martes, 16 de septiembre de 2014

‘Entre cielo y tierra’, de Jón Kalman Stefánsson

Soy una persona hogareña, de casa y de bosque. En ambos lugares me relajo cocinando, leyendo, escuchando. La casa y el bosque es mi refugio de algo exterior. A cobijo de los árboles o de las ventanas, son otras las obligaciones, más placenteras, alejadas de demasiada gente, de demasiado trato, de la maquinaria multitudinaria del presente social. Oler a resina, o a salsa de cebolla y no responder al teléfono en todas sus variantes.
Durante varios días leer ‘Entre cielo y tierra’, de Jón Kalman Stefánsson. Al joven del libro se le ha muerto de frío su amigo Bárður, en el frío mar islandés. En vez de llevarse como sus compañeros pescadores la chaqueta encerada, se lleva ‘El paraíso perdido’, de Milton. Los poetas no calientan. Aunque hay capitanes de barcos que, a finales del XIX, cuentan como posesiones un barco, 400 libros y una ceguera que le impide leer, “pues la vida del hombre es una constante competición con la oscuridad del mundo”.
Hay una cosa que adoro de Ángela Merkel y su marido Joachim Sauer. Como todos los veranos, la pareja se desplaza hasta Bolzano, Tirol del sur, zona montañosa al nordeste de Italia, habitual para los turistas alemanes, en especial los que gustan del senderismo. En invierno practica esquí de fondo en Engadin, Suiza.
Dejo ‘Entre cielo y tierra’ en la encimera, hoy pelo tomates para salmorejo, es final de agosto y suena el bendito Bob Dylan: ‘Seré libre nº 10’.
“Soy común y corriente/ soy como él y también como tú. / Soy hermano e hijo como todo el mundo/ no soy distinto de nadie”.
El libro de Jón Kalman Stefánsson es un poético acercamiento del apego del ser humano al paisaje. Las montañas marcan el límite de cuanto se pueden alejar los pescadores en sus pequeños botes, en su “cáscara de nuez”. Los picos nevados son la guía para volver del gélido mar, al que se espera arrebatar bacalaos en las pequeñas barcas de remo de seis hombres. Pero Bárður cuando abandonó la barraca de pescadores estuvo más pendiente del libro que de su chaqueta impermeable, ahora está muy mojado y hace frío.
Vargas Llosa me espolea con sus artículos. Pasa unas semanas en Marbella, donde practica el ayuno: “algo bueno debe tener el ayuno cuando su práctica forma parte de la historia de todas las religiones occidentales y orientales”. Derrito unos filetes de pescada mientras veo Montagne TV. Emiten un viejo documental, de los 60, de una expedición a Islandia, donde va un ‘botaniste’ para estudiar en los campos de hielo y nieve las flores heroicas.
“En Islandia no hay nada que ver, solo montañas, cascadas, terrenos agrestes cubiertos de hierbajos, y esa luz que puede atravesarte y convertirte en poeta”. El joven, sin nombre en la novela, viaja por el interior nevado para devolver el libro, cree morir dulcemente cuando le coge la noche. Se dirige a Lugar, para encontrarse con Kolbeinn. “Autoridades, comerciantes, quizás ellos dicten nuestras míseras vidas, pero las montañas y el mar reinan sobre la vida, son el destino”. Kolbeinn atesora 400 libros, pero se los tienen que leer, se ha quedado ciego. Kolbeinn bebe café en una taza que perteneció a “William Woodrworth, que compuso muchos poemas para el mundo, algunos de los cuales aun iluminan a esta humanidad angustiada y vanidosa”.
Antes de hacer un sofrito leo de W.W: “Hay una bendición en esta brisa suave/ visitante que, mientras airea mis mejillas, / parece saber casi la alegría que trae/ desde los verdes campos y el claro cielo azul”.


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