jueves, 2 de octubre de 2014

Fea está la tarde

En esta fealdad de olmos y palmeras muriéndose todos los días. Hojas ocres, muertas como si un relámpago de diciembre las recorriera una a una.
Hojas secas en árboles secos. Y hojas de palma caídas, de palmeras tristes, vencidas por los gusanos que han devorado su cogollo. Fea es la tarde, solo dulcificada por las temperaturas de septiembre, de este último día de septiembre. Un caballo negro se ha acercado hasta donde me he parado en la vía verde, come en la rastrojera de la finca donde está cercado él y dos más. Y viene un olor lejano de basura quemada, de plástico derretido.
Es principio de otoño, se acortan los días; pero solo se mueren las hojas de las palmeras y de los olmos. Ya llevan meses, algunos años. Dejando las palmeras muertas más desamparados aun los cortijos abandonados. Dejando los olmos hileras de esqueletos en las riberas de los arroyos. Es la enfermedad del picudo rojo y de la grafiosis, pero me temo que en realidad sea la enfermedad del hombre la que los mata.

Ha salido un conejo negro disparado al verme. La oveja negra de la familia se ha asustado y corre llevándose el presagio de que fea es esta tarde. Dos cuervos graznan al atardecer, pasan la vía verde y se detienen en una torreta de la luz monstruosa de fea. Me marcho mirando a las nubes y mordiendo una ramita de hinojo.

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