jueves, 16 de octubre de 2014

Cromañón. De cómo la edad de hielo dio paso a los humanos modernos. De Brian Fagan


 El universo simbólico para el que nos capacitó nuestro cerebro nos hizo mucho más fuertes. El lenguaje complejo, surgido con nuestra especie, creó seres tremendamente sociales, pequeños grupos conectados con otros. Tribus o clanes que intercambiarían abundante información, fundamental para nuestras estrategias de supervivencia. “En determinado momento, entre los 100.000 y los 50.000 años antes de nosotros, en un instante seminal, aunque poco conocido de la historia, el Homo sapiens desarrolló toda la batería completa de aptitudes cognitivas que hoy poseemos”. Y nos convertimos en la especie dominadora del planeta.
En torno a esos cincuenta milenios atrás, el hombre dejó testimonios de su espiritualidad, testificados en elementos funerarios, o en los primeros instrumentos hallados, como flautas con 35.000 años de antigüedad, y todas las pinturas prodigiosas del norte de España y el mediodía francés. Además, nuestro lenguaje es rico en matices, dando otra dimensión a nuestra especie. “Hablamos con fluidez y melifluamente, no solo comunicando cosas prácticas sino también proyectando una miríada de sentimientos, significaciones sutiles y emociones”. Nos convertimos en seres transcendentes.
Así fue el hombre de Cromañón, y así somos nosotros: los mismos. Nos vemos vulnerables y agresivos, sensibles y devastadores. Nuestro cerebro nos hizo superiores y al mismo tiempo nos sumergió en un mar de conflictos. Brian Fagan, arqueólogo y antropólogo, recoge esta historia en: ‘Cromañón. De cómo la edad de hielo dio paso a los humanos modernos’ editorial Gedisa.
Y es que somos las emociones atesoradas hace milenios. Cuando nos preguntamos por el placer del hogar ante la llegada de las lluvias y el frío, Brian Fagan nos da una respuesta: “En invierno, las personas deberían quedarse cerca de sus hogares, apiñados en pequeñas moradas donde pasarían las noches contando historias y cantando. Eran meses de intimidad…”.  Después de disfrutar el libro de Fagan, sigo pensando que somos más prehistoria, que historia.


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