miércoles, 18 de julio de 2012

‘Hacia una montaña en el Tíbet’ de Colin Thubron

Al viejo Colin le ha salido un libro triste. Él es el último de la familia, ya han muerto todos. Y en ‘Hacia una montaña en el Tíbet’, le salen sus seres imprescindibles, los recuerdos de cacería de su padre, militar en India, cabezas de fieras que adornaban su casa familiar. Su hermana Carol, muerta en accidente de esquí en el Matterhorn, con solo 21 años. Y su madre, la última en desaparecer. Todos están en el libro, porque estas montañas han tenido un poder evocador en el famoso escritor de viajes, que ya septuagenario realiza el duro camino de circunvalar el monte Kailash.


“Me tiendo sobre las rocas y sueño en otra era. Al morir mi madre, encontré los recuerdos de caza de mi padre…” Sigue su camino difícil por valles y puertos de montaña, acompañado de Dhabi, un arriero de le etnia thakuri, por el cocinero Ram y por el guía Iswor, ambos tamang y aparecen recuerdos: “Me había puesto a quemar las cartas de amor de mis padres, pero descubrí que no podía hacerlo”.

Quizás lo que encuentra en esta montaña sagrada, que hinduistas y budistas rodean en sentido de las agujas del reloj y los seguidores de la primitiva religión bon lo hacen en sentido contrario, es tristeza, muerte y miseria. Se cruza con aldeanos empobrecidos, de villorrios paupérrimos, con unos pocos bancales que apenas dan de comer. Visita monasterios donde los monjes se mezclan con las ruinas de los edificios y la mugre que acumulan las figuras de budas y bodhisattvas. Monjes que “no dejarán tras de sí nada material que dividir, reclamar o amar. Su falta de posesiones me parece al mismo tiempo un indicio de libertad y una reducción patética”. Cuando llegan al pie del Kailash, junto al lago Manasarovar (4.570 metros de altitud), la mística se acrecienta, con ermitaños, piedras con inscripciones sagradas. Y ya alrededor de la montaña, cada peñasco es algo, una huella divina, un demonio, y la fatiga se acrecienta por la altura, pasan a 5.667 metros por el puerto Drolma, que a algunos peregrinos les cuesta la vida. “La razón por la que hago estos es inexplicable. Un viaje no es una cura”.
Pero también existe una naturaleza sobrecogedora. “Hay cascadas de cien metros que desaparecen en barrancos llenos de vegetación y surgen de nuevo para caer como cuerdas de luz destellante”. Y muchos kilómetros después aparece ante ellos el cono inmenso del Kailash de 6.714 metros, “que parece flotar en el cielo”. Colin Thubron nos deja dos viajes, el de su vida y el de la montaña. O… la montaña sagrada nos muestra la vida del viajero. Todo metido en un buen libro.

Entrevista de Jacinto Antón al escritor y publicada por El País Semanal: http://cultura.elpais.com/cultura/2012/06/21/actualidad/1340297878_628158.html

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