que me llevará a otros libros. Porque es de la naturaleza y del ser humano de lo que escribe magníficamente María Belmonte.

La autora en una de las 14 imágenes que aparecen en el libro.



martes, 1 de agosto de 2017

Tiempo de emboscarse



Tronco de haya en el bosque de Gamueta.


Ha escrito Llamazares sobre los árboles. De las enfermedades como la Xilella fastidiosa, que ataca los almendros y los olivos. También las palmeras se secan, por los ataques del picudo rojo. Hoy mismo he visto junto a la carretera un hermoso olmo totalmente seco. Los olmos afectados de grafiosis mueren con las hojas puestas. De alguna manera el hombre está detrás de estas plagas. Y con el verano las llamas consumen millones de árboles, y no son las llamas del poderoso rayo, son las de la codicia premeditada o sobrevenida las que queman bosques completos. ¿Quién acertó con el cinismo del hombre cuando dijo que el propio árbol le da la madera para el mango del hacha?
Bosque del refugio de Linza.
Son fechas de vacaciones, y hay quien en vacaciones se dirige al descanso de una soleada playa. Al refugio de un libro. A la distinta tranquilidad del propio hogar cuando uno no tiene nada que hacer, algo que pienso cada vez más digno y menos contaminante. No es fácil ser dueño de tu propio tiempo, no es fácil siquiera ser plenamente consciente de ese tiempo.
Precisamente los árboles gestionan el tiempo de otra manera: creciendo durante siglos, muriendo durante siglos, pudriéndose durante siglos y puede que rebrotando eternamente. Son otras vidas que reverencio. Dispongo de unos días y lo he decidido: me voy al encuentro de estos viejos compañeros, nos emboscamos toda la familia.
 Aun quedan al doblar un empinado camino de montaña, enormes abetos, pinos, robles y hayas, cuyo fuste en otro tiempo aguantó las velas de los barcos. Impresionantes ejemplares entre los que adentrarse y perderse. No sentirse gran cosa, no saber gran cosa. Para Ortega, “solo cuando nos damos perfecta cuenta de que el paisaje visible está ocultando otros paisajes invisibles nos sentimos dentro de un bosque”. Quiero sentir esa extrañeza y ese vértigo, y si se puede hacer bajo la lluvia mejor. No voy a decir adónde, pero aun es posible, a pesar del hacha que es el mismo hombre. Julio Llamazares termina su artículo con la frase del poeta francés Claude Bobin: “Me gusta apoyar la mano en el tronco de un árbol no para asegurarme de su existencia sino de la mía”.
Miguel junto a espléndidos pinos negros en la faja Tormosa, Pineta.

domingo, 16 de julio de 2017

Antiguas piedras de Achar y Corona de los muertos

Dolmen de Achar, en Aguas Tuertas, Pirineos occidentales.


Debo reconocer mi atracción por los restos prehistóricos. Ese romanticismo que rodea, por ejemplo, a los conjuntos de megalitos repartidos por el Pirineo. “Enigma, ciencia, pervivencia del pasado, mitos y leyendas se reúnen en torno al fenómeno del megalitismo”[1]. En el caso de estas montañas, estas construcciones milenarias, realizadas con piedras de distintas formas, para levantar dólmenes, crómlech, menhires o túmulos, están situadas ante poderosos paisajes, lo que agranda su magnetismo y poder evocador. Su visita requiere, en la gran mayoría de los casos, de la humildad de un paseo, a veces de una decidida excursión algo más larga; pero siempre de una aproximación a pie, la manera más adecuada para que nuestra mente capte el espíritu del paraje. “Una aproximación sensible y, hasta cierto punto, emocional que puede conducirnos desde el rito funerario hasta las estrellas, hasta las fronteras de una realidad sutil”1.
Castiello d`Acher: ¿no es un inmenso dolmen al que copiar?
Edificados en el segundo y tercer milenio antes de nuestra era, a finales del Neolítico, como lugares de incineración, enterramiento, como límites geográficos o señales de los caminos. Puede que no esté claro su significado, pero sí dejan constancia de una cultura y unas tradiciones, las de aquellos pobladores. No son grandes estructuras, no intervinieron en ellas muchas personas: quizás un grupo de cazadores, unos pocos pastores se decidieron a erigirlas en el contexto de una cultura que abarcó un vasto territorio desde la península Ibérica al Egeo. “Nuestras montañas jamás han constituido un obstáculo infranqueable a los aportes de las civilizaciones y a las transferencias humanas. Más bien han ofrecido al hombre un cuadro de vida hospitalario”[2].
Hace ya casi un año hicimos un par de excursiones por el Pirineo occidental. Por el hermosísimo valle de Guarrinza, dominado por una montaña tan singular como el Castiello d´Acher, subiendo por una pista desde Hecho. Valle que conserva varios de estos monumentos prehistóricos. Se localizan entre frondosos bosques como la selva de Oza, y su Corona de los muertos, o más arriba, en Aguas Tuertas, ante los meandros de la cabecera del río Aragón Subordán, donde encontramos el dolmen de Achar.
Corona de los muertos, en la selva de Oza.
Hay otros dólmenes y túmulos en esta zona. Hace 5.000 años, gentes sensibles supieron ver la grandeza de estos paisajes. Me gustaría saber si con la misma sensibilidad que ahora, o quizás más, porque ellos vivían con la montaña. Marcaron el territorio, transitando unos senderos que hoy en buena parte seguimos recorriendo. Dólmenes, túmulos… las mismas rocas de los alrededores se transformaron en símbolos al ordenarlas los seres humanos. Levantadas en unas rústicas pero perdurables construcciones que indicaban cuantos humanos transitaban por esas montañas. Visito esos círculos de piedras, la Corona de los muertos, hay decenas repartidas por una ladera de la selva de Oza, y más que enterramientos parecen corresponder a la ubicación de campamentos prehistóricos, fue el 11 de agosto del año pasado. El día de antes visitamos el dolmen de Aguas Tuertas, estratégicamente situado al inicio de esa gran extensión de pastos de montañas, por donde pastaron grandes manadas de caballos y otras piezas de caza.
Corona de los mueros, en la selva de Oza.
Seguro que fueron gentes maravilladas por estas montañas. Creo estar seguro de ello. Y buscaron un significado, ante un paisaje tan estremecedor. ¿Cuál? Posiblemente, esa es mi creencia, la belleza, la eterna belleza. Esa de la que nos hablan los grandes paisajes, las montañas inamovibles. Es el mismo paisaje que vemos cinco milenios después. Desaparecieron aquellas tribus, desapareceremos nosotros. No lo harán estas montañas. Sus enigmáticos dólmenes y círculos de piedras establecieron un diálogo con la naturaleza. Un significado que siempre querremos desvelar, cuando debemos conformarnos con la obra humana, la huella humana, la imaginación humana, la existencia humana.
Mis hijos y mis sobrinas pasaron la tarde observando y cazando renacuajos en los pequeños remansos del río, a poca distancia de estas piedras primitivas. Pasaron las horas de la tarde agachados en la orilla. También, con la misma actitud observadora, aquellos niños de hace 5.000 años, cazaron ranas. Disfrutaron aprendiendo de los seres cercanos. Nos une la misma y simple existencia. Nos unen las mismas montañas, que ellos con sus construcciones embellecieron aun más. Viajaron buscando sustento, caza o trasladando sus rebaños. Clanes de cazadores o de pastores o ambas cosas. Era duro vivir en la prehistoria, pero la creación y la contemplación también tenían un hueco. Ellos levantaron aquellas piedras para convertir todas estas montañas, sus torrentes y bosques en un gran santuario de la naturaleza.
Nacara, Argynnis paphia. Revoloteando ahora como hacía también 5.000 años atrás.


[1] Megalitos del Alto Aragón. Ed. PRAMES

[2] Guía de los Pirineos, de Claude Dendaletche Ed. OMEGA

domingo, 2 de julio de 2017

Cuaderno de campo, de María Sánchez, editado por La Bella Varsovia

Abejaruco en la fuente del Palomillo.


Finales de mayo. La vida y sobre todo la vivencia, la observación de la vida, la percepción. El agua fresca de la fuente de Las Jarcas a estas horas de sol. El trino perdido en el nogal. El hombre cargando fardos de hierba en su viejo R6 naranja. Saber que ha cogido avena silvestre para una potra joven.
“Un halo de luz o el simple destello que surge de una mano que comienza a escribir”: versos de María Sánchez en su ‘Cuaderno de campo’. Una alambrada oxidada, caída. Alguien ha olvidado el sentido de propiedad o ha comprendido que no hay que poner puertas al campo.
Y de nuevo el chorro de la fuente, y el trino, y la vida transformada en raudo vuelo de golondrina, porque la vida es ciega al destino. La vivencia estás vigilante, es callada resistencia.
En pleno subbética cordobesa.
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Primeros de julio. Arrulla la tórtola y el gazapo busca la sombra de la alberca. Trisan los abejarucos, posados en los alambres que en un tiempo llevaron luz a estas ruinas de cortijo. Su fuente, del Palomillo, sigue viva de milagro, con un último hilo de agua que no resistirá verano. “Al saber que cuando escasea la comida las aves ignoran los lamentos de las crías más débiles” de ‘Cuaderno de campo’. Pico largo para el aguijón pequeño y esos colores africanos que se zampan las abejas. “Soy la tercera generación de hombres que viene de la tierra y de la sangre”. Celebración de las vísceras, de las vendas, de la poesía. María Sánchez.




La alberca casi vacía de la fuente del Palomillo, este 2 de julio.

miércoles, 7 de junio de 2017

De casas y pueblos auténticos en el Pirineo occidental

Fago, calle principal, en agosto de 2016. La belleza de lo auténtico.


Dice Karl Ove Knausgard que hoy “transitamos por las mismas carreteras, las mismas casas, las mismas gasolineras, las mismas tiendas. Europa se está fundiendo en un país grande e igual. Lo mismo, lo mismo, todo es lo mismo”. Lo cuento porque en este instante, de tranquila mañana de agosto, en el cámping a las afueras de Ansó, acaba de dispararse un altavoz en el pueblo, que ha informado que se han perdido una cartera y unas llaves, y que se puede ir a buscarlas al ayuntamiento. Algo cotidiano, que me parece único.
Ansó, agosto de 2016
En Roncal se quedan cien habitantes cuando llega el invierno. Eso dice el dueño del supermercado del pueblo, donde hemos comprado queso. Ha sido después de darnos un largo paseo, y antes refrescarnos en la piscina fluvial, no muy buena, más parece un charcón. Me ha llamado la atención las dimensiones del cuartel de la Guardia Civil, con su buena leñera ya preparada para los meses de frío y de la iglesia de San Cipriano. Enormes edificios, dominando, cada uno en su competencia, al pueblo, y creo que hoy venidos a menos.
Mientras, un edificio más moderno, junto a la carretera que sube a Francia, donde se encuentra la oficina de turismo, muestra en varias plantas y en atractivas proyecciones, toda la maravillosa naturaleza del valle, pastos para sus ovejas, bosques de hayas, abetos y pino negro. Y osos, como el rey de estos montes. Un edificio vivo y útil, del que espero, siga dando servicio, además gratuito, durante mucho tiempo.
Casa de Hecho, o Echo, del libro 'Los pueblos de España, de Caro Baroja.
El nogal de la plaza de Fago tiene las nueces muy pequeñas, será el clima. Un bello pueblo, que conserva viejas casas encaladas de blanco o azul claro, abandonadas algunas de ellas, que sí dan idea de las viviendas de siempre, de un pequeño pueblo rodeado de montañas y bosques. Corren el peligro, en el caso de Ansó y Echo, de que el excesivo esmero de sus vecinos por embellecerlos, lo conviertan en una postal, dejando atrás la autenticidad de las viejas fachadas, puertas y empedrados. En Echo se encuentra el centro de salud, donde el pediatra, de apellido Urdaiz, atiende con minuciosidad a Miguel, que entre los baños en las aguas frías y los calores, ha cogido un pequeño resfriado. Un jarabe para la tos, 85 céntimos. 

Parroquia de San Cipriano dominando las casas roncalesas.



sábado, 27 de mayo de 2017

'Los últimos', de Paco Cerdà, editorial Pepitas de calabaza

Unos cuantos cortijos abandonados puntean el Valle de los Fósiles, Subbética cordobesa.


Parece que el invierno deja las cosas en su sitio. Es el momento de replegarse: la energía del árbol a las raíces, el futuro de las flores en sus semillas y si hay turistas, como ciertas aves, volaron lejos. Es el invierno cuando el periodista Paco Cerdà recorre un vasto territorio de la España del interior. Donde la media demográfica nacional baja de los 92 habitantes a menos de 8 personas por kilómetro cuadrado. Es la soledad “que se extiende por diez provincias y agrupa a 1.355 municipios, esta tierra donde el silencio cabalga montañas y las voces infantiles quedaron afónicas el siglo pasado”. Es una amplia extensión de la serranía Celtibérica, que comprende diez provincias y 65.000 kilómetros, con menos habitantes que en Laponia, así que también se la conoce como la Laponia española.
Paco Cerdà, foto de Comarques Nord
Impresionante territorio deshabitado, el de estas diez provincias que se convierten en el libro en diez capítulos y diez historias de sus moradores. Unos pocos niños y su maestro, alguien que dejó la gran ciudad y volvió al pueblo apostando por los alojamientos turísticos rurales y sobre todo gente mayor que como Fautisno García, de 85 años, es el único habitante de Tobillos (Guadalajara) y su vida “compuesta de rutina y oxígeno. Una vida. Solo una vida y sin embargo una vida”.
Paco Cerdà ha escrito un libro necesario, es una importante reflexión sobre el viejo solar de nuestro país. Sobre los pueblos que se vienen abajo y con ellos se desploma toda una cultura de lo que fue el campo español. La naturaleza, con esa paciencia milenaria, va borrando antiguas extensiones de cultivos y luego va subiendo por las paredes de piedra, con sus hojas de zarza o de hiedra, con sus higueras colgando de viejas murallas y campanarios. Ya en 1988, Julio Llamazares en su libro -La lluvia amarilla- supo escribir sobre estos pueblos, él se fue al Pirineo, a Ainielle, aunque fue en Soria, en Sarnago, donde encontró el germen de su libro. Paco Cerdà recorre Sarnago, con “la vieja iglesia hundida bajo el peso de su propio desamparo”.
-Los últimos- me lleva a la incansable naturaleza que borra lo humano, que borra veredas, caminos de montaña, realengas y sin ellas quedarán borrados de la mirada infinitos paisajes. Y al mismo tiempo que los paisajes volverán solo a algún caminate intrépido, las palabras se irán perdiendo en el fondo de las páginas de los diccionarios: “la colodra era el vaso que solían llevar los pastores para beber en el campo”. -Los últimos- de Paco Cerdà, editado por Pepitas de Calabaza. Necesario.

Ruinas, restos de otras vidas en el campo.