jueves, 20 de diciembre de 2012

De setas en el bosque de La Maroma


Estuvo bien dar un paseo por los alrededores de la zona recreativa de Robledal Alto, en las faldas de La Maroma (2.065 m.), en su cara noreste. Esto es, entrando por la carretera que va de Ventas de Zafarraya a Alhama de Granada, justo por el carril que comienza en el restaurante La Alcaicería. La abundancia de setas hizo que el corto recorrido hasta Los Barracones mereciera la pena. Fue a principios de noviembre y después de las generosas lluvias de este otoño. Había bastantes vecinos buscando níscalos y pie azul (Lespista nuda), como nos mostró en una cesta un aficionado.
Lo nuestro era ver setas, encontrar especies. Y esto ocurrió desde el inicio de recorrido, con manchones de Hifoloma de láminas verdes (Hypholoma fasciculare) que crece sobre tocones o madera enterrada de coníferas. El suelo estaba bien mullido con las acículas de los hermosos pinos resineros (Pinus pinaster). De las agujas de los pinos también surgían Cysthoderma amianthinum, Bolbitius vitellinus  y Suillus bellinii, y de las piñas, la típica Mycena seynii. Pero por su tamaño y número, nos llamó la atención a María del Mar  y a mí, la Tricholoma caligatum, robustas y poderosas, de láminas blancas y pie y sombrero fimbriados de marrón, es una especie meridional, típica bajo pinos y cedros.
También hay cedros plantados en esta umbría de La Maroma; y melojos (Quercus pyrenaica). Fotografiamos la bella lepiota mamelonada (Macrolepiota mastoidea) y el cuesco de lobo (Vascellum pratense). Al salir a los praditos que llegan a las casas turísticas de Los Barracones, nos esperaba la típica y fina Volvaria vistosa (Volvariella speciosa), y unos bocatas de queso y chóped.
Y cuando llega la corta temporada de las setas, también apetece algún libro sobre estos enigmáticos seres. Acabo de adquirir, ¡por siete euros! un pequeño volumen de la editorial Tikal. ‘Las setas’ con más de 1.000 fotografías y calculo que unas 500 especies descritas. Es una traducción del francés, que por su reducido precio y la cantidad de especies, merece la pena. 

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Piruétanos en La Camila


Rodeados de bolsas, botellas, latas, cartuchos de caza y otra basura. No podía ser menos en estos campos de Andalucía. Entre tanta dejadez de paseantes, cazadores y agricultores, te encuentras con joyas botánicas como los piruétanos. Se trata de un pequeño árbol o arbusto, nunca abundante, discreto cuando no está en floración y propio del sur de la península y noroeste de África. Es un peral silvestre, un género difícil y variable, donde la especie que nos atañe presume de bellas flores de pétalos blancos amarillentos y estambres con anteras tintas, que se agrupan en ramillas con largas espinas. Puede alcanzar los 10 metros de altura, con hojas de limbo aserrado, tan largo como ancho y rabillo acanalado, pelosas por el envés cuando son nuevas. Así las fotografié el pasado 27 de marzo, cuando di con media docena de ejemplares en La Camila.
Su nombre científico es Pyrus bourgeana, y está dedicado al botánico francés Eugène Bourgeau que investigó las plantas de la península ibérica en el siglo XIX. Cuando en marzo localicé estos ejemplares, paseando en bici por los caminos cercanos al río Anzur, entre acebuches y retamas, creí haber dado con unos endrinos. Sí es cierto que las flores son mayores, pero estas y las espinas de las ramas me hicieron pensar en alguna casta de endrino de injertar. Ahora en otoño volví al lugar y vi que los frutos, para mi sorpresa, eran unas perillas de dos o tres centímetros, muy ásperas y de piel parecida a las de las peras conferencia. Así que entre las reducidas manchas de vegetación silvestre de la campiña alta lucentina me he encontrado con unos raros y bellos arbolillos. Y entre la basura del campo estos árboles se cuajan de flores con el mantra: la belleza es posible, búscala.


lunes, 19 de noviembre de 2012

El Río, de Wade Davis


 “Al norte del Amazonas está el río Putumayo, con sus dos principales afluentes de la ribera norte, el Caraparaná y el Igaraparaná, lugar de las etnias huitoto y bora. Le sigue el río Caquetá, formado por varios afluentes importantes, entre ellos el Miritiparaná, hogar de los yucunas y de los tanimucas; el río Yarí, con su ramal inexplorado, el Mesaí, y el mal conocido Cahuinarí, tierra de varias poblaciones dispersas de boras y huitotos”… y así miles de kilómetros de ríos serpenteando por la selva amazónica, como las venas de la tierra, de Colombia, Venezuela, Perú, Brasil y Ecuador.
Es ‘El Río’, el libro de Wade Davis, una enciclopedia de etnobotánica del Amazonas y Los Andes. Un repaso de 639 páginas, editado por Pre-Textos, sobre la vida del botánico Richard Evans Schultes, profesor y director del Museo Botánico de Harvard. Wade Davis fue alumno suyo, y junto a Tim Plowman, a quien está dedicada la obra, siguieron los pasos de su maestro por la inmensidad verde.
Y es que “hasta los botánicos más avezados se siente humillados ante la pasmosa diversidad de la selva amazónica”. Con todo, Schultes ha sido uno de los grandes científicos que han explorado estas tierras. Durante doce años investiga las plantas alucinógenas, las medicinales. Herboriza, descubre hasta 300 especies nuevas para la ciencia, docenas de ellas llevan su nombre. Cuenta Davis, que “en la tarde de su primer día entre los bogotanos”, Schultes viajó sin rumbo, se subió a un tranvía, siguió a un grupo de niños que cuidaba una monja, junto a unas escaleras se abría el bosque, entre los helechos vio una diminuta orquídea, de no más de tres centímetros, la recogió con cuidado y la guardó entre las páginas de su pasaporte. Era una nueva especie para la ciencia, la Pachiphyllum schultesii.

Se relaciona con las tribus, aprende su conexión con la naturaleza, la Pachamama. Durante la Segunda Guerra Mundial trabaja en las posibilidades y las variedades del árbol del caucho, de sus especies. Un incansable explorador a pesar de las enfermedades, de las distancias y de la pequeñez del “botánico que trabaja en el Amazonas”, que “debe ser consciente de su propia ignorancia”.  El amazonas puede ser una maraña de vegetación, pero estas plantas ahora tenían nombres, que implicaban relaciones “que estaban preñadas de significados”.
   Por sus estudios, por las páginas de El Río, pasan los huicholes y el peyote que “era un atajo farmacológico para llegar a reinos místicos”. Los zapotecas, mixtecas, chinantecas,  y sus plantas mágicas. Schultes reconoció en una enredadera, la Turbina corymbosa, un tipo de dondiego utilizado para la adivinación. Era la ayahuasca o yagué o caapi, un bejuco del alma, la alucinójena más celebrada del Amazonas.
   Tim y Wade recorren las zonas montañosas, tierras de la coca. “Para las gentes de los Andes la tierra está viva, y cada rugosidad del paisaje, cada afloración y colina, cada montaña y todo río tienen un nombre y están imbuidos de significados rituales”. “La distancia en las montañas no se mide por kilómetros sino por mascadas de coca”.
Es la naturaleza exuberante que envuelve al hombre, que es también naturaleza y quiere saber. “Se podría decir que el chamanismo es uno de los empeños espirituales más antiguos, nacido en los albores de la conciencia humana. Para nuestros antepasados paleolíticos, la muerte fue el primer maestro, el primer dolor, el borde más allá del cual terminaba la vida tal como se conocía y empezaba el asombro”. Para llegar a esos “bordes del mundo” nos ayudan ciertas plantas, porque cuando “uno pronuncia los nombres de las plantas –dijo en cierto momento (Tim)-, pronuncia el nombre de los dioses”.
La luz del botánico José Cuatrecasas
Un libro tan portentoso como ‘El Río’ cuenta con cientos de referencias botánicas y de botánicos. Wade Davis, su autor, hace repaso de los científicos españoles. Cuenta como Schultes se puso a trabajar en 1951 en la traducción al inglés de los diarios andinos, del siglo XVIII, de Hipólito Ruiz y José Antonio Pavón. Unos manuscritos perdidos durante siglos y que aparecieron accidentalmente, tras un bombardeo en la Segunda Guerra Mundial del Museo Británico de Historia Natural.
Aunque no faltan en la obra pasajes sonrojantes, aún hoy, donde los españoles acaban con la vida de cientos de miles de personas, directamente o por culpa de las enfermedades. “Cabezas cortadas exhibidas en jaulas de hierro”, o eran “destripados por perros en un repulsivo espectáculo público”. En ciento cincuenta años, los conquistadores habían acabado con la vida de más de cincuenta millones de nativos.
Pero aparece la luz entre estas sombras de la historia. Es la de José Cuatrecasas, “un español que había huido de la España de Franco y que se había establecido en Colombia”. Un experto en flora al nivel de Schultes. Fuera de la botánica, Cuatrecasas tenía dos fijaciones: su odio a los curas y a gastar dinero. Un científico brillante, que murió en Estados Unidos en 1996 a los 93 años. En ‘El Río’ se cuenta que en trescientos años, tan solo cuatro naturalistas habían visto la mítica orquídea azul (Aganisia cyanea). Los primeros, en 1801 fueron Humboldt y Aimé Bonpland. Le siguió medio siglo después el inglés Spruce y José Cuatrecasas en 1939. El quinto sería Schultes en 1942.



lunes, 12 de noviembre de 2012

El petirrojo y la lluvia

La genética humana nos predispone a otros mundos: a los tesoros de la música, a la expresión de la danza, a la imaginación incontenible de contar cosas o de crearlas, a cualquier creatividad. Estos mismos genes, también pueden despertarnos a los secretos maravillosos de la ensoñación, ante los vientos, la soledad o la lluvia. Capacidades guardadas en la especie humana, transmitida de generación en generación y durante 25.000 generaciones.
Cuando sentimos la emoción de la lluvia, la tranquilidad que nos proporciona. Apreciamos el brillo de las cosas mojadas, la abstracción de las gotas al chocar contra el agua de la charca. El menudeo de las mismas gotas en las hojas de los árboles. La imponente majestad de los nubarrones. La ingrávida seda de las nieblas. Notamos como si esta belleza ya estuviera aprehendida en nuestro ser, gracias a las misma admiración guardada por nuestros antepasados.
Cuando el tiempo empeora y nos hincha de esas sensaciones, y lo aceptamos con alegría sin saber el porqué de este don sencillo y campestre. Quizás, en ese momento deberíamos pensar que el ser humano lleva un millón de años, en el caso de nuestra especie, y muchos más milenios como homínidos, contemplando, seguro, con los mismos ojos la misma belleza de la lluvia.


Hace unos meses comenzó a llover en el Pirineo. ¡Tan bello! Desde el coche observé entre la vegetación empapada un pequeño petirrojo. En la oscurana del día, el óxido de sus plumas destacaba con la viveza de esta avecilla. Percibí también en sus ojos la misma contemplación de la lluvia que practicaban los míos.

Salí a dar un paseo por el pequeño pueblo de Saint Lary, donde me encontraba. Los impermeables mojados de los turistas se rozaban en los comercios de recuerdos, de ropa de montaña o en la librería. En la calle el bullicio no decaía, y había quién bajo el paraguas disfrutaba de la terraza de un bar o esperaba cerca del tiovivo. Otros estudiaban el plano de esta población del valle de Aure, donde a los ríos los llaman ‘neste’. A las afueras, las casas más feas se hacían fotogénicas gracias a la grisura del día. De vuelta al camping sabía que me esperaba una apacible tarde noche, hojeando los libros recién comprados, bajo el arrullo de la lluvia golpeando la tela de la tienda de campaña.


Rouge-gorge et à la pluie

La génétique humaine nous prédispose à d'autres mondes: les trésors de la musique, la danse d'expression, des choses imagination irrépressibles de compte ou créer, aucune créativité. Ces mêmes gènes peuvent également réveiller les merveilleux secrets de la rêverie, avant que les vents, la solitude ou la pluie. Capacités enregistrés chez l'homme, transmis de génération en génération et les générations à 25.000.
Quand on se sent l'émotion de la pluie, de la tranquillité qu'elle offre. Nous apprécions la luminosité de l'étoffe mouillée, l'abstraction des gouttes quand il frappe l'eau de l'étang. Le détail des gouttes mêmes dans les feuilles des arbres. L'imposante majesté des nuages. Les brouillards de soie en apesanteur. Nous notons que si cette beauté était déjà appréhendé dans notre être, grâce à la même admiration gardé par nos ancêtres.
Lorsque le temps se gâte et nous gonfle de ces sentiments, et je l'accepte avec joie, ne sachant pas pourquoi ce cadeau simple et rustique. Peut-être que nous devrions penser que l'homme prend un million d'années, dans le cas de notre espèce, et beaucoup plus que millénaires hominidés, regarder, bien sûr, avec les mêmes yeux la beauté même de la pluie.
    Il ya quelques mois il a commencé à pleuvoir dans les Pyrénées. So beautiful! De la voiture végétation trempée observée chez un petit rouge-gorge. Dans l'oxyde jour oscurana, leurs plumes mis en évidence avec la vivacité de cet oiseau. Également perçue à leurs yeux la contemplation même de la pluie pratiquer la mienne.
   Je suis allé faire un tour dans le petit village de Saint-Lary, où je me trouvais. Le imperméable mouillé frotté les touristes dans les boutiques de souvenirs, des vêtements de montagne ou à la librairie. Dans la rue, le bruit ne faiblit pas, et qui avait joui sous l'égide de la terrasse d'un bar ou d'attente près du carrousel. D'autres ont étudié le niveau de cette population Aure Valley, où les rivières sont appelés «Neste». Juste à l'extérieur, les maisons devenaient plus laid photogénique par la grisaille de la journée. De retour au camping savais que je m'attendais à une soirée tranquille la nuit, parcourant les livres nouvellement acquises en vertu de la berceuse de la pluie frapper le tissu de la tente.

lunes, 29 de octubre de 2012

Os espero golondrinas dáuricas


Si vas a la vía verde desde Lucena a Cabra puedes ver golondrinas aquí y allá en sus tareas, que no suelen ser otras que las de buscarse el sustento, aunque creo que algún instante dedicarán al vicio de volar. Y es que bien mirado. parece que juegan con el aire, que su vuelo es más lúdico que alimenticio, que la naturaleza las ha dotado de largas colas para poder girarlas al viento sin más, como las cometas, por puro juego.

miércoles, 17 de octubre de 2012

En la patria de los patos

Hay un timbre, un crotoreo, gorjeo, cacareo, hasta silban las fochas. Toda esta sinfonía recibe al visitante de la laguna Amarga. Son las aves más comunes y se reparten por toda la lámina de agua. Parpan los azulones y los zampullines y malvasías se mantienen en silencio, buceando largo rato. Y no paran las risas de las fochas y su chapoteo. Hay también hoy una veintena de porrones europeos, muchos adormilados, con el pico bajo las plumas. Una gallineta picotea una rama seca. El agua se riza y pasan nubes de algodón. Siguen buceando las malvasías, los patos más raros y que aquí, en estas lagunas del sur de Córdoba, encontraron sus últimos reductos hace treinta años.


Entre tanto, atento al bullicio de los patos, he leído un cuento de Ana María Matute: Sombras. He echado un vistazo con el sol ya rasante, antes de marcharme en este 12 de octubre, día de la patria de los patos, y sobre mi cabeza ha pasado un cormorán, grande y bien perfilado en este cielo de otoño.

lunes, 24 de septiembre de 2012

‘Tan cerca del aire’, de Martín Garzo


Posiblemente las garzas sepan lo que nosotros no. Visitan las lagunas y los ríos, comen peces y batracios, y meditan. Los peces y batracios están cargados de una historia antigua, eras geológicas los acompañan, y esa historia secular impregna la mucosa y las escamas de su piel. Cuando una garza engulle de una pieza estos animales, deja “un sabroso sabor a algas” y a historia de la Tierra.
Las garzas, son conocedoras de las umbrías, del rumor de las corrientes cristalinas, “que recuerdan el sonido de conversaciones humanas”, de la magia de los musgos, de los helechos y las algas. Las garzas merodean en el ámbito de las leyendas y de los cuentos. Y esto lo sabe Gustavo Martín ‘Garza’, que en su maravillosa ‘Tan cerca del aire’, habla de una irrealidad que existe, y solo tenemos que visitar unas cuantas veces un bosque empañado por la niebla, o tumbarnos, como cuenta Paula, en el prado donde “escuchábamos la voz de la montaña. Surgía de la más profunda oscuridad, de un tiempo anterior a los hombres, y nos quedábamos inmóviles hasta sentir que formábamos parte de ella”.
Una historia de amor con la naturaleza, un hijo con una garza, nos cuenta Martín Garzo. Una mágica capa de plumas, que nos conecta con el mundo, y que en el pecho de Jonás, vibraba “con un rumor de tempestad” y le permitía “volar por encima de todas las penas”. Un bello cuento para lectores que “no creen que la vida pueda ser comprendida”.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

La laguna del Duque, en la sierra de Béjar


 En el cuaternario, desde hace 1,6 millones de años, el planeta ha vivido hasta cuatro periodos fríos donde los glaciares han ocupado grandes extensiones de la Tierra. Fríos que perduraron hasta hace 10.000 años en los lugares más favorables. El cuaternario llega hasta nuestros días, pero no sus espléndidos glaciares, que incluso en los casquetes polares, ahora están en retroceso alarmante.
En la sierra de Béjar, en orientación norte, existe un claro ejemplo de la acción de los hielos del cuaternario. Este agosto ha servido para pasear por su lecho con toda la familia, en una excursión veraniega donde los servales muestran su belleza, con sus racimos de frutos rojizos y los melojos nos protegieron del sol en algunos trechos del camino. Existen dos centrales eléctricas antiguas, de mediados del siglo pasado, con feas conducciones de agua desde las alturas de las lagunas del Trampal y del Duque hasta las turbinas. Hasta la central del Zaburdón, a 1.250 metros de altura, llegaron las lenguas glaciares de los dos valles que acogen a estas lagunas. El hielo erosionó el granito de estas montañas, creando varias cubetas en las que hoy existen unas ocho lagunas. La más grande, por estar además represada, es la del Duque.
 Partimos de la central más alta, la de la central del Chorro, a 1.360 m. de altitud, en busca de esta laguna y su imponente paisaje, en una excursión fácil, de 340 metros de desnivel, ideal para niños, incluidos los de casi cuatro años, que suben sin problemas, refrescados por los arroyuelos que atraviesan el sendero y animados por las mariposas que llaman su atención. Tras una hora de revueltas entre zona pedregosas y de pastos se llega a la laguna (1.620 m.), que se muestra solo en los últimos metros. El hielo creó este paraje ocupado hoy por la laguna, el hielo erosionó estos picos y gargantas, donde este agosto subimos en familia.



miércoles, 18 de julio de 2012

‘Hacia una montaña en el Tíbet’ de Colin Thubron

Al viejo Colin le ha salido un libro triste. Él es el último de la familia, ya han muerto todos. Y en ‘Hacia una montaña en el Tíbet’, le salen sus seres imprescindibles, los recuerdos de cacería de su padre, militar en India, cabezas de fieras que adornaban su casa familiar. Su hermana Carol, muerta en accidente de esquí en el Matterhorn, con solo 21 años. Y su madre, la última en desaparecer. Todos están en el libro, porque estas montañas han tenido un poder evocador en el famoso escritor de viajes, que ya septuagenario realiza el duro camino de circunvalar el monte Kailash.


“Me tiendo sobre las rocas y sueño en otra era. Al morir mi madre, encontré los recuerdos de caza de mi padre…” Sigue su camino difícil por valles y puertos de montaña, acompañado de Dhabi, un arriero de le etnia thakuri, por el cocinero Ram y por el guía Iswor, ambos tamang y aparecen recuerdos: “Me había puesto a quemar las cartas de amor de mis padres, pero descubrí que no podía hacerlo”.

Quizás lo que encuentra en esta montaña sagrada, que hinduistas y budistas rodean en sentido de las agujas del reloj y los seguidores de la primitiva religión bon lo hacen en sentido contrario, es tristeza, muerte y miseria. Se cruza con aldeanos empobrecidos, de villorrios paupérrimos, con unos pocos bancales que apenas dan de comer. Visita monasterios donde los monjes se mezclan con las ruinas de los edificios y la mugre que acumulan las figuras de budas y bodhisattvas. Monjes que “no dejarán tras de sí nada material que dividir, reclamar o amar. Su falta de posesiones me parece al mismo tiempo un indicio de libertad y una reducción patética”. Cuando llegan al pie del Kailash, junto al lago Manasarovar (4.570 metros de altitud), la mística se acrecienta, con ermitaños, piedras con inscripciones sagradas. Y ya alrededor de la montaña, cada peñasco es algo, una huella divina, un demonio, y la fatiga se acrecienta por la altura, pasan a 5.667 metros por el puerto Drolma, que a algunos peregrinos les cuesta la vida. “La razón por la que hago estos es inexplicable. Un viaje no es una cura”.
Pero también existe una naturaleza sobrecogedora. “Hay cascadas de cien metros que desaparecen en barrancos llenos de vegetación y surgen de nuevo para caer como cuerdas de luz destellante”. Y muchos kilómetros después aparece ante ellos el cono inmenso del Kailash de 6.714 metros, “que parece flotar en el cielo”. Colin Thubron nos deja dos viajes, el de su vida y el de la montaña. O… la montaña sagrada nos muestra la vida del viajero. Todo metido en un buen libro.

Entrevista de Jacinto Antón al escritor y publicada por El País Semanal: http://cultura.elpais.com/cultura/2012/06/21/actualidad/1340297878_628158.html

viernes, 22 de junio de 2012

Por los borreguiles del barranco de San Juan

Los borreguiles a 2.500 metros de altura, están en plena floración a mediados de este mes de junio. Es una alfombra mullida de hierba nueva pespunteada de florecillas únicas. Los glaciares labraron en Sierra Nevada amplias explanadas en las cabeceras de los valles, donde ahora se asienta una flora especialista en terrenos encharcados, por donde rezuma el agua de fusión, que baja de canchales y laderas.
Junto al antiguo observatorio astronómico, en la Hoya de la Mora, sale un marcado sendero que recorre esta parte alta del río de San Juan, en un barranco abierto, un antiguo valle glaciar. Es un camino sencillo, sin desnivel, siempre a una altura de 2.500 metros, ideal para deleitarse de la flora alpina de la sierra. Así que cámara en ristre voy captando una a una las plantas del borreguil.


Nunca podemos hablar de abundancia, en realidad es poco el terreno empapado o recorrido por el arroyo de montaña y otros regueros. Pero este día abundan las flores de pinguícula (Pinguicula nevadensis*), una pequeña carnívora que completa sus nutrientes con la descomposición de pequeños invertebrados que caen sobre sus pegajosas hojas glaucas. De color azul intenso con la boca del tubo de la corola blanco y en bellos grupos aparecen las gencianas Gentiana verna Subs. sierrae y menos abundante pero de mayor talla la Gentiana alpina, también de azul intenso y bandas verdosas.

Junto al río San Juan, en sus bordes medran el Leontodon microcephalus y más discretas las verónicas (Verónica nevadensis*). También encuentro dos ranúnculos, el amarillo Ranunculus demissus y Ranunculus angustifolius*, de pétalos blancos. Y nombrar la bella amante de corrientes de agua la Saxifraga stellaris. Abundan las manchas de Plantago nivalis*, pero no lo encuentro en floración.

Este borreguil del San Juan en la cota 2.500, está profundamente influido por el ganado, vacas y caballos, que lo pisotean, baten en las zonas más encharcadas y lo nitrifican. Hasta el punto que nada más brotar el agua, los regueros ya no son transparentes. Aún así es una zona muy rica en flora, según el botánico Pablo Prieto, aquí encontramos hasta el 35 por ciento de las especies de la alta montaña nevadense. He marcado con un asterisco las flores exclusivas de Sierra Nevada.

lunes, 28 de mayo de 2012

De caminos

Acostumbrado al olivar, como un campo abierto, que ofrece sus camadas monótonas al caminante. Estos campos de la Sierra Norte de Sevilla, de encinas de copas extendidas, llenando todo el espacio que desean, se vuelven sin embargo más opresivos a ese libre caminar. Aquí hay que guardar ganado, los olivos no se van, pero los caballos y las ovejas que vi, sí que pueden. Esto hace del paisaje de Guadalcanal, en Sierra Morena, un mundo de caminos con infinitos muros a sus márgenes. Preciosos muros levantados con paciencia y piedras a lo largo de los siglos. ¿3.000, 4.000 años? Unas manos dieron el turno a otras, para poner límites claros a las fincas, colocaron en la mejor postura las rocas que formaron esos muros que son también bellos, vetustos, como un capricho natural, más que una rústica forma de posesión. Así que caminé, sin salirme del camino y volví por el mismo sitio, envidiando el vuelo libre de arrendajos, rabilargos y urracas.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Orquídeas en la Vía Verde de la Subbética

Como las yerbas, yo esperaba esta lluvia de abril. Un fin de semana de chaparrones, empapando la tierra. Haciéndola más jugosa, para que las raicillas puedan trabajar, alimentando a las plantas. Toda la floración este año está retrasada, incluso puede que el agua caída ya llegue tarde. Seguro que tras este invierno, el más seco en medio siglo, no tengamos una insultante primavera.
Aún así, las orquídeas, con sus reservas almacenadas en sus tubérculos, han vuelto a florecer, algo retrasadas, eso sí. Y la Vía Verde de la Subbética, auténtica reserva botánica en esta comarca de cultivo extensivo, es un lugar privilegiado para observarlas. Dimos un paseo familiar, de apenas un kilómetro, antes de llegar al puente de la Sima, en la parte de Cabra. Este 29 de abril. En ese corto trayecto disfrutamos de cinco especies: Orquídea pobre (Orchis collina), abejera (Ophrys scolopax) abejera amarilla (Ophrys lutea), la flor de los hombrecillos (Orchis italica) y flor de araña Ophrys sphegodes). Esta última, es poco común, y junto con la O. collina, su distribución en la provincia se sitúa al sur, en la Subbética.


El cielo se hizo aún más plomizo, y llegamos al coche justo antes de que cayera un nuevo chaparrón. Ahora las plantas darán un estirón vivificadas por esta lluvia.

lunes, 23 de abril de 2012

El aleteo de Punta Llerga


Son tan vistosas, que pueden morir de belleza, zampadas por una ágil collalba gris, por ejemplo. Las mariposas poseen sus mecanismos de defensa  (además volar de forma zigzagueante, su mimetismo o incluso la amenaza de no ser apetecibles o incluso simular con sus ocelos un animal mayor de lo que son). Pero frente a la discreción de su etapa como orugas, las mariposas son llamativos animales, como si hubieran decidido cantar fuerte y alto ante la lujuria de la existencia.
La subida a Punta Llerga (2.269 m.), en el macizo del Cotiella (Pirineos), es un recreo para la vista del montañero. Tanto para la mirada lanzada al infinito de sus cumbres como la que se detiene al paso de sus botas, donde se cruza con innumerables mariposas que alzan el vuelo para posarse un poco más adelante. La cima bien puede esperar, y dedicar un rato a contemplar el nervioso aleteo de las mariposas también nos ayudará a comprender la majestad de los picos. La cálida temperatura de la mañana de agosto evapora el perfume de las flores, que ofrecen su néctar a estas especialistas libadoras. Me detengo, y fotografío con tiento para que no alcen el vuelo. Ahora, meses después de la excursión, me recreo en las guías naturalistas determinando el nombre de las especies que vi en la excursión.
 La grande y abundante nacarada (Argynnis paphia ♂). Luego están las erebias, casi cada montaña tiene la suya, encuentro la erebia de Prunner (Erebia meolans ♀) y más arriba, posada en las calientes calizas la erebia metálica española (Erebia hispania). La común saltacercas (Lasiommata megra) y las pequeñas niña catalana (Polyommatus hispanus ♂) y manto de púrpura (Lycaena alciphron). Entrados en la tarde, con las flores menos jugosas, fotografío la discreta dorada manchas blancas (Hesperia comma).
 Me viene el recuerdo del cuento de Virginia Wolf titulado Felicidad, donde escribe de Stuart Elton, que al agacharse se le caía un pétalo, porque sentía estar formado por muchos y tibios pétalos encarnados. Aquel ocho de agosto hacia Punta Llerga, al agacharme salía volando una mariposa. Había alas saludando por todas partes, incluida la collalba gris y arriba del todo un magnífico alimoche. Me tuve que agarrar el vértice geodésico de la cima, porque creí levantar el vuelo.

lunes, 16 de abril de 2012

‘El reloj de Mr. Darwin’, de Juan Luis Arsuaga

“Creo que una hoja de hierba no es menos que la trayectoria de las estrellas” (Walt Whitman)




Charles Darwin es uno de los científicos universales, que marcado un paso fundamental en el avance de la ciencia. La formidable idea de que pequeños cambios en los organismos vivos, que favorecen su supervivencia, sumados a lo largo de generaciones y a lo largo de milenios, producen grandes cambios, originando nuevas especies.


La selección natural actúa sobre estos cambios, escogiendo como hace el ganadero o el hortelano aquellos animales o vegetales más aptos. En resumidas cuentas, esta es la evolución, una idea genial sobre el gran mecanismo de la vida. “La selección natural hace inevitable la evolución de las especies”, escribe Arsuaga en su gozoso libro ‘El reloj de Mr. Darwin’. Este conocido paleontólogo explica la evolución de las especies, y la figura del gran naturalista, apoyándose en sus libros, con largos párrafos textuales y abordando los últimos conocimientos sobre la evolución. Como las aportaciones de Eldredge y Gould, sobre la aparición de nuevas especies en un periodo más corto de tiempo y en poblaciones aisladas.


‘El reloj de Mr. Darwin’, es un homenaje de un científico que se declara ¡Darwinista! Está lleno de sugerencias espléndidas: “Se ha podido ver que los pueblos que han mantenido hasta muy recientemente un estilo de vida basado en la caza y la recolección, o en todo caso, no muy occidentalizado, tenían menos sobrepeso, menos diabetes, menos colesterol en sangre y una presión más baja”, porque nuestro organismo pertenece a ese estilo de vida. Y también de crudas realidades: “La idea de la lucha por la vida cambia por completo nuestra querida visión de la naturaleza como un lugar paradisíaco de criaturas felices y lo convierten en un infierno de seres con «garras y picos ensangrentados»”. O incógnitas aún por resolver, como el momento exacto de la aparición de una especie nueva, el instante que ya no puede cruzarse y tener descendencia fértil con otra. Y lecciones de humildad, donde los humanos no ocupan un lugar central en la evolución, ni están un peldaño por delante de otros primates. Solo compartimos con el resto de seres este momento de la existencia, donde tantas especies son tan exitosas como nosotros.
Tras el fundamental viaje por el mundo, embarcado en el Beagle, en especial por el continente sudamericano; y después de años analizando la ingente cantidad de datos que originó ese fecundo viaje, Darwin publicó en 1859 ‘El origen de las especies’, la obra esencial sobre la historia de la vida. Una obra que va más allá de su aportación científica, quien la lea estará leyendo un libro fundamental también para la filosofía y yo diría que para la poesía, porque explica cómo han sido creadas tantas maravillas.

viernes, 6 de abril de 2012

El sentido de Punta Llerga

Hoy llueve, y es como algo mágico que en nuestras vidas apenas si se ofreciera unas cuantas veces. Llueve sobre una primavera que no ha despertado, que le costara arrancar su sinfonía vigorosa. Las cunetas y baldíos, donde se refugian nuestras flores, están apagados esta temporada por la falta de lluvia y el recuerdo se proyecta hacía otros verdes.


El macizo calcáreo del Cotiella, que roza los tres mil metros de altitud, se encuentra en el Pirineo aragonés, es un lugar seco para la cordillera, y exuberante para el que desde el sur sube en agosto a esas montañas. Hay una pista que parte del pueblo de Saravillo, que llega, en unos 11 kilómetros al refugio Labasar y que a mitad de camino se bifurca a la derecha en otra pista que sube al refugio Santa Isabel, desde aquí, por senda no siempre clara se llega a Punta Llerga.


La mañana que subo, el 8 de agosto de 2011, dejo el coche al poco de pasar Saravillo (a 990 m.). Primero disfruto de los pastizales que se abren entre el bosque de pino royo (Pinus sylvestris), pinar que se hace más denso conforme ganamos altura. A unos 1.300 metros a la derecha sale el ramal de la pista que nos lleva al refugio de Santa Isabel (1.542 m.). Es desde aquí cuando a estas alturas me maravilla la flora y también el panorama.


La senda, entre un crecido piornal, se dirige dirección oeste hacia el farallón de El Cantón, pendida de la pared caliza hay una mata de Bupleurum angolosum, descubro un tilo (Tila platyphyllos) con sus frutos, más adelante, en los canchales de la canal Litera descubro la enorme campanilla Campanula speciosa y un extraordinario jopo, Orobanche haenseleri. ¡Entre el pedregal estas mágníficas flores, que no había visto nunca! Ya merecía el esfuerzo de estar allí. Asciendo entre algunos pinos negros y bojes y lapiaz, con hitos aquí y allá, hasta alcanzar una pleta o nava, en cuyo centro está la charca El Basón (2.124), que encuentro seca, en sus bordes fotografío el minúsculo arbusto Daphne cneorum, Erigeron alpinus y Gentianella campestris. Ya es todo pasto y ondulaciones hasta llegar, en dirección oeste, y en unos treinta minutos, al vértice geodésico de Punta Llerga, a 2.269 m.

Entre la apretada yerba, Galium pyrenaicum, Hieracium pilosilla, Merendera montana, Campanula scheuchzeri, Crepis albida y las apreciadas forrajeras Coronilla minima subsp. minima, Trifolium repens y Ononis cristata. Descanso, como queso, aprecio el paisaje, en la vertical está el congosto de las Devotas y el embalse de Laspuña, al este el pico del Cotiella. Y desciendo contento y convencido de que la vida plena no solo es la humana y el resto meros seres para estudiar. Hay una fuerza y sentido básico en todas estas plantas, es la vida la que sencillamente medra a estas alturas.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Por el río Anzur, en La Camila

Escucho más pájaros que veo. Normalmente es así. Pero aquí, en un pequeño tramo del río Anzur, a su paso por La Camila, es insultante el canto de los pajarillos que no veo. Escucho la perdiz, el cuervo y un aguilucho ratonero, estos dos últimos sí que llego a observarlos. También hay trinos de verdecillo, currucas y carboneros, y un pinzón que también atisbo. Hay más animales, un par de galápagos leprosos que toman el sol. En lo alto del cerro protesta un perro, y descubro que ladra a una pareja de ratoneros que le sobrevuelan, ellos con todo el espacio, y él con su cadena, luego aparecen un par de cuervos que pugnan con los aguiluchos por ese cuadrado de cielo.
En el soto busco sauces, que en estas fechas deben tener flores, los amentos, pero no veo ninguno, sí fotografío un álamo blanco, sin hojas, como los tarajes. Ahora más avecillas, los aviones recién llegados, tres azulones de vuelo potente pasan parpando sobre mi cabeza y una tórtola arrulla a mi espalda. Hay pocas flores, casi no ha llovido este año, las fotografío. Leo un rato y cojo la bici y dejo el paraje con sus cantos y también con sus plásticos, botes y cartuchos de caza derramados como una fatalidad de nuestros días.

lunes, 13 de febrero de 2012

El observatorio astronómico de mi cocina

Este martes 7 de febrero fue luna llena. Y creo que tengo suerte, desde las ventanas de mi casa el domingo ya se veía espléndida. La suerte es que puedo disfrutar de parte de la negrura de la noche. Estos días dos artículos, de Muñoz Molina y de Nuria Barrios, hablan de la pérdida en las ciudades del cielo nocturno, de la desaparición si no de la luna, sí de las estrellas, del paisaje cósmico, que está ahí arriba recordándonos que existe lo inconmensurable. Que ha llegado la noche, aunque en nuestras calles la luz eléctrica alarga el día hasta el próximo amanecer.
Con gusto y frío siberiano fotografié la luna desde la ventana del trastero o desde la cocina. Mágica moneda plateada, envuelta en nubes rojizas por la iluminación artificial o casi llena a la caída de la tarde del domingo. También me fui a la vía verde, cerca de casa, con el pueblo al fondo y la constelación de Orión encima de mi cabeza. Abrí un libro de estrellas, localicé las tres estrellas que forman el cinturón de Orión, también distinguí las dos estrellas de los hombros, Betelgeuse y Bellatrix; más las otras dos de las rodillas de este cazador mítico, la más luminosa, la de la derecha se llama Rigel. Entre los árboles deshojados vi Casiopea, esa w de la bóveda celeste, con sus estrellas más representativas titilando, Schedir y Capn.
Nuria Barrios habla del libro ’Nocturno. Un viaje en busca de la luz de la luna’ de James Atlee (www.jamesatlee.com). “No hay mejor embajador de la luna que el autor. No solo describe su experiencia estética, su entusiasmo es contagioso”, escribe Barrios. Muñoz Molina hace referencia al documental ‘The City Dark’ de Ian Cheney. “Cheney sale de noche a la ciudad con su gorra de visera y su mochila a cuestas buscando en ella lo que casi nadie recuerda o ha visto nunca, el cielo nocturno. Armado con un mapa de las constelaciones, como del mapa de un tesoro, fuerza el cuello para mirar hacia arriba pero la inundación permanente de las luces urbanas no le permite ver nada”. Estas lecturas me hicieron torcer las cervicales, con la suerte de que en mi caso sí había algo ahí arriba. Algo asombroso que aparece todas las noches.

lunes, 30 de enero de 2012

‘Mi montaña’ de Eider Elizegi

Una deliciosa lectura para comenzar el año: ‘Mi montaña’ de Eider Elizegi. El primer tren de cremallera a las siete de la mañana, que nos sube hasta Le nid d’aigle, de ahí dos horas a pie hasta Tête Rousse, media hora de descanso, más otras dos horas hasta el refugio Goûter. Refugio clave en la ruta normal de ascensión al Mont Blanc (4.808m.), y donde de junio a septiembre trabajó como guardesa la autora del libro.

Una poética y romántica obra, que retrata cuatro meses de penoso trabajo en el refugio y ante una impresionante montaña. Le he contado media docena de muertes: alguien resbala en una cresta helada y se precipita incapaz de detenerse esperando muy abajo las fauces de los glaciares. Alguien pasa por ‘la bolera’, una zona en el camino por donde caen piedras, que se desprenden de la ladera y ruedan golpeándote mortalmente, y el frontal del infortunado permanece encendido toda la noche marcando como un eléctrico fuego fatuo, el lugar del cadáver. Otro se pierde cuando la niebla hace desaparecer todo, y se muere de frío. Y por encima del desastre periódico de estas muertes está la belleza inmutable a la condición humana, de una montaña como el Mont Blanc.

Pero en la obra de Elizegi también una chica sube con su violonchelo, lo quiere tocar en las alturas. Con más de 70 años un veterano montañero corona la cima. Y cientos de otros montañeros de todos los países suben al techo de los Alpes y de Europa occidental. En un paisaje “que permanece silencioso, ajeno a una aventura humana que a sus rocas y sus hielos deja indiferentes”.

Un trabajo agotador, permanente. Preparar desayunos a las dos de la madrugada para los que se preparan para hacer cima. Después a las siete de la mañana. Almuerzos, cenas, fregar, palear nieve. Tormentas, frío, cellisca, rayos, mal de altura, pero: “Amo las montañas. Vivo enamorada del aire libre, las cimas desiertas de roca desnuda…”
http://vagamontanyas.blogspot.com/