lunes, 13 de febrero de 2012

El observatorio astronómico de mi cocina

Este martes 7 de febrero fue luna llena. Y creo que tengo suerte, desde las ventanas de mi casa el domingo ya se veía espléndida. La suerte es que puedo disfrutar de parte de la negrura de la noche. Estos días dos artículos, de Muñoz Molina y de Nuria Barrios, hablan de la pérdida en las ciudades del cielo nocturno, de la desaparición si no de la luna, sí de las estrellas, del paisaje cósmico, que está ahí arriba recordándonos que existe lo inconmensurable. Que ha llegado la noche, aunque en nuestras calles la luz eléctrica alarga el día hasta el próximo amanecer.
Con gusto y frío siberiano fotografié la luna desde la ventana del trastero o desde la cocina. Mágica moneda plateada, envuelta en nubes rojizas por la iluminación artificial o casi llena a la caída de la tarde del domingo. También me fui a la vía verde, cerca de casa, con el pueblo al fondo y la constelación de Orión encima de mi cabeza. Abrí un libro de estrellas, localicé las tres estrellas que forman el cinturón de Orión, también distinguí las dos estrellas de los hombros, Betelgeuse y Bellatrix; más las otras dos de las rodillas de este cazador mítico, la más luminosa, la de la derecha se llama Rigel. Entre los árboles deshojados vi Casiopea, esa w de la bóveda celeste, con sus estrellas más representativas titilando, Schedir y Capn.
Nuria Barrios habla del libro ’Nocturno. Un viaje en busca de la luz de la luna’ de James Atlee (www.jamesatlee.com). “No hay mejor embajador de la luna que el autor. No solo describe su experiencia estética, su entusiasmo es contagioso”, escribe Barrios. Muñoz Molina hace referencia al documental ‘The City Dark’ de Ian Cheney. “Cheney sale de noche a la ciudad con su gorra de visera y su mochila a cuestas buscando en ella lo que casi nadie recuerda o ha visto nunca, el cielo nocturno. Armado con un mapa de las constelaciones, como del mapa de un tesoro, fuerza el cuello para mirar hacia arriba pero la inundación permanente de las luces urbanas no le permite ver nada”. Estas lecturas me hicieron torcer las cervicales, con la suerte de que en mi caso sí había algo ahí arriba. Algo asombroso que aparece todas las noches.

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