martes, 8 de julio de 2014

Noche en el ibón del Sen


Si uno carga con todo lo necesario para vivir, la conciencia se hace ligera. Si en la mochila va un poco de comida, ropa y manta y un libro, qué más se puede pedir. Si uno trepa a una montaña así, marcha lento pero feliz. A las 11 de la mañana nos pusimos en marcha, no era tarde, porque prisa no teníamos, especialmente yo; Fran sí que tenía que volver, pero no era lejos, sino alto adonde nos dirigíamos.

Así, por el puente de los Pecadors, cerca de San Chuan de Plan, cruzamos el Zinqueta. Encajonada y muy abajo se escucha el agua, en una estrechez de vértigo, donde dicen que arrojaban a la pobre gente pecadora, desde el fondo suben bien estirados los troncos de un grupo de tilos, cuyas hojas sombrean este húmedo ambiente, y que no tienen ningún efecto tranquilizador en mí. Iniciamos la marcha por una pista toscamente empedrada, que remonta en revueltas por la pendiente, entre un bosque de robles, avellanos y bojes; aunque yo me paro en unas orquídeas Epipactis atrorubens, es ocho de agosto de 2014. De donde vengo, las orquídeas llevan ochenta días secas.
 Siguen las revueltas empedradas, trabajo de cientos de años acondicionando este camino, para permitir el paso del hombre y los animales cargados de pasto de las praderas superiores, donde se encuentran las bordas de Puyarruego, al que llegamos enlazando con una buena pista para vehículos, y donde hay alguna borda habilitada para el turismo tranquilo de estos lugares. Seguimos por una pista de menor calibre, a mano derecha, ya con el rumor del crecido arroyo del Sen, al momento aparece unas construcciones de hormigón, en la zona de Engrota, son los restos de una explotación de cobalto. Ya seguimos por una senda, algo más arriba, dejamos el bosque, al cruzar un puente sobre este torrente impetuoso, no sé si será por la últimas tormentas. Entramos en un territorio de pastos subalpinos, al poco llegamos a la cabaña de pastores de Las Pardas, a 1.900 metros[1]. Llevamos dos horas y media caminando, embebidos en el rumor del barranco por el que se precipita el agua en abundancia, blanca oxigenada y por un ambiente sereno, hasta ahora no nos hemos encontrado a nadie. La cabaña se aleja del torrente y las lazadas que le siguen del sendero nos asoman al barranco de Las Pardas que suben hasta las crestas de Las Blancas, de 2.707 metros en el pico Barbarizia.

La senda se acerca al torrente de nuevo, entramos bajo unos nubarrones oscuros como las crestas, como si el terreno tiñera sus vapores. Arriba, donde se adivina la cubeta glaciar, además, llueve. Todo es de ese gris refrescante en este mes de agosto. En unos minutos, a nosotros también nos llueve ligeramente. Fran más rápido, decide adelantarse para llegar al ibón, contemplarlo e iniciar la bajada. Nos cruzamos con otros senderistas, que ya vuelven del Sen, mientras yo coloco la funda a la mochila y me coloco el impermeable, guardo la cámara, aunque sé que este es el momento de la inspiración fotográfica. Arrecia la lluvia, escucho el golpeteo de las gotas en el plástico del gorro y empiezo a vivir este momento, el de la montaña cambiante, el del paisaje brumoso, que despierta el instinto del refugio placentero, contemplativo. Camino hacia los nubarrones más espesos, estoy casi a su altura, solo se cuela algo de claridad por la parte más baja del barranco, todo lo demás está tapado y la hierba brilla con un verde oscuro. El sendero enseguida llega a un resalte rocoso, por su izquierda desciende en cascadas el arroyo espumeante. Una vez superado aparece una charca, muy crecida hoy, compruebo como bajo el agua hay hierba, fuera queda un prado perfecto. Ya no llueve. Continúo entre un caos de rocas, que no sé hasta que punto hacen de presa natural del ibón, al mezclarse con restos de construcciones que en tiempos sirvieron para controlar el caudal que se utilizaba en el lavadero de cobalto. Ahí me espera Fran, contemplando el panorama de rocas y agua, de soledad y belleza pirenaica. Él debe emprender la bajada, son más de las tres de la tarde, he empleado más de cuatro horas en subir al ibón, tenemos 20º C.
Nos hacemos unas fotos y me quedo solo. Escojo el lugar en el que plantar la pequeña tienda que traigo, junto a la charca más baja, que monto rápido porque se anuncia un nuevo chaparrón. Como algo dentro de la tienda, mientras espero que escampe. He subido pan, queso, embutido y melocotones. Descanso, doy una cabezada hasta las cuatro y media.
La tarde la dedico a recorrer este imponente circo glaciar, este paisaje trabajado en tiempos donde el frío era el señor de las montañas. De una especie de aliviadero mana impetuoso el torrente, por unos metros encauzado por un murete de piedra, luego anegando parte del prado y llenando la laguna por cuyo borde oeste se desborda para precipitarse barranco abajo. Entre el césped encharcado encuentro las flores azul violetas, con forma de caperuzas de la Pinguicola grandiflora y Potentilla crantzii, de denso amarillo entre sus palmeadas hojas de un verde oscuro. Cerca de las pequeñas rocas que sobrepasan la apretada hierba, hay Lotus corniculatus subsp. alpinus, con sus flores virando del amarillo al rojo. El sonido del caudal, potente y vivo me atrae, el agua está fría, busco un pequeño termómetro, poco preciso, que llevo encima, lo sumerjo, aguantándolo con unos granitos. Allí lo dejo, mientras me encamino al ibón del Sen, el grande, rodeado de afiladas almenas, como protegido por un castillo medieval, en cuyas puntas se deshilachan las nieblas. Comienzo a bordearlo, parándome aquí y allá, para fotografiar unas plantas guarecidas en estas alturas, que en unas pocas semanas de julio y agosto despliegan sus flores, como un lujo casi prohibido entre la austeridad de la roca. Merece la pena detenerse y pensar en su existencia botánica, y mi imaginación se encanta y las mitifica.
Así, escuchando el chapoteo del agua del ibón, me regalo con el regaliz de monte Trifolium alpinum, cerca estalla de un blanco marfil una mata de Galium pyrenaicum, exuberante, como si fuera cuidada por un experto en un invernadero. Sopla una brisa que hace abrigarme y seguir bordeando el lago. Aunque estoy rodeado de granito, aquí y allá las plantas que descubro son propias de caliza, eso me aseguran las guías de flores que consulto[2]. Ahora los canchales bajan hasta la orilla desde las crestas, aun quedan algunos neveros, es un terreno frío y húmedo, con algunos rododendros en flor, Rhododendrom ferrugineum, y vigorosas hojas de vedegambre, Veratrum albun que aun no tiene tallos floridos, que salen de los recovecos de las rocas, junto a amarillas violetas, Viola biflora.
En el silencio de las alturas, oigo un disparo lejano, a los dos segundos otro chasquido me sobresalta. Y ha sido en los siguientes rebotes donde me he dado cuenta de que era una roca desprendida que finalmente se ha frenado en el canchal, son las 18:49. Poco más adelante, encima de los cresteríos escucho a unas chovas, alzo la vista y veo una pareja incordiando a una pareja de águilas reales, que sobrevuelan su territorio, o por que tienen el nido cerca. Me da tiempo a hacerles unas fotos. Sé que todo cuanto aquí sucede es complejo, desde la piedra que rueda a la chova que grazna. Y todo se manifiesta entre largos silencios, en un acontecimiento misterioso, con la lentitud de las grandes obras. Estoy. Solo en un inmenso escenario. El agua invade unas grandes rocas y hay que trepar algo para sortear la orilla del ibón, que está a su máximo nivel. Estoy terminando el recorrido, pero antes me acerco hasta un pequeño ibón. Cuando llego a la tienda de campaña son casi las nueve de la noche, la lámina de la lagunilla inferior brilla como un espejo. He sacado el termómetro del torrente, marca tres grados centígrados. Bebo y me meto en el saco de dormir, fuera tenemos 10 grados.

Duermo apaciblemente, me levanto tarde, sobre las nueve y me encuentro rodeado por ovejas que triscan en la hierba fresca. El sol roza los paredones más altos y entra rasante en el circo glaciar. El rebaño desprende una imagen de calidez, mientras sube una ladera que dará a otro circo y a nueva hierba. Preparo la mochila, pero antes, doy un último paseo para fotografíar unas gencianas que ayer encontré ya cerradas: Gentiana alpina y Gentiana nivalis.
Desciendo durante tres horas, por pastos, bordas y el laberinto de senderos que finalmente me llevan hasta el puente de Los Pecadores, donde me espera una enorme y amenazadora oruga de la esfinge de los tilos que desde el pretil del puente me despide.




Alchemilla alpina                                             Alchemilla colorata


Arenaria moehringioides                                  Armeria alpina
Campanula rapunculoides                                Campanula scheuchzeri
Daphne cneorum                                             Dianthus carthusianorum
Doronicum grandiflorum                                  Erigerum uniflorus
Globularia repens                                            Juniperus communis subsp. alpina
Linaria alpina                                                   Oxitropis neglecta
Phyteuma hemisphaericum                               Potentilla nivalis                      
Pritzelago alpina                                              Saxifraga moschata                 
Saxifraga paniculada                                        Sedum atratum
Sempervivum montanum                                  Sesamoides interrupta             
Silene acaulis                                                   Thymus praecox subsp. polytrichus
Trifolium alpinum                                             Urtica dioica                           
Vaccinum uliginosum                                       Veronica fruticans                               
Vicia pyrenaica                                               Viola canina




[1] Datos recogidos en el libro ‘Valle de Chistau. Paseos, historia, naturaleza.’ De Eduardo Visuales y Kilo Gracia Edizioak SUA
[2] Flores del Pirineo de Fco. Javier Barbadillo Salgado, Editorial Pirineo y La Grande Flore Ilustrée des Pyrémées, de Marcel Saule, Edición de Milan-Rando, principalmente, pues otra media docena de libros magníficos se apoyan en mi mesa donde esto escribo.



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