Bloque 255

Canteras de la sierra de Cabra este 2 de febrero de 2019.

Un frío que arrecia a las mismas rocas peladas del lapiaz. Las nubes panza de burra y un buitre dibujando círculos ahí arriba.

Son símbolos de febrero, de invierno. Las ricas arcillas rojas, húmedas, destacan entre las piedras blancas, son su fértil descomposición. Los dedos fríos sujetan el rotulador, es mi condición, la de escribir afuera, de pie, caminando. La tinta antes de secarse casi se ha congelado.

Las esquilas de las ovejas. El rayo de sol. Los bidones oxidados. Las canteras dejan anfiteatros solitarios en la sierra de Cabra.

Podría diseñarse un camino de los canteros y su trabajo buscando la roca, erosionando la montaña con sus amenazadoras herramientas y sus líos de cables. Extrayendo bloques como dados, como cubos de materia. Las señales de los barrenos. Más hierros oxidados. Una manera de entender la roca, de vivir de la materia calcárea.
Bloque 255, base de los primeros líquenes y musgos.


Da la sensación de que todo lo que haga el hombre por encima de los mil metros es feo.

Y de pronto el parloteo de un pajarillo que no veo, que no conozco, reduce todo este caos humano a su simple y fugaz miseria.

Sobre la piedra cortada y extraída ya se instalan los musgos, los líquenes y otras pequeñas colonias de vida. Bloque 255.

Sobre la descarnada sierra vuelven a carear las ovejas. Y un poco por encima de estas canteras y entre las antenas de telecomunicaciones, se da otra comunicación profundamente humana, hasta allí los fieles suben para entonar sus plegarias.

Unos cobertizos para los trabajadores, una chimenea, un montón de leña. Frío. Más yerros oxidados.

Desoladas lomas, donde estas canteras pusieron su desolación.
Canteras de la sierra de Cabra, fuera de explotación.

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